15 octubre, 2014

Rembrandt, bajo luz infrarroja

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Los pintores de cámara solían estar al servicio de reyes y príncipes. El acuerdo era doble: el monarca era inmortalizado por un gran artista —como Velázquez o Rubens— y estos veían reconocida su valía de forma universal. Rembrandt, el maestro holandés del Siglo de Oro, dependía de encargos bien pagados y de las modas. En su caso, el gran inconveniente no era perder el favor del mecenas. El futuro lo marcaban los vaivenes de la fortuna del cliente y de la economía del momento histórico.

El artista dirigía además un taller con alumnos que participaban en sus cuadros. A certificar su autenticidad se ha dedicado durante 46 años el denominado Proyecto Rembrandt. En especial, el historiador del arte Ernst van de Wetering, que con ayuda de los rayos X y la luz infrarroja, acaba de entregar el sexto y último volumen de una obra completa (publicada por Springer) que cifra en 340 los cuadros creados por Rembrandt en solitario

Pintor además de estudioso, Van de Wetering no ha descubierto nuevas técnicas de investigación. Ha dejado a un lado el enfoque de lo que denomina la antigua escuela de conocedores de la obra de Rembrandt, para leer sus telas de otro modo. “Con los rayos X puedes ver si el prototipo del cuadro fue hecho por el pupilo o por el artista. Pero para reconstruir el proceso creativo hay que saber técnica pictórica, no solo teoría. Durante estos años, desde que me puse al frente del Proyecto tras las tres primeras entregas, he descubierto que el maestro hacía primero un boceto de las figuras, y luego pintaba el fondo. Empezaba por detrás y acababa por delante. En La ronda de noche, los dos personajes principales fueron pintados al final. Sin conocer este proceso no puede entenderse una radiografía”, dice, en plena promoción del último libro del Proyecto en la Feria de Fráncfort, que acabó ayer.

En 1934 un estudioso le atribuyó 613 piezas, casi el doble del real

En su búsqueda del carácter de Rembrandt, Van de Wetering ha ahondado en el modo de pensar del siglo XVII para concluir que el estilo no define al artista. “Un pintor no es un autómata, vive en progreso continuo. Rembrandt era un aventurero. Además, quería sobrepasar a los grandes nombres de la Antigüedad. En su tiempo, pensaban que el arte podía avanzar. Cuando comprendieron que nadie es mejor o peor, se vio que cada época tiene sus maestros. Hace casi un siglo, los historiadores decían que el estilo define el carácter. Por contra, yo creo que los pintores no lo siguen de forma consciente”.

El punto de partida de las investigaciones originales había sido la compilación de Abraham Bredius, el mayor estudioso del artista, que en 1934 señaló nada menos que 613 obras auténticas. Horst Gerson, historiador germano-holandés del arte, revisó a la baja la cifra y la dejó en 419 en un catálogo razonado. Para 1990, antes de que Van de Wetering tomara las riendas del Proyecto, ya solo había 144 rembrandts verdaderos.

De la cronología inicial de sus antecesores, el experto pasó al enfoque temático. “Solo pensando en la función social de los autorretratos, cambia su significado. Había una demanda clara del mercado para estos temas, no eran solo producto de la introspección”, sigue Van de Wetering.

La búsqueda de la autoría de Rembrandt ha estado llena de sobresaltos. Tener o no tener su firma cambia por completo su valor mercantil, y uno de los más sonados fue el caso de Rembrandt sonriendo. Salió a subasta en Inglaterra en 2007 por 1.100 euros. Al final, la puja alcanzó 3,1 millones de euros.

El catálogo lo atribuia a un seguidor del maestro, pero había referencias de que podía tratarse de una pieza perdida. Así fue. “Algunos museos no aceptan nuestras atribuciones. El Metropolitan de Nueva York tiene un autorretrato que no consideran suyo. Pero hay otro debajo y la firma es del artista. Son tantos argumentos a favor…”, concluye el holandés, que a sus 76 años sabe esperar.

Por Isabel Ferrer en El País.