26 enero, 2015

Segunda vida para el templo del arte

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Las operaciones urbanísticas, como el juego, están llenas de carambolas inesperadas. Esto ha pasado con el proyecto de construir un hotel de lujo al edificio del Deustche Bank situado en la confluencia de Diagonal con paseo de Gràcia de Barcelona. El fondo de inversión que ha comprado este edificio para echarlo a tierra y construir uno más grande, comprará por diez millones de euros la construcción singular de la calle Bailén, 72, una especie de Partenó barcelonés con enormes columnas a la fachada, frontón y tímpano triangular, para cederlo gratuitamente al Ajuntament a cambio de ganar metros de edificabilidad. Dijous la comisión de Hàbitat Urbà dio el visto bueno al cambio del Pla General Metropolità para construir el nuevo hotel, por lo cual, bien pronto, este templo del arte que mandaron construir los hermanos Josep y Francesc Masriera el 1884 porque fuera su taller de pintura y joyería, y que permanece cerrado desde el 2009, acabará convertido en un equipamiento social o cultural para la ciudad.

La construcción historicista, a pesar del aspecto abandonado de los últimos años, nunca ha pasado desapercibida. El edificio fue un encargo de los germanos pintores al arquitecto premodernista Josep Vilaseca (uno enamorado de la cultura clásica que también construyó el arco de triunfo y la casa de los paraguas de la Rambla). El arquitecto lo concibió como una representación del templo de August de la colonia romana de Barcino, los restos de la cual habían sido descubiertos no hacía mucho. Ahora lo vemos encajado entre edificios, pero en origen era una construcción aislada, visible y airosa, de planta rectangular, con seis enormes columnas a la fachada (hexástilo) acabados con capiteles corintios, que soportan un frontón triangular, en que permanecen, vigilantes, dos animales mitológicos, dos grifons. El edificio está catalogado como bien cultural de interés local (BCIL), motivo por el cual se tiene que mantener la volumetría del edificio y la fachada, además de los espacios originales del interior.

El abril del 1884 abrió sus puertas como taller y nadie en la ciudad no quiso perderse el acontecimiento, tal como recogen las crónicas periodísticas. Todos van poder admirar las esculturas enormes que los Masriera habían encargado a Josep Reynés de dos de los pintores de referencia suyos, Marià Fortuny y Eduardo Rosales (hoy desaparecidas), que presidían el atrio del nuevo templo. La puerta de acceso era una réplica exacta de la entrada del templo del Erectèon de Atenas. Su interior, de dos plantas e iluminado por una claraboya cenital, era ostentoso y estaba apretujado de objetos exóticos y antigüedades de varios estilos, épocas y procedencias, mobiliario, alfombras persas y tapices, instrumentos musicales, armas y objetos extraños que los pintores utilizaban en sus pinturas. Era una especie de museo particular admirado por los clientes y amigos, que participaban en las múltiples tertulias, conciertos y representaciones teatrales que los Masriera organizaban. No era de extrañar que el edificio fuera conocido como templo del arte.

Francesc Quilez, conservador en ninguno del gabinete de dibujos y grabados del MNAC conoce bien como fue el edificio, puesto que fue comisario de una exposición el 1996 sobre los Masriera. “La familia conservaba documentación y los planos del estudio que crearon imitando el modelo del taller de Fortuny a Roma. El estudio era el escaparate publicitario para mostrar sus obras y obtener clientes nuevos”. Según el especialista, a pesar de que lo intentó varias veces, incluso vía Ajuntament y trucando a la puerta, sus amos actuales no dejaron que accediera a su interior. “Los últimos años había un hermetismo absoluto alrededor de este edificio”.

El 1912 el gran joyero del modernismo Lluís Masriera, hijo de Josep, heredó el edificio y el estudio. Entre las reformas que llevó a cabo, una fue construir un teatro al fondo de la construcción, que más adelante, el 1933 llegó a ser el Teatre Studium, con capacidad por 500 personas, sin duda uno de los activos del edificio de cara al uso potencial. “Es una muy buena noticia que el edificio se recupere para la ciudad y se le dé una nueva utilidad”, explica el ingeniero Lluís Masriera, nieto del joyero.

Confiscado por la Generalitat durante la Guerra Civil, después del conflicto se convirtió en la sede estable de la sociedad teatral Club Helena hasta el 1950. Al año siguiente el edificio fue adquirido por la congregación Petita Companyia del Cor Eucarístic de Jesús para convertirlo en residencia de religiosas. Desde este momento empezó una gran transformación del interior. Esta congregación acabó integrada en la fundación Pere Relats, que es la que ha llegado a un preacuerdo para vender el inmueble.

José Ángel Montañés.