15 junio, 2015

Y Hércules encontró las Hespérides

hercules

Hércules es uno de los héroes más trabajadores de toda la mitología clásica. Protagonizó doce famosos y peligrosos trabajos que le encargó la diosa Hera en los que tenía que matar, conquistar o buscar un animal o planta mágicos recorriendo toda la geografía conocida. En el undécimo viajó al huerto de Hera, el Jardín de las Hespérides, que los griegos ubicaban en el extremo occidente, para buscar las manzanas doradas que proporcionaban la inmortalidad. Una leyenda que ha inspirado desde entonces a artistas y poetas, como Jacint Verdaguer que escribió L’Atlàntida en 1877; un poema que está en la base de unos de los jardines más enigmáticos y evocadores de Barcelona, el Jardín de las Hespérides, que Gaudí construyó para su mecenas —y gran devoto de Verdaguer—, Eusebi Güell en una zona a las afueras de Barcelona de entonces, hoy la Avenida de Pedralbes. El poema y el mito está también presente en una pintura que después de permanecer cerca de un siglo enrollada y olvidada vuelve a lucir en su emplazamiento original. Se trata de Hércules buscando Las Hespérides que Aleix Clapès realizó en torno a 1890 para el Palau Güell y que desde 1928 permanece en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), tras la cesión que hizo Maria Luisa Güell, la hija del mecenas, al museo.

El retorno ha sido posible gracias al acuerdo de cesión en comodato entre el MNAC y la Diputación de Barcelona, propietaria del edificio, que ha comportado la restauración de la enorme tela de 4,20 por 3,45 metros.

La pintura se ha instalado en un bastidor nuevo, además de limpiarse, ya que estaba cubierta por una gran capa de suciedad y barro, y se ha reintegrado las pérdidas de pintura; unos trabajos que han finalizado con la pintura ya colgada en la pared del Palau ante la atenta mirada del millar de personas que visitan el edificio a diario, tal y como explicó ayer Mireia Mestre, jefa de restauración y conservación preventiva del MNAC. “La obra tiene cicatrices importantes, pero se ha podido recuperar los intensos colores originales, como el azul de Prusia, un pigmento moderno, que Clapés utilizó con profusión en el fondo”, señaló Mestre.

Este pintor, un auténtico desconocido en la actualidad, pero de gran prestigio en su momento, es un claro precursor del simbolismo que trabajó a caballo de la Renaixença y el Modernismo, pintando obras de carácter fantástico y fantasmagórico alegóricas a piezas literarias como esta sobre la Atlàntida. De la mano de Gaudí, comenzó a trabajar en el Palau Güell realizando, aparte de la pintura que ahora ha vuelto a casa, un conjunto de óleos situados en el salón central del edificio y algunos plafones de puertas de la planta noble, además de, al menos una pintura situada en la fachada.

Y es que Clapés pintó tres versiones de esta pintura. Una de pequeño formato que puede verse en la nueva presentación de la pintura moderna del MNAC; la que ahora se ha colocado en su sitio original del Palau y otra enorme que cubrió la fachada lateral izquierda, siendo lo primero que se veía al acceder al palacio desde las Ramblas. La obra fue muy comentada por la prensa de la ciudad desde que se realizó en 1892, pero se fue perdiendo de forma paulatina, hasta desaparecer por completo. “En los trabajos de limpieza hemos visto que en la pintura había restos de una cuadrícula de unos 20 centímetros de lado realizada con yeso blanco que seguro que se empleó para trasladar la obra a otra mayor”, explicó Mestre, algo que no había podido verse hasta ahora.

En la pintura, se representa una figura colosal, casi desnuda, que camina de forma decidida entre las sombras, iluminado solo por una enorme tea que sostiene con su brazo derecho, mientras mira el fuego. La restauración ha permitido conocer un poco mejor la técnica del pintor: “Utilizaba poca materia en el fondo, pero mucha en la zona de la llama y el cuerpo de Hércules”, explicó la especialista.

La cesión de la obra por parte del MNAC (que cuenta con otras obras de Clapés, como Cristo crucificado, Ecce-Homo, Martirio de San Pedro, La deposición del cuerpo de Cristo o unos muebles de formas increíbles que no pasan desapercibidos entre las miles de piezas que exhibe el museo), se inscribe dentro de la política llevada a cabo por el MNAC de poner en valor su colección. “Y no hay mejor manera de que las obras vuelvan a su origen, como en este caso”, explicó su director Pepe Serra.

Por José Ángel Montañés en El País.