14 junio, 2012

Vida nueva de una ruina

«Era un espacio abandonado, propio de la periferia, que estaba el centro», así define Juan Carlos Arnuncio el entorno de la trasera del Monasterio de San Benito. Lo que hoy es la entrada del Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano estaba ocupado en los noventa por un aparcamiento que gozaba de la sombra proyectada por un edificio de once plantas. Ahora el impacto visual está reducido por un módulo (donde está el restaurante) que separa espacios y limita un pequeño jardín. «Me parece que los museos deben recibir al viajero con un espacio que haga de filtro entre la calle y el lugar de contemplación al que entra». Arnuncio ha compilado en el libro ‘Patio Herreriano. Una interpretación de la arquitectura histórica’ el proyecto que desarrolló con Clara Aizpún y Javier Blanco. El catedrático de la UVA lo presentó ayer en la fiesta de cumpleaños del museo.

La monografía recoge la imagen de aquel párking y la de unos arcos, coronados por libertinas hierbas, apuntando al cielo. Vestigio gótico en un edificio que suma estilos y usos desde el siglo XIV y que en algún momento se derrumbó. La Capilla de los Condes de Fuensaldaña era el nombre de la oquedad. «La ruina no resuelve nada», sostiene Arnuncio, aunque su «capacidad de evocación» haya determinado su condición de pequeña joya en el nuevo Museo. «A priori era lo más difícil, reconstruir esa estancia conllevaba más riesgo, si te equivocas lo haces a lo grande. Por eso nos sentimos especialmente orgullosos de ella. Es un lugar donde es difícil colgar un cuadro, por eso me parece un valor añadido que un museo de arte contemporáneo disponga de un espacio para el que haya que crear expresamente. Es un reto para las instalaciones, por eso no me parece adecuada la actual, a oscuras, porque evita el reto de crear específicamente para ese espacio».

En conjunto la intervención se realizó bajo la aspiración a la neutralidad. «Aunque es un concepto extraño en arquitectura, se perseguía dar mayor protagonismo a la obra que iba a ser expuesta. Que no hubiera tantos accidentes que dejara en segundo plano la colección».

Alteración de la escala

El patio Juan de Ribero Rada estaba abandonado y sucio, pero en buen estado. Se acristaló la segunda planta «condición indispensable del proyecto pues el carácter experimental del arte contemporáneo que iba a acoger» y se acondicionó el jardín. Luego llegó la escultura de Antonio López. «La escultura es magnífica pero altera la escala del patio. Como es una representación realista, el ojo tiende a pensar que son figuras a escala humana, pero mide 2,40m». Y el Patio de Novicios resuelve el encuentro de los tres ocupantes de la otrora central benedictina peninsular. Allí convergen las ventanas de las dependencias municipales, las del Museo y las de la comunidad carmelita. En medio, un suelo de pensamientos que ya serán petunias.