24 julio, 2013

Venus y Marte

joya-boticelli

Autor: Sandro Botticelli
Cronología: Hacia 1480 – 1490
Técnica: Temple al huevo y al óleo sobre chopo
Localización: National Gallery, Londres

Cuando hablamos de pintura del Renacimiento, nuestra mente y nuestros ojos se vuelven hacia Italia, podemos asegurar que en la mayoría de sus ciudades como Florencia, Roma, Venecia, Padua o Ferrara será donde se libre la batalla de la evolución del arte pictórico moderno. Un lugar privilegiado para echar la vista atrás y dejarse llevar por su pasado glorioso. A través de la investigación y el cambio constante guiado por un increíble espíritu de renovación, en una situación muy concreta se marcará la separación rotunda de la época medieval.

Cronológicamente el primer renacimiento se conoce como Quattrocento, y abarcaba el siglo XV, un momento donde se comienzan a concretar un estilo que desde sus inicios estará definido por un contexto complejo y determinado. La Italia renacentista era un mosaico político complicado formado por pequeñas ciudades como podrían ser Florencia o Milán, donde el dominio y el poder dependían de grandes familias aristocráticas y de banqueros, siendo ellos los que movían los hilos de la vida política y económica. Es la época del poder tiránico de las dinastías de los príncipes, como es el caso de la familia Medicis en Florencia, que mantienen su hegemonía en las ciudades durante muchos años. Pero no nos podemos olvidar que también es la Italia del férreo dominio de la Iglesia con la gran presencia de los Estados Pontificios.

Aunque compleja se dio la situación idónea para el cambio artístico, sus ruinas y su pasado, le acercaron de forma directa a la recuperación de todos los elementos de la antigüedad. El retorno a la cultura clásica estaba directamente vinculado con el desarrollo de una corriente ideológica, filosófica y cultural denominada humanismo, y estrechamente unida a la nueva concepción del mundo, el antropocentrismo, que defendía al hombre como centro y medida de todas las cosas.

Todas las artes plásticas tomarían como referente los modelos de la antigüedad grecolatina, y se quedaron fascinados con la idea de que el arte no sólo servía para plasmar escenas sagradas sino que también podía mostrar fragmentos de realidad y en ese empeño de experimentar con la posibilidad de imitar a la naturaleza lograron la ruptura completa con el medievo.

A todo ello se unía otro cambio relevante que marcaría la historia del arte moderno, la figura del artesano desaparecía por completo y surgía en escena el artista creador y responsable de sus creaciones. Y al lado del poder del artista se consolidaba también la figura de mecenas, que defendían las artes y al mismo tiempo las utilizaban para su prestigio personal, fines políticos o económicos.
En este ambiente de renovación constante, en lo que se refiere a la pintura, la situación derivó en la creación de numerosas escuelas, y con ellas, la proliferación de destacadas personalidades artísticas. Maestros que se movían en los nuevos parámetros de la pintura, un arte dominado por el poder del dibujo como elemento primordial, que defendía el dominio de la línea sobre el color. Obsesionados por la profundidad y el encuadre de las figuras, se deleitaban en representar la perspectiva perfecta, los volúmenes acertados, la luz central y uniforme, y todo ello acompañado de una perfecta armonía cromática. Eran los nuevos cambios pictóricos.

Entre los artistas de este siglo y dentro de la escuela florentina nos encontramos con la figura de Sandro Botticelli el maestro de la línea fluida y trazo elegante, de las composiciones armoniosas donde la perfección y la belleza esconden lecturas complejas, que aumentan la leyenda y misterio de este artista florentino.

El paisaje, la belleza idealizada de las figuras, el volumen de las formas y el sentido espacial son quizás las características propias de la pintura de su época pero Botticelli tenía un encanto especial basado en su personal don para el dibujo nervioso, unido al poder de las formas ondulantes que marcan el ritmo de la composición y a un delicado gusto a la hora de elegir sus paisajes. Con aparente facilidad lograba que en sus obras se respirase una armonía y serenidad tan perfecta que el espectador no puede dejar de contemplarlas por su delicada belleza.

En una época en la que la pintura intentaba competir con la naturaleza, la figura de Botticelli cerraba el capítulo de las artes del siglo XV. Dibujante exquisito y refinado en todas sus composiciones, poco se sabe de su biografía. Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, conocido como Botticelli se cree que podría haber heredado este nombre por su hermano el mayor, un batidor de oro apodado “botticello”, que fue el encargado de educarlo. Nació en el seno de una familia modesta en 1445, en el barrio de Santa María Novella en Florencia, y aunque no sabemos mucho de su infancia se piensa que el joven Sandro aprendería el oficio de orfebre, trabajo importante porque en el taller se aprendía la definición y precisión en el detalle, y le serviría después para su carrera de pintor.

A principios de la década de los sesenta su padre decidió enviarlo a uno de los talleres más importantes de la época, el de Filippo Lippi, artista que gozaba del apoyo de la familia Mediccis. Con este maestro aprendería la forma de componer con la perspectiva, aumentaría su destreza técnica, pero también se deja influir por todo los artistas que tiene a su alcance como Verrochio o los hermanos Pollaiolo.

Lo que sí es cierto es que el artista florentino ya estaba definiendo por entonces su lenguaje figurativo y en los años setenta ya se encontraba en el círculo de los profesionales reconocidos en Florencia. Será en esta década el momento de su creciente fama y la época en la que comienza su estrecha relación con la familia Medicis, introduciéndose de lleno en su entorno cultural. Acude a la Villa de Careggi, donde Cosme el Viejo quiso crear la Academia Neoplatónica, un lugar de estudio de los textos antiguos y reflexiones filosóficas. Botticelli disfruta del ambiente que allí se respira, y se convierte en el artista que en clave figurativa traduce en sus obras los conceptos neoplatónicos. Allí aprende la importancia de la mitología y su simbología, la relación con la naturaleza y la representación de lo bueno y lo bello.

Al mismo tiempo su prestigio aumenta y prueba de ello es que los discípulos en su taller aumentan considerablemente. Su fama no sólo se consolida sino que traspasa los ambientes florentinos. Pero Sandro sigue investigando, aumentando su pericia y su calidad para afianzar un estilo totalmente definido.

Aunque su taller estaba especializado en pinturas religiosas, también nos ha dejado increíbles manifestaciones de pintura mitológica. Entre ellas hay una pieza que sobresale por su elegancia, formato y técnica depurada, siendo una de las obras profanas a las que Botticelli debe su éxito, “Venus y Marte”, realizada al temple al huevo y óleo sobre tabla. Por su formato y el tema, podríamos decir que podría decorar el cabecero de una cama o banco, o pertenecer a uno de los famosos cassone nupciales, grandes arcones en los que se guardaba los ajuares de la novia y cuyos frentes se decoraban con hermosas pinturas.
Éste era un regalo habitual entre las elitistas familias florentinas, y se piensa que podría tratarse de un regalo para un miembro de la familia Vespucci, al aparecer alrededor de la cabeza de Marte varias avispas, en italiano vespa, nombre del que proviene este apellido, y por eso las avispas aparecen en su escudo familiar.

En la pieza podemos ver a Venus, diosa de la belleza y el amor, que vigila serenamente mientras que su amado Marte, dios de la guerra, duerme plácidamente. Nada logra despertarlo ni el zumbido de las avispas, ni los traviesos satirillos, mitad niños, mitad cabras, que con una concha soplan en su oreja o juguetean con sus armas.

El tema que se representa es clásico y contemporáneo, el amor que todo lo puede, el amor que triunfa sobre todo, un mensaje intemporal.

Para la composición el maestro italiano pudo influirse de un sarcófago romano dedicado a Baco y Ariadne, que se encuentra hoy en día en los Museos Vaticanos pero también de una pintura antigua del romano Aetion en la que se representaba la boda de Alejandro Magno con Roxana.

Podríamos ver estas influencias en la disposición de las figuras o el formato pero nada más, ya que las vestimentas, accesorios y peinados recrean la moda italiana del siglo XV. Y también sería contemporánea la idea que subyace en la representación, la de que el amor agota al hombre y da fuerza a la mujer, idea que solía ser motivo de broma en las celebraciones matrimoniales.
Pero lo que llama la atención es el acabado de la pieza, todo es dulzura y suavidad, acompañada de los dos elementos renacentistas de equilibrio y elegancia.

Sin olvidarnos de la maestría técnica que podemos observar en el vestido de Venus como consigue el efecto de transparencia a través de un sombreado tenue, característico de la pintura al temple, que es utilizado sobre otro sombreado aún si cabe más ligero para así poder modelar la carne. Mientras que una línea negra y sinuosa define los contornos y nos muestra todos los detalles al igual que nos guía por la composición.

El dibujo lineal de los contornos tanto en las figuras como en el paisaje no sólo nos ayudan a distinguir cada uno de los detalles de la obra sino que estiliza y suaviza las formas. Y con el mismo objetivo utilizará la luz, uniforme en casi toda su superficie que otorga aun más calidez y unidad a la composición, al igual que la paleta de colores utilizada, clara, armónica, sin estridencias, perfectamente combinada.

De esta manera los contornos nítidos logran un acabado plano de las formas, que se apoya en la utilización de la luz en su justa medida para brindarnos una escena llena de artificio. De la misma forma trata la profundidad, que la consigue a través del paisaje y del encuadre de las figuras. Una precisa perspectiva en un formato particular, porque no podemos ignorar en la época que la utilización de la perspectiva era la clara manifestación de unos de los ideales de belleza renacentistas.Por todo ello no es de extrañar que esta obra se haya convertido en una de las piezas más destacadas del artista.

Es curioso que un genio como Botticelli reconocido en su época y con dilatada y exitosa trayectoria, quedase en el olvido a principios del siglo XVI. Se suele decir que las nuevas aportaciones al arte de la mano de poderosas personalidades artísticas como Leonardo y Miguel Ángel, fueron apagando poco a poco el peso de su figura.

Hasta que en el siglo XIX, su talento se redescubrió. Recuperado y valorado, se le dio su lugar irremplazable entre los grandes maestros de la historia del arte, lugar que siempre debió ocupar.