10 febrero, 2014

Picasso: el genio en su laboratorio

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La Fundación Mapfre reflexiona sobre el pintor y la modelo en una gran exposición centrada en el taller del artista, que estará abierta desde el próximo miércoles día 12 hasta el 11 de mayo

Hace unos días preguntaba una compañera de trabajo, taurina de pro, a quién nos gustaría haber conocido, y entrevistado, y nunca podremos hacerlo. Ella lo tenía claro: Belmonte. Yo también: Picasso. ¿Los motivos? Es fácil encontrarlos visitando la magnífica exposición que la Fundación Mapfre dedica a uno de nuestros genios más universales. Allí, atrapada en cada una de las 160 obras expuestas, se encuentra el alma de Picasso.

El hilo conductor de esta muestra es el taller del artista. En el caso de Picasso, siempre fue un laboratorio de ideas en continua ebullición, un espacio de experimentación donde exprime hasta el final los logros anteriores y los metamorfosea en otros nuevos. Picasso llamaba a sus talleres «mis paisajes interiores». Tenían mucho de lugar sagrado, también de panteones sentimentales. Tuvo muchos talleres, todos vitales tanto en su inspiración creadora –las musas siempre le pillaron en ellos trabajando– como en su biografía. Cada uno nos cuenta un episodio de su apasionante y apasionada vida, nos explica las obsesiones, los hallazgos, las idas y venidas en su fértil y prodigiosa producción.

Hasta el Bateau Lavoir del bohemio Montmartre (por allí pasaron Modigliani, Brancusi, Van Dongen, Juan Gris) llegó en 1904 un jovencísimo Picasso con ganas de comerse el mundo a bocados. Ocupó el estudio que dejó libre Paco Durrio y cuyo alquiler pagaba Sunyer cada mes (15 francos). Allí vivía con un guitarrista, Fabián de Castro, tres perros y su primera gran musa y amante, Fernande Olivier. Allí pintó «Las señoritas de Aviñón» y allí nació el cubismo. Después llegaron muchísimos talleres más, muchísimas obras más, muchísimas amantes más… Con Eva Gouel ocupó el estudio del Bulevar Raspail, en Montparnasse; con su primera esposa, la bailarina Olga Khokhlova, La Boétie; con Marie-Thérèse Walter vivió una pasión arrebatadora. Invade, física y písiquicamente, su nuevo taller: el castillo de Boisgeloup. Allí hizo esculturas y pintó obsesivamente a la joven musa rubia, siempre exuberante, voluptuosa, sensual, enroscada en infinitas curvas…

Más estudios, más mujeres…
Los años de la guerra los pasa en un nuevo estudio y en unos nuevos brazos, los de la fotógrafa Dora Maar, «la mujer que llora». En este mítico taller, en la rue des Grands-Augustins, nació un icono, el «Guernica», cuya realización inmortalizó con su cámara la nueva musa. Hubo más talleres ocasionales por toda la Costa Azul y la Provenza (Saint Raphaël, Juan-les-Pins, Antibes, Dinard) y más mujeres en su vida, como Françoise Gilot, madre de sus hijos Claude y Paloma. En Vallauris descubrió la cerámica; tuvo un nuevo taller, La Galloise, y conoció a la última mujer de su vida, Jacqueline Roque.

Con ella se trasladó a La Californie, una villa señorial en Cannes, rodeada de palmeras, que fue su gran taller. Primero ocupó como estudio el salón de la planta baja. Había un sofisticado y caótico orden. Después se traladó a la segunda planta, donde había un palomar. Homenaje a su querido y admirado Matisse. Allí habrá un tour de force consigo mismo y con Velázquez y sus «Meninas». «Picasso hace del taller de Velázquez su propio taller, lo invade y lo destruye en un ejercicio desenfrenado en que distorsiona y metamorfosea todos los elementos», advierte Maite Ocaña, comisaria de la exposición y gran conocedora de Picasso. No en vano fue durante más de dos décadas directora del Museo Picasso de Barcelona.
Por La Californie pasaron célebres personajes como Cary Grant y fotógrafos como David Douglas Duncan, Brassaï, Franz Hubmann, Edward Quinn, Arnold Newman, Lucien Clergue…, testigos de excepción que retrataron al genio en su hábitat, al monstruo en su caverna. Los últimos santuarios picassianos son el castillo de Vauvenargues, en el corazón de la Provenza, a los pies de la Sainte-Victoire cézanniana, que compra en 1958 y donde está enterrado; y Notre-Dame-de-Vie, en Mougins, donde al final de su vida un anciano Picasso reflexiona sobre la pintura, sobre la vida, que en su caso es lo mismo, en la serie del pintor y la modelo, central en esta muestra. Allí muere en 1973.

Obras nunca vistas en España
Esta es la maravillosa historia que nos cuenta la exposición de la Fundación Mapfre, a través de obras maestras cedidas por importantes museos de todo el mundo, o prestadas por colecciones privadas. Muchas de ellas no se han visto en España. Buena parte de la familia Picasso ha colaborado en el proyecto. Catherine Hutin, hija de Jacqueline Roque, ha cedido geniales retratos de su madre, así como fotografías inéditas que ésta hizo a Picasso en su estudio. En ellas apreciamos cuadros que cuelgan en la exposición. La abre y la cierra dos grandes autorretratos. El primero, de 1906, cedido por el Museo de Filadelfia, es muy conocido: Picasso se retrató orgulloso de ser pintor, paleta en mano. Una reivindicación del oficio que tanto amó.

El último, «Hombre en el taburete», de 1969, cedido por la galería Leiris, tan solo se expuso una vez. Fue en 1970, en vida de Picasso, en el Palacio de los Papas de Aviñón. «Picasso hace de la profesión de pintor y de las relaciones que establece con su modelo, los “objetos vivos”, ya sean figuras o naturalezas muertas, una constante a lo largo de toda su obra», explica la comisaria mientras recorremos con ella la exposición. Todas las obras que cuelgan son un homenaje de Picasso al gran amor de su vida: la profesión de pintor. «Vivió por y para la pintura», apunta.
Pese a que se han resistido unos préstamos de Teherán, lo excepcional de las piezas ha elevado muchísimo los seguros. Pablo Jiménez, director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, no suelta prenda. Pero, además de los grandes lienzos, hay pequeños tesoros por descubrir en la muestra: una docena de paletas de Picasso que nunca se habían mostrado; tres cerámicas; dibujos de la Suite Verve, en los que Picasso hace gala de un ácido sentido del humor; el «Cuaderno 1097», realizado en Mougins entre el 17 y el 23 de 1964. Picasso se autorretrata como un pintor-voyeur, que mira con esos ojos negros escrutadores, curiosos, incisivos… Un pintor que reflexionó sobre la vida, sobre la creación, sobre sí mismo.

por NATIVIDAD PULIDO, ABC