1 diciembre, 2014

San Marcos de León

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“A 7 de diciembre, víspera de la Concepción de Nuestra Señora, a las diez y media de la noche fui traído en el rigor del invierno sin capa y sin camisa, de sesenta y un años, a este convento Real de San Marcos, donde he estado todo este tiempo en rigurosísima prisión, enfermo con tres heridas, que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera, se me han cancerado y por falta de cirujano, no sin piedad me las han visto cauterizar con mis manos; tan pobre que de limosna me han abrigado y entretenido la vida. El horror de mis trabajos a todos ha espantado”.

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Cuando en diciembre de 1639 fue aprisionado don Francisco de Quevedo posiblemente pocas ganas tendría de deleitarse con la fachada de la prisión de San Marcos de León que forzosamente atravesó de camino a la celda que habitaría durante tres años y siete meses. Una fachada ideada por Martín de Villareal y construida un siglo antes convirtiéndose en un prodigio de la técnica y la ornamentación y un modelo del estilo plateresco.

Se trata de un solo lienzo compuesto por dos cuerpos y dos pisos adornado con medallones. Treinta y ocho ornamentos, incluyendo los colocados en el añadido que se hizo en el siglo XVIII continuando el estilo de la fachada original, que contienen retratos de un gran abanico de personajes de la historia y mitología greco-latina y de la historia española. La parte superior está rematada por una delicada crestería calada que se extiende sobre los cien metros de ancho de la fachada.

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“Aunque al principio tuve mi prisión en una torre de esta santa casa, tan espaciosa como clara y abrigada para la presente estación, a poco tiempo por orden superior, no diré nunca que por superior desorden, se me condujo a otra muchísimo más desacomodada que es donde permanezco”.

“Redúcese a una pieza subterránea, tan húmeda como un manantial, tan oscura que en ella es siempre de noche y tan fría que nunca dejaba de parecer enero. Tiene sin comparación más traza de sepulcro que de cárcel”.

“En medio de la pieza está colocada una mesa, donde escribo, que es tan grande que admite sobre sí treinta o más libros, de que me proveen esos mis benditos hermanos. A la derecha, que mira al mediodía, tengo mi lecho, ni bien muy acomodado, ni bien sumamente indecente. Cenca de él está el de un criado que se me permite, de cuyo salario que deberá gozar aún no he formado concepto, creyendo que no será ninguno suficiente para satisfacerle el mérito de una tan voluntaria como penosa prisión, que padece por el gusto de servirme”.

Posiblemente, Quevedo, a juzgar por sus propias palabras sobre su encierro, tampoco disfruto de agradables paseos por el claustro, obra de Juan de Badajoz el Mozo, en el corazón de la prisión. Ni él ni los tantos presos que fueron destinados a este edificio. Pero ahora todo lo contrario, una vez reconvertido en parador nacional en 1964 todo el que atraviesa el gran portón de entrada lo hace voluntariamente. Todo el que pasa bajo el apóstol Santiago triunfador en la batalla de Clavijo lo hace para alojarse en alguna de las habitaciones de en uno de los más majestuosos Paradores de Turismo en España.

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Y si no hay intención de pernoctar, se puede igualmente acceder al parador para probar alguna de las delicias del restaurante Rey Don Sancho, ubicado en el mismo edificio. En él se pone a disposición del visitante una selección de platos elaborados con productos de la tierra como materias primas únicas. Para alegrar la garganta también se puede probar alguno de los vinos D.O. Tierra de León ofrecidos en su carta.

Anexa al parador y coetánea en su construcción está la Iglesia de San Marcos, cuyo trazado fue asignado a Juan de Orozco. En ella son identificables las señas de identidad del estilo gótico decadente más conocido como “Reyes Católicos”. En su interior se encuentra un interesante coro de sillería obra de Juan de Juni y de Guillermo Doncel. Dentro de la iglesia se aloja una parte del Museo de León, la correspondiente a arqueología y arte antiguo.

Precisamente tras este coro es desde donde es de suponer que partiría el pasadizo de veintisiete escalones a los que hacía referencia Quevedo y que conducirían a su hogar forzoso durante casi cuatro años de su vida. Pero la ubicación real de su celda, así como las razones reales de su encarcelamiento son datos que permanecen – a día de la fecha -de la mano de la especulación y no de la certeza.

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