30 abril, 2013

Norman Foster: “La China del siglo XXI es tan emprendedora como la Europa del XIX”

Norman Foster

Asistimos puntuales. Hemos sido citados con Norman Foster (Reino Unido, 1935) en la sede de Foster+Partners en Madrid, la delegación de su estudio en la capital, que abrió a finales de la pasada década, cuando España recibía con los brazos abiertos a las grandes firmas de arquitectura y había dinero (o eso pensábamos) para construir a golpe de talonario: («¿Cómo ha afectado la crisis a la arquitectura y a su empresa, señor Foster?», le preguntamos. «La crisis le ha afectado a todo el mundo. Está claro, que a algunos más que a otros. Y como nos hemos visto muy influidos, tenemos que recordar que sus raíces son muy profundas. Pero si nos remontamos a la práctica de la arquitectura a mediados de los años sesenta, ha habido muchas más crisis entre medias. Nosotros tenemos la suerte de ser un estudio que está muy diversificado. Resulta muy útil estar presente en distintos países, que tu trabajo incluya desde el diseño hasta la arquitectura, pasando por las infraestructuras; y, aún así, te toca. Pero lo importante es que, aunque parezca lo contrario, a escala mundial, hay una escasez de arquitectos e ingenieros. Y España tiene una larga tradición de mucha calidad en ambos campos. Así que, aunque aquí, en Europa y en muchos otros lugares, la situación esté mal, la realidad es que hay partes enormes del globo en las que necesitan urgentemente a estos profesionales.

-¿Qué proyectos en España no se han paralizado?

-El único en el que seguimos volcados ahora mismo es el concurso del Real Madrid. Está en marcha, pero es solo eso, un concurso»). La oficina sigue trabajando, aunque ahora esté centrada en proyectos para el extranjero que se controlan desde nuestro país.

Y mientras le esperamos, reparamos en los planos y maquetas de algunos de ellos: la que será la sede de la firma Porcelanosa en Nueva York, frente al Flat Iron, y la bodega Château Margaux en Francia.
«Mi punto de partida para la exposición fue pensar el museo como una prolongación de mi hogar»

-¿Cuántos estudios tiene en la actualidad?

-Muchísimos. Me muevo por todo el mundo. Hoy estoy aquí, y me quedaré un tiempo trabajando con estos proyectos de Francia y de España en Nueva York desde esta oficina. Pero mañana estaré en Londres, y me ocuparé de cuestiones de allí. El miércoles, toca Berlín. Anteayer estaba en Nueva York. Dentro de dos semanas volveré a EE.UU. e iré a Filadelfia…

Sí. Pero siempre hay un lugar al que todos queremos volver.

A mí me mueve el diseño. Lo que no tiene nada que ver con la escala. Te podría decir que me pasé la misma cantidad de tiempo y me preocupé lo mismo trabajando en la pequeña bodega de Château Margaux –que es del tamaño de una casa grande– que con uno de los denominados «megaproyectos». Por eso el encanto no está en el lugar, sino en el trabajo. Y puede que yo tenga dos funciones como arquitecto: una es la equivalente a la de un decano de una facultad de arquitectura, es decir, trabajar con otros compañeros y analizar los proyectos. Pero, para proseguir con mi labor arquitectónica, también trabajo más en detalle en un número más reducido de encargos que me puedo permitir elegir.

Norman Foster. El hombre que se construyó a sí mismo (mucho se ha escrito de sus orígenes modestos). El «zurdo tozudo», como alguna vez le definió algún compañero. El autor de obras emblemáticas como la ampliación del aeropuerto de Pekín o el nuevo Reichstag en Berlín. Foster, el Lord que dejó de ser Sir. El coleccionista. El piloto. El Pritzker de Arquitectura (1999) y el Principe de Asturias de las Artes (2009). Conocemos su vida casi al dedillo gracias a las hemerotecas, su biografía autorizada compuesta por Deyan Sudjic y el documental «How much does your building weigh, Mr Foster?», de Norberto López Amado y Carlos Carcas.

El británico vuelve a ser noticia ahora que se cumplen veinte años de una de sus construcciones más aclamadas: el Carré d’Art, o museo de arte contemporáneo de Nimes (Francia). Sus responsables le han solicitado que comisaríe la muestra que celebra la efemérides. Así nace, «Moving. Norman Foster on Art». O la historia de cómo el arquitecto se transformó en «curator». Y viceversa…

Regresa a la «escena del crimen». ¿Cómo se enfrenta uno a un edificio propio veinte años después?

Creo que esto no tiene precedentes. No ha sucedido nunca en la Historia de un edificio que su arquitecto vuelva a él tantos años después y se le conceda este tipo de responsabilidad. Si han pasado dos décadas desde que se inaugurara, lo más probable es que hayan transcurrido 30 años desde que yo lo diseñara, porque el proyecto tardó mucho en realizarse por problemas de financiación. Y en 30 años, los sistemas de iluminación se han vuelto más sofisticados, como los de accesibilidad. Pero el edificio sigue siendo básicamente el mismo. He aprendido muchísimo, pero, en cierto modo, para mí ha sido un alivio ver que la construcción es muy permeable y flexible. Solo he hecho una «modificación» muy concreta, que ha sido introducir una pared para crear dos ambientes en un mismo espacio.

¿Cómo definiría usted la exposición?

Mi punto de partida fue pensar en la institución de arte como una extensión de mi propio hogar. Si así fuera, ¿qué tipo de obras elegiría? Estas tenían que conmoverme en el plano intelectual o emocional. Esa es una interpretación del «moving» del título. La segunda lectura es la de la dinámica, el movimiento físico. Fue Duchamp el que dijo que la cualidad que mejor definió el siglo XX fue el movimiento. Hay muchos tipos de arte que me emocionan y conmueven, pero solo contaba con un museo, así que tenía que cerrar aún más el círculo. Y lo hice hasta quedarme con la abstracción. Esta se asocia con el modernismo, pero realmente en la modernidad es un redescubrimiento, porque la tradición artística más antigua es abstracción pura, un fenómeno que se remonta 23.000 años atrás.

¿Ha interferido entonces la mirada del coleccionista en la del «curator»?

Si pienso en la forma que tenemos de convivir con las obras de arte, nos gustan las de los maestros de renombre, pero hay muchos artistas en el mundo que no son tan conocidos y que tienen muchísimo talento. Como arquitecto, viajo mucho, y siempre que voy a algún sitio, aprovecho para descubrir nuevos autores en los lugares más insospechados. He seleccionado a unos 57 artistas. Si leemos la lista completa reconoceremos muchos nombres (Henry Moore, Calder, Richard Serra o Richter). Pero por cada uno de ellos, puede que haya dos o tres que el gran público no conozca. Uno de los elegidos está fuera, en el vestíbulo de este estudio: Prudencio Irazábal. Me parece un creador fantástico. Y también está representado Juan Asensio.

¿Qué puede aportar un arquitecto a la labor de comisariado?

Quizás como arquitecto esté siempre pensando de manera inconsciente en la progresión del espacio, en cómo uno pasa de la luz a la oscuridad o de un espacio pequeño a uno grande. En su casa, uno normalmente mezcla a distintos artistas y no justifica lo que hace. Tampoco tengo ninguna pretensión. No soy crítico, ni académico, sino completamente intuitivo. Está claro que, como arquitecto, siempre que es posible, trato de integrar al edificio. Por ejemplo, en la Hearst Tower, en Nueva York, uno se eleva literalmente por encima de una pieza llamada «Ice Falls» [Cascadas de hielo, diseñada por James Carpenter], porque las escaleras mecánicas pasan por encima de ella. Richard Long también está allí representado. Y si uno va a otras partes del edificio, puede descubrir obras con pólvora realizadas por artistas chinos.

Ha sido siempre muy visionario y muy positivo con respecto a China. Curiosamente, en la exposición hay muy pocos artistas de este país.

Está Ai Weiwei, por ejemplo. También Yoon Hee Chang, pero este es japonés. ¡Necesito otra galería, otro edificio para continuar la exposición! Pero volviendo a la pregunta, creo que China nos está enseñando una actitud y una forma de pensar muy clara para las generaciones venideras, porque son muy directos en lo relativo a la infraestructura. La capacidad de tomar decisiones y de llevarlas a cabo no se debe al sistema político, sino, ¿cómo decirlo? Es una actitud mental. Es la misma actitud que teníamos en Europa en el siglo XIX. En cuanto a los artistas chinos, eso es algo muy interesante que podríamos tratar en otra entrevista.

Conocemos ahora al Norman Foster comisario; ya conocíamos al artista, que expuso en IvoryPress sus dibujos; conocíamos al coleccionista; incluso teníamos constancia del «actor», el reflejado en el documental «How much does your building weigh, Mr Foster?». ¿Se puede disociar la faceta de arquitecto de todas las demás?

La verdad es que no. Pero dentro de los límites del espacio expositivo, he tenido que separar algunas cosas. En mi mundo ideal introduciría el diseño en un sentido más amplio, aunque sí que doy algunas pistas. Por ejemplo, a través de un boccioni que se vincula a la tradición aerodinámica de los automóviles, las locomotoras y los aviones que me fascina… Todo eso queda más claro en el catálogo (producido por IvoryPress), y que nace de conversaciones junto al director del Carré d’Art, Jean-Marc Prévost.

Pero, ¿conocemos tan bien como pensamos al Norman Foster arquitecto?

Mediante procesos como este, que implican la toma de decisiones, y con el que espero que los espectadores conozcan mejor a los artistas, si de paso también descubren algo sobre Norman Foster que pueda contradecir algunas de las impre- siones que tenían sobre el arquitecto, esto ha de ser bienvenido. Yo no dejo de aprender. Y por esa razón no he dejado de hacer cambios en el planteamiento desde que lo comencé. Todo proceso comporta una serie de juicios de valor. Algunos de ellos son de gran calado intelectual.

Se le ha definido siempre como un arquitecto «high-tech». No sé si el ornamento es la excusa de los malos arquitectos; si el ornamento sería la excusa también de un mal comisario.

Me parece que, en cierto sentido, los arquitectos estiramos los límites existentes, no siempre a través de la tecnología, sino a veces también mediante intervenciones sociales. Si nos fijamos en el Carré d’Art, de alguna manera es un edificio radical, en el que la tecnología en realidad es muy directa. Así que, en mi opinión, la de high-tech es una etiqueta que puede llevar a muchas confusiones.

Ha pasado de construir edificios a construir ciudades, como la de Masdar, en Abu Dhabi. ¿Es una evolución lógica?

Todo forma parte de lo mismo. Al fin y al cabo, la infraestructura de una ciudad también se tiene que acondicionar. Si una plaza, por ejemplo, tiene que tener vegetación y lugares de asiento, lo más probable es que necesite de obras de arte público, así que todo está conectado y es una continuación de un mismo proceso. Podemos plantearnos las galerías de un museo como salas al aire libre, una especie de plaza pública, espacios que hay que poblar. Una ciudad no puede ser solo la suma de edificios: la gente tiene que poder sentarse, tiene que poder admirar las cosas; tiene que disfrutar de la luz. En mi labor como comisario ahora, por ejemplo, hay un diálogo entre la escultura y el espacio. Es un espacio interior, pero podría ser entendido como un ordenamiento en un espacio exterior.
«Todo lo que contradiga la idea que se tiene sobre Foster, el arquitecto, ha de ser bienvenido»
En una ocasión afirmó que no podemos saber cuáles serán las ciudades del futuro. ¿Cuáles y cómo son las del presente?

Como arquitecto, me interesan las oportunidades de diseño a distintas escalas: la de la ciudad, la del edificio, la de una mesa o la de un espacio. Y me parece que las economías emergentes tienen ahora en su mano la oportunidad de tomar decisiones inteligentes. Lo importante es si han aprendido de las economías establecidas; si han tomado nota de las experiencias tan dolorosas que hemos pasado en Occidente. Por ejemplo: hay ciudades enteras o partes de las mismas que están basadas en el automóvil y cuya existencia se está poniendo ahora mismo en duda. Son esas ciudades del norte de Europa…

¿Algún ejemplo en positivo?

Madrid es el ejemplo perfecto de una ciudad respetuosa con los peatones, compacta, con mucha densidad y con gran calidad de vida. Si la comparamos con urbes basada en el carbón como Los Ángeles, Houston o Dallas, fijándonos en la energía consumida y en la calidad de vida, ¿en qué modelo te puedes basar utilizando la tecnología actual? A cualquier arquitecto le interesan o le deben interesar cuestiones de ese tipo. A mí, desde luego, así es.

¿Un arquitecto tiene o debe tener ideología política?

Creo que emitir juicios de diseño sí que tiene una cierta dimensión ética, pero yo no soy un «animal político». Me parece que mi ventaja es que, como observador, puedo ver al mismo tiempo las atracciones que ejercen las políticas de un partido concreto y las que mueven las del partido contrario. Así que nunca he tenido una motivación política, pero está claro que la arquitectura está revestida de una dimensión de esta naturaleza, porque se basa en concepciones e ideas y existe dentro del ámbito público. Por tanto, tenemos que relacionarnos con el sector público. Pero ese tipo de labor política es bien distinta.

Hace un par de años Turner publicó en España su biografía. ¿Qué correcciones haría ahora a esa edición?

Lo más probable es que compartiera más mi experiencia personal sobre el hecho de padecer una enfermedad como el cáncer, porque puede que eso le resulte de utilidad a quienes se hayan visto en la misma situación. Cuando estuve gravemente enfermo, me ayudaron mucho personas como Lance Armstrong. Sus libros me dejaron una huella muy importante.

Hemos hablado de la selección de artistas. Usted está muy en contacto con ellos. ¿Nunca le ha dado por la creación plástica?

Estaría bien. Pero eso me lo tendré que plantear para otra vida.

¿Eso existe?

No hay tiempo para todo. Y ya es demasiado tarde. Me resigno a quedarme con lo que sé.

Siempre dice que no tiene intención de retirarse. ¿Qué le queda por hacer?

¡Al día le faltan horas! En serio: al día le faltan horas. Hay demasiadas cosas que hacer.

¿Nos queda por conocer alguna faceta, alguna sorpresa?

No sé. Ya se me ocurrirá algo…

La música, quizás. ¿Toca algún instrumento?

No. Ojalá supiera.

Por Javier Díaz-Guardiola en ABC.