19 noviembre, 2018

Museo del Prado: El Bicentenario de una nación de pintores

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La institución inaugura la celebración de su segundo centenario con la exposición «Museo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria», comisariada por Javier Portús

En todos los países existen museos, pero en España tenemos el Museo del Prado, que es algo más que una pinacoteca, es una vertebración artística de lo que somos y lo que hemos sido, algo así como un esqueleto pictórico de nuestro pasado. En sus colecciones están los reyes y gobernantes que en anteriores centurias han sujetado el timón de nuestro destino, pero también están los artistas que han contribuido a nuestro prestigio cultural a través de sus innovaciones, valentías y diferentes méritos y esfuerzos de su talento, como Velázquez, con «Las Meninas» o «Pablo de Valladolid», figura suspendida en el aire pero milagrosamente asentada en el suelo, lo que obsesionó a Manet; o Francisco de Goya, con su aportación al retrato, su libertad expresionista y esa lúcida dramaturgia que suponen «Las pinturas negras», por mencionar unicamente a dos creadores entre una extensa nómina.

Nuestro país, que, hasta tiempos recientes, ha adolecido de una deficiente educación y los males que acarrea una escasa difusión cultural, sin embargo, profesa una singular reverencia hacia este museo, que lo siente muy suyo, quizá debido a que en su interior hay bastante de nosotros, muchos cuadros con los que identificarnos, incluso con la obra que han aportado artistas extranjeros y que hemos asumido como parte de nuestra idiosincrasia y genética cultural, a nuestro carácter e imaginario común, como sucede con El Bosco y su bestiario fantástico o «El caballero con la mano en el pecho», de El Greco.

Hablar del Prado es hablar también de nuestro decurso histórico, y es justo lo que viene justamente a celebrar la primera exposición del Bicentenario de la institución, un espléndido repaso al nacimiento y recorrido del museo desde las colecciones reales hasta nuestros días. Comisariada por Javier Portús, la exposición ha supuesto, en palabras de él, «un sobreesfuerzo a las piezas» escogidas porque, por una vez, abandonan el ámbito de sus salas y el contexto en el que suelen estar para contar un relato totalmente diferente, el que comienza el 19 de noviembre del 1819, cuando abrió sus puertas y se decidía crear un museo con las Colecciones Reales, algo que ya estaba sucediendo en Francia. Una historia que también se imbrica con otra, la del descubrimiento de nuestro arte en el plano internacional. «El gran hallazgo entonces fue la pintura de Velázquez, pero también, posteriormente, comenzó a influir Goya y, a finales del siglo XIX, El Greco. Los tres están en el arte contemporáneo. Empezó con el deslumbramiento de la técnica y los recursos de Velázquez, pero muy pronto tomaron el relevo estos dos pintores. La demostración es que uno de los grandes exiliados, Picasso, que llevaba sin venir desde hacía dos décadas, recordó la influencia que tuvo del Prado y durante 1957 hizo 50 obras basadas en “Las Meninas”», comenta Portús.

Carácter nacional

El recorrido de la exposición, que también da cuenta de las diferentes leyes sobre patrimonio que han publicado mientras se desarrollaba El Prado como institución, hace referencia a los acontecimientos y jalones sustanciales que han marcado su evolución, como la integración del Museo de la Trinidad, que se creó en 1838 con los fondos procedentes de los conventos como consecuencia de la desamortización de Mendizábal. Treinta años después se incorporaría al Prado. La abundancia de obras de arte daría lugar a que naciera la política de depósitos en otros lugares de la geografía española, algo que continúa hoy en día, reforzando así su carácter nacional, y que está ejemplarizado con una obra magnífica «La magdalena penitente», de Pedro de Mena.

La revolución liberal, acaecida en 1868, que acabaría con el reinado de Isabel II, convertiría al Museo del Prado en nacional. La consecuencia directa sería la proyección exterior de los artistas que integraban sus galerías. Los pintores españoles sorprendían al mundo y la sala recoge algunos de los ejemplos más llamativos, como el careo entre un retrato de Felipe IV de Velázquez con otro, casi idéntico realizado por Picasso; la huella que dejó la luz y la manera de tratarla por Goya en Manet; o el eco de Ribera en Fortuny. El propio Portús expresó un lamento y admitió que no ha podido traer «Mujer en azul», de Picasso. Una obra que está basada en «La reina María Luisa con tontillo», de Goya, que a su vez, toma de partida «La reina doña Mariana de Austria», de Velázquez. Un retablo de obras que establecen una clara línea dinástica del arte que va desde la tradición hasta la modernidad. «Lo que explica por quél El Prado es especial respecto a otros museos del mundo es que parte de las Colecciones Reales. Un conjunto de obras de arte muy importantes reunidas por unos propietarios, pero que la configuran bajo sus gustos y preferencias personales. Esto significa que muchas piezas de habían juntado por ese motivo y no por otros propósitos», explica Javier Portús.

La exposición no regatea al público los momentos más duros, como la Guerra Civil española, que obligó a trasladar el conjunto al extranjero, a Ginebra, donde se exhibieron (el dinero obtenido por las entradas permitió adquirir «San Andrés y san Francisco», de El Greco). Uno de los aspectos que refleja el recorrido son las donaciones, que han permitido completar las coleccciones y ampliarlas. Un ejemplo de esta generosidad fue la duquesa de Villahermosa, que tenía cuatro Velázquez en su propiedad. Un americano le llegó a ofrecer un millón y medio de francos por uno de ellos, pero ella antepuso su obligación con el país, rompió el cheque y legó esos lienzos a la pinacoteca madrileña. En esta muestra están dos de ellas: «Doña Antonia de Ipeñarrieta» y «Don Diego del Corral». Javier Portús también quiso destacar la función del Prado como lugar de resistencia y crítica, sobre todo durante el franquismo, cuando varios artistas acudieron a él para atacar al régimen. Así lo hizo el Equipo Crónica en su versión de «El caballero con la mano en el pecho», de El Greco, o cuando Saura tomó la figura de Felipe II, ensalzada por Franco, y que él reinterpretó irónicamente.

Noticia original de La Razón