23 abril, 2013

Tetuán: ‘making-of’ de una batalla

La Batalla de Tetuán

Controvertida y poco ortodoxa a las estructuras del género bélico, La Batalla de Tetuán o Expugnación del campamento marroquí por las tropas españolas el 4 de febrero de 1860, de Marià Fortuny i Marsal (Reus 1838-Roma 1874) es una obra inconclusa, que provocó más de un dolor de cabeza a su autor que fue incapaz de resolver el encargo y acabó siendo la historia de un fracaso. 150 años después de su ejecución, el cuadro se ha convertido en parte del imaginario colectivo y sigue atrayendo al espectador con una extraña fascinación. El Museo Nacional de Arte de Cataluña, MNAC, coincidiendo con el 175 aniversario del nacimiento del pintor expone esta enorme obra (9,72 por 3 metros) y gran parte de los cerca de doscientos bocetos preparatorios que la hicieron posible. La batalla de Tetuan de Fortuny. De la trinchera al museo es un homenaje a la obra, al pintor, considerado el mejor artista catalán del siglo XIX, y a todo el mundo que la hizo posible.

La vida le cambió al joven pintor de 24 años Marià Fortuny en 1860, cuando aceptó el encargo para decorar con una serie de obras pictóricas las paredes del Salón de Sesiones del Palau de la Diputación de Barcelona. Fortuny descubrió en Marruecos un mundo lleno de color y personajes exóticos que le llevaron a abandonar las técnicas de taller que había practicado hasta ese momento, tiñendo su pintura desde ese momento de orientalismo.

El tema del encargo eran las hazañas épicas del ejército español en el norte de África. La Diputación de Barcelona, a propuesta de Mila i Fontanals decidió enviar al escenario un artista para que documentara los hechos del general Joan Prim y su batallón de voluntarios que la propia Diputación había sufragado. El elegido fue Marià Fortuny, un pensionado desde hacía dos años por la institución en Roma, que había demostrado su capacidad para trabajar del natural. El encargo, recibido el 10 de enero de 1860, comportaba viajar el escenario de la guerra para realizar cuatro cuadros de gran formato y seis medianos que reflejaran los hechos bélicos. El precio se fijó en 40.000 reales, más otros 2.000 al mes, mientras estuviera en África.

Los intrascendentes ataques bereberes a las fortificaciones de Ceuta fueron aprovechados por el gobierno de la Unión Liberal del general Leopoldo O’Donnell para iniciar hostilidades contra el gobierno marroquí. Una operación de imagen que tuvo poca repercusión en las fuentes árabes, “de hecho, para ellos la batalla no existió”, asegura Jordi A. Carbonell, profesor de la Universidad Rovira i Virgili y comisario de la exposición junto a Francesc Quílez, conservador jefe del Gabinete de Dibujos y Grabados del MNAC. “Lo que se intentaba era crear una cortina de humo de los problemas internos”, aseguran. El fervor que alentaron las crónicas periodísticas sobre el conflicto llevó a muchos a alistarse voluntarios, como los 500 hombres de un batallón catalán que marchó al frente dirigido por Prim.

La guerra en el norte de África fue el primer conflicto que tuvo una auténtica cobertura periodística, gráfica y fotográfica. En este contexto, como hizo Frederic Hardman, por The Times, que ya había estado en Crimea, o el corresponsal de Le Monde Illustré de París, Charles Yriarte, o el fotógrafo Enrique Facio (del que se pueden ver en la exposición una docena de albúminas conservadas por Patrimonio Nacional que no se han visto nunca), Fortuny llega al continente dispuesto a dejar constancia del poder del estado español.

Durante su estancia de tres meses en 1860, Fortuny realizó casi 200 dibujos preparatorios a lápiz y numerosas acuarelas, que constituyen de por si una crónica. Su primera tienda de campaña, el paisaje, rincones de la ciudad, la arquitectura, escenas de la calle, las indumentarias de judíos y musulmanes, pero también la vida en el campamento, la guerra o las entrevistas de paz, uniformes, las siestas de los soldados, sus caballos y los dromedarios o el único cerdo de la ciudad que llevaron los españoles y un largo etcétera, son objeto de su trabajo. La mayoría dibujos esquemáticos.

Pero la aventura africana del pintor comenzó mal. Cuando llegó a Tetuán, el 12 de febrero, hacía seis días que las tropas españolas habían entrado a la ciudad, por lo que no pudo vivir la batalla que acabó pintando en su cuadro. Fortuny sí asistió a las negociaciones de la paz en febrero de 1860, donde tuvo la oportunidad de ver al enemigo de cerca, incluso al príncipe Mulay Abbas, líder del ejército marroquí, cuando se entrevistó con O’Donnell. Durante el encuentro realiza el dibujo de un rifeño muerto en el suelo que incorporó en el cuadro final.

Pero las negociaciones de paz no acabaron bien y el conflicto se recrudeció, siendo la ciudad de Tánger el nuevo objetivo de las tropas españolas.

En marzo se ocupa la ciudad de Samsa donde Fortuny presencia por primera vez, aunque en un segundo plano, un verdadero enfrentamiento cuerpo a cuerpo, y luego la batalla de Wad-Ras, “donde sintió la bayoneta pasar cerca”, según Carbonell, que determinó la guerra. Fortuny dibuja el movimiento de las tropas y los duros enfrentamientos, sobre todo los protagonizados por el batallón catalán que lucharon “como tigres”, según palabras del propio Prim, protegiendo al ejército de las embestidas de los jinetes marroquíes. De los 257 soldados que entraron en combate, 118, entre ellos 7 oficiales, murieron. “Brava gente es la de mi tierra”, dijo Prim en una carta.

Fortuny, por los dibujos conservados, en los que refleja la fuerza de la lucha cuerpo a cuerpo, lo vivió desde un lugar elevado, cerca del puente del Bu-Sfiha. El MNAC ha reunido todos los dibujos preparatorios del cuadro sobre Wad-Ras y el esbozo que se expone en las salas del Prado de esta batalla. Tras la ofensiva se vivió un segundo encuentro para negociar la paz entre O’Donnell y Mulay Abbas que acabó en un armisticio y que Fortuny aprovechó para realizar más apuntes del enemigo.

El abril de 1860 el pintor vuelve a España cargado de trajes y objetos curiosos que acabaron, “tras ser requisados por la aduana italiana durante un tiempo” en su estudio en Roma. Antes los diputados de Barcelona le pagan un viaje a París para “inspirarse” viendo un cuadro sobre la conquista de Argelia realizado por Horace Vernet. Una pintura de dimensiones espectaculares: 21,39 metros de largo por 4,89 de alto. Y que seguro que le influyó, aunque no como se esperaba.

Según Charles Baudelaire, Vernet era un militar que pintaba. Pero Fortuny no. La visión de esta obra, le apabulló tanto que acabó desmoralizado, explican los comisarios. Tras su retorno a Roma comienza a pintar obras como La Odalisca y Il Contino. En 1962 vuelve a viajar a Tetuán y Tánger la infiel, durante otros tres meses más, donde profundiza, en los escenarios de la guerra de forma relajada y acentúa su interés por el orientalismo.

Después de tres años, el encargo inicial de la Diputación, queda reducido a un solo cuadro de grandes dimensiones y se le da una prórroga de dos años más de pensión. Fortuny trabaja en la batalla —después de realizar dos enormes esbozos entre 1861 y 1863—, entre abril y mayo de 1863 y 1865. Pero desde el primer momento la obra le causaba problemas, “era una esclavitud”, escribió Folch i Torres, por lo que el pintor comenzó a llamarlo, despectivamente, “el gran cuadro”. Cuando la pensión se acabó, abandonó su ejecución centrándose en otras obras, con la esperanza de acabarlo posteriormente.

En realidad, en los últimos años Fortuny no había vuelto a añadir pincelada alguna en el enorme cuadro que había quedado arrinconado en su estudio. Paradógicamente, eso hizo aumentar la fama de la pintura: cada vez que aparecía su taller reproducido en fotografías, se veía la enorme batalla como un telón de fondo.

Fortuny, enriquecido por el resto de sus producciones, como La Vicaria, que había vendido a un gran precio, devolvió el dinero del encargo, después de alegar motivos de salud para no terminarla. “Vanidoso” e “ingrato” fue lo más tibio que se le dijo desde la Diputación que le reclamaron los 4.200 escudos invertidos. El cuadro se quedó en Roma colgado en su estudio sin acabar. En 1875, tras fallecer el pintor, la Diputación lo compró a su viuda por 50.000 pesetas y lo instaló en el Salón de Sesiones, tal y como estaba previsto en un origen, algo que no deja de ser paradójico.

La compra no estuvo exenta de polémica, y en diarios como El Diluvio, La Publicidad e Ilustración, no faltaron las críticas por lo mal resuelta de la obra y la confusión de alguna de sus partes. Quílez recoge en la publicación que acompaña la exposición las diferentes críticas publicadas, algunas muy duras, como las que aseguraban que el cuadro era un lienzo “pretencioso y desatinado” e incluso, lo peor que le podían decir a Fortuny, una copia del cuadro de Vernet. Allí estuvo expuesto hasta que en 1919 se trasladó al Museo de la Ciutadella, con la colaboración de una brigada de bomberos que lo llevaron en brazos en posición horizontal.

No fue el único traslado: se expuso en el Palau Nacional, viajó a Olot, durante la Guerra Civil, volvió a Montjuïc, después a Reus y al Salón del Tinell para la famosa exposición de 1962 en se enfrentó con la obra de Dalí. Fue y vino varias veces a Montjuïc, hasta su ingreso definitivo en el MNAC en 2004 (tras derribar una pared del antiguo arsenal para sacarlo). Ese año ha sido la última vez que ha visto la luz natural.

Según Carbonell y Quílez, los comisarios de la exposición del MNAC, Fortuny, pese a los infortunios del proceso, creó una interpretación innovadora del tema. La pintura describe el dilatado escenario de la batalla en el mismo escenario donde ocurrió, pudiéndose reconocer accidentes geográficos como el cabo Taïfor o la bahía y la desembocadura del río Martil. El pintor colocó a los personajes principales en la parte central de la tela, formando un triángulo: O’Donnell, sereno, en la parte central, dirige la batalla, seguido de su escolta de húsares “representado de forma clásica”. Hacia la izquierda, los voluntarios catalanes dirigidos por el héroe de la batalla, el brigadier reusense, Victoriano Sugranyes que murió en la jornada (había llegado a la ciudad el día anterior) y a la derecha del espectador, el héroe militar romántico, el general Prim, que lucha, a galope tendido y sable en mano contra un guerrero musulmán; una imagen convertida en tópica e icónica del general. A partir de esta figura se despliegan diversas figuras que narran la derrota: la población que huye, presa del pánico y el príncipe marroquí y su ejército de jinetes. En realidad, Mulay Abbas observó, impotente, desde lo alto de un turón cómo su ejército perdía la contienda y la ciudad de Tetuán. En el margen superior izquierdo se identifica el campamento de los marroquíes, destacando la lujosa tienda del príncipe que fue trasladada y expuesta en Madrid como botín de guerra.

Según Carbonell, el cuadro de Fortuny, a diferencia de otros historicistas que reflejan batallas y caen en la retórica montando escenografías, es una obra “con expresividad y veracidad, con fragmentos magistrales que apuntan a las obras luministas de la última etapa del pintor. Es un cuadro importantísimo porque cambia el concepto de la pintura histórica. Es muy transgresor y nada canónico, quizá por eso fue criticado en primera instancia”. Pero pese que reproduce con finalidad la atmosfera diáfana del norte de África, los especialistas remarcan que no es del todo real y que aparecen una serie de elementos imaginarios y estereotipos. Por ejemplo: los alrededores de Tetuán están verdes siempre, pero Fortuny optó por pintar un paisaje árido y marrón que a su entender, se correspondía con la imagen europea de lo que era África.

Junto a las 130 obras relacionadas con la pintura, el MNAC expone dos espingardas que trajo Prim de la guerra, un sable, los prismáticos, el ros (gorro) y la cartera de campaña del general. La visita concluye con varias obras que Salvador Dalí adquirió de Fortuny como el Tribunal de la Alhambra que ha cedido su fundación de Figueres. Se exhiben junto a la documentación sobre la exposición de 1962 en el Salón del Tinell —impagable el reportaje del NODO— que puso en diálogo la obra de Fortuny y la homónima de Dalí que vieron, en la Barcelona franquista de entonces, 40.000 personas.

Por José Ángel Montañés en El País.