22 marzo, 2011

Relato de una decadencia (Diario de Jerez)

El palacio de San Blas, la antigua ‘casa de Pepe Pantera’, ha sido totalmente expoliada · Algunos recuerdos del hombre ‘que bebía’ La Ina junto a su león ‘Nero’.

En el palacio de San Blas, junto a la plaza del Mercado, ya llueve sobre mojado. El palacio que ‘corona’ la calle de San Ildefonso, a tiro de piedra de las bodegas Domecq, se hunde con el paso del tiempo. Hagamos memoria: Fue en tiempos la residencia del conquistador Juan Ponce de León en el siglo XV. Pasaron los años y la familia Domecq de la Riva se hizo con la ‘perla’ de San Mateo, un palacete de poco más de 6.000 metros cuadrados, con privilegiadas vistas de la ciudad, declarado como conjunto histórico artístico y que ahora se muere. Bueno, murió hace tiempo, víctima -como muchos edificios de nuestro patrimonio- del olvido y el abandono.

Cuando los Domecq vendieron el palacio de San Blas en 2002, una cadena catalana de hoteles de lujo con mucho ojo en el negocio inmobiliario decidió adquirirlo y acometer las obras para su conversión en un hotel de cinco estrellas. Era la cadena hotelera ‘Hospes’, una firma especializada en grandes hoteles con las mayores prestaciones y cuyos establecimientos se ubican siempre en lugares privilegiados. ‘Hospes’ trataba así de devolver a la vida un inmueble histórico tanto para la ciudad como para el patrimonio y, al tiempo, levantar un edificio de nueva construcción dentro del recinto palaciego con el que conseguía ampliar su oferta de habitaciones. ‘Hospes’ trabajó en el proyecto en un palacete ya expoliado. Se trataba de una antigua casa-palacio repleta de dependencias con un patio de estilo renacentista y dos jardines. Dos escaleras conectaban todo el edificio y permitían el acceso a los rincones más alejados. Una de ellas, destinada a la familia e invitados, y una segunda por donde discurría el servicio. Todo era normalidad hasta que, en 2008, frenó la reforma. La cadena hotelera, a consultas de este periódico, ha alegado que la paralización se debió a la incipiente crisis inmobiliaria y la indefinición en la evolución de la ciudad. O lo que es igual, ‘Hospes’ seguía de cerca los proyectos de la Ciudad del Flamenco y otras realizaciones que no llegaron a materializarse. “Por ahora -han dicho en fuentes de la compañía- no sabemos cuándo volveremos a actuar”.

Desde 2008, la historia se repite. Basta recordar el expolio que sufrió en 2010. Hubo tres detenidos y recuperaron la puerta de acceso, que es de madera del siglo XVII, dos pozos de mármol de XVII, rejas de hierro forjado, balcón del mismo material, terrazas de cerámica, radiadores, barandillas de ébano macizo y numerosos metros de azulejos de cerámica. Los efectos estaban valorados en más de 74.000 euros, además de su valor cultural y artístico. El expolio siguió hasta hoy. En el palacio de San Blas, una de sus puertas ha sido clausurada con ladrillos, pero muchos saben por dónde entrar. Se han llevado de todo. El palacio sigue vendido.

Las obras que realizaba la constructora de ‘Hospes’, de la que este periódico fue testigo, sacó a la luz la archiconocida forma de vida de su último inquilino. Su nombre era José Domecq de la Riva, ‘Pepe Pantera’, o ‘Pepe el rápido’, con una vida apropiada para el celuloide y sobre el que planean muchísimas leyendas, algunas ciertas y otras no. En su impresionante patio central, sigue el azulejo con esta leyenda: “La buena vida es cara. Hay otra, más barata, pero no es buena”.

El teléfono sonaba cada tarde en el palacio de San Blas.

-¿Don José está en casa?

-El señor está ‘recogido’ -contestaba la criada.

Estar recogido, en Jerez, puede consistir en estar durmiendo la siesta, estar leyendo o cortando rosales.

Lo importante para el servicio del palacio de San Blas es que el señor mejore de salud y esté a gusto. Don José y su servicio se preocupan de que su amplia colección de automóviles estén impecablemente limpios con los blasones de las puertas bien brillantes, que a la una en punto de la tarde le sea servida la media botella de ‘La Ina’, recién sacada del frigorífico, que todo esté ordenado en el ‘cuarto de vestir’, santa santorum, donde el señor se encierra para leer la prensa, asearse y ponerse el traje elegido sin prisas. Y, por último, que a las cinco de la tarde este listo el té.

Este es el día a día de nuestro personaje. Como su hermano Pedro, Pepe recibió el apodo de ‘pantera’ por sus ojos verdes, sus rasgos felinos y por su portentosa agilidad y destreza en la práctica de los deportes.

Pepe Domecq de la Riva, ‘el Pantera’, estudió en el colegio de los jesuitas de Chamartín de la Rosa, donde no destacó precisamente. Ya de joven, brillaba como bailarín, jugador de polo y gran conquistador de bellas damas durante su etapa en Oxford. Con el tiempo, se transformó en ‘Pepe el rápido’. Pepe Pantera fue un enamorado de la velocidad. En 1932, correría en Le Mans y en 1934 en Montecarlo. Fue el único español que, antes del marqués de Portago, compitió con los míticos Nuvolari, Asari y Fangio. “Entonces -decía- se podía aparcar en la misma puerta del Hotel Palace y del Hotel María Cristina. Daba gusto viajar en coche”.

Cuando todo iba sobre ruedas, Pepe rompió todos los récords: “Yo he tardado desde Jerez a Madrid, pasando por Sevilla, seis horas y seis minutos”, decía orgulloso si se tienen en cuenta las peligrosísimas carreteras de entonces. Su otra ‘marca’ es de treinta minutos exactos desde su casa en el palacio de San Blas hasta el hotel Alfonso XIII de Sevilla, unos cien kilómetros. “Eso lo he hecho con más de setenta años y en un ‘Rover’ moderno descapotable, a doscientos por hora’.

Su llegada a Jerez era siempre celebrada. Había gente apostada en El Altillo para recibir al ‘héroe’. Luego, era acompañado por la multitud por las calles del centro, hasta su residencia en el palacio de San Blas. Tanto trajín trajo algunas consecuencias: El 24 de diciembre de 1957, día de Nochebuena, la familia Flores no pudo celebrar la efemérides. La prensa local seguía entonces las hazañas automovilísticas de nuestro paisano. Pero hubo un hecho que a todos conmovió. Ese día, Pepe Pantera volvía de Sevilla. Conducía el ‘Rover’ descapotable su chófer particular, Manuel Flores Chica, padre de Paco Flores Prieto, un hombre muy dinámico que se encontró con la muerte a los 42 años. Sucedió en el cruce de Utrera. Un camión de pescado se saltó el ‘stop’ y arremetió su vehículo contra el ‘Rover’. Murieron en el accidente el ‘gordo Chica’, como conocían a Manuel Flores, y Quirós, un sargento de la Policía.

Pepe casó con María Luisa Beltrán de Lis, que le dio cuatro hijos: José María, Álvaro, Maravilla y Petra. Vivió en el palacio de San Blas en compañía de un león que le regaló en Barcelona Pepe Rivas y que guardaba en una jaula en el centro del patio. “Se llamaba ‘Nerón’, se movía libremente por toda la casa y hasta tomaba copas conmigo. Ahora está disecado”. Vecinos de San Mateo, entonces niños y ahora hombres hechos y derechos, recuerdan infinidad de anécdotas. “Era un gran cazador. Hacía fiestas cuyos invitados llenaban toda la plaza con sus grandes coches. Tenía además un gorila, que se escapaba continuamente…”.

El afecto de ‘Nerón’ lo suplió con otra mujer: Cuqui, una bella jerezana que esperó casi veinte años hasta convertirse en la ‘señora de Domecq’, dueña después de la casa de campo que el Pantera poseía en ‘El Serrallo’, frente a la antigua venta ‘Los Negros’. Cuando a principios de los ochenta, Pepe Pantera falleció, el obispo Bellido no permitió que el féretro entrara en la capilla del cementerio. Era el último gesto a una vida que el propio sacerdote calificó como disoluta y extramarital, probablemente la del último ‘señorito’ de Jerez.

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