2 mayo, 2013

Premios (ambiguos) a la mejor arquitectura

Harpa

El auditorio Harpa del nuevo puerto de Reikiavik, en Islandia, ha ganado el Premio Mies van der Rohe de Arquitectura Contemporánea que concede la Unión Europea. En la primera ocasión en que este galardón reconoce el trabajo conjunto entre un artista y un arquitecto, el islandés Olafur Eliasson y el estudio danés de Henning Larsen se repartirán los 60.000 euros del premio sin indicar una vía alternativa, una arquitectura más integradora que espectacular, capaz de dar respuesta al desmoronamiento de la arquitectura europea.

Inaugurado en 2011, el edificio de tres salas de conciertos es la pieza estrella de la recuperación del puerto industrial de la capital islandesa reconvertido, ahora, en la nueva zona comercial y de ocio de la ciudad. Con una fachada centelleante, fragmentada en adoquines de vidrio –del tamaño de una persona- que Eliasson encastró en la fachada metálica proyectada por los arquitectos, la cara del auditorio es cambiante. El edificio, al borde del agua, refleja sin embargo tanto los brillos del cielo y el mar como la ambigüedad que se ha adueñado, en los últimos lustros, de la arquitectura más premiada en Europa.

El premio al talento emergente lanza, sin embargo, el mensaje contrario. Frente a la tabula rasa que exigen los edificios que confían su calidad a su imagen, la Academia Red Bull que María Langarita y Victor Navarro levantaron en las naves del edificio Matadero de Madrid partían de un edificio existente para construir con poco tiempo y escaso presupuesto una academia de música. El estudio madrileño trabajó con lo disponible y fue capaz de levantar una escuela que funcionó como una ciudad: flexible, abierta, conectada y plural con luagares para el trabajo individual, zonas de descanso colectivas y espacios tan específicos como un estudio de grabación.

El impacto de los brillos de Eliasson y Larsen frente al ingenio del trabajo a partir de restos elaborado por Langarita-Navarro debería dar que pensar a los arquitectos no emergentes. No son otros brillos sino otros ingenios lo que podrían llegar a pinchar la burbuja arquitectónica.

Por Anatxu Zabalbeascoa en El Páis.