16 mayo, 2011

Mujer

Cabecera_Joya

Laura Pais Belín

Autor: Amelia Peláez del Casal.
Cronología: ca. 1941
Localización: Museo Nacional de Bellas Artes de la Habana.
Técnica: Témpera Sobre papel entelado
Hasta el 12 de Junio en la Fundación Caixa Galicia en A Coruña en la Exposición “Amelia Peláez, una mirada en retrospectiva”.

Joya_Imagen_ObraSe dice que hasta las primeras décadas del siglo XX las artes plásticas en Cuba vivían un profundo letargo. Habría que esperar a principios de  los años treinta para que se produjese la auténtica renovación y despertar del arte cubano. Ya que hasta ese momento el mundo artístico se movía alrededor de un arte oficial marcado por un fuerte academicismo.

Una transformación que llegaría con la irrupción en el panorama artístico de una generación de pintores y escultores que traen consigo inquietudes plásticas hasta entonces desconocidas.

En esos años la trayectoria de  la gran mayoría de de los artistas plásticos cubanos incluía viajes de formación a las capitales artísticas del mundo como París y Nueva York, donde aprovechaban para nutrirse de los nuevos aires y las nuevas técnicas que allí se desarrollaban pero siempre manteniendo sus propias raíces. Así las artes plásticas conseguían fortalecerse con una mezcla perfecta de fuerte nacionalismo y un cosmopolita carácter de asimilación de la modernidad.

Fueron décadas políticamente muy convulsas en las que los artistas tomarían diversas direcciones, algunos defenderían una pintura de fuerte carga social, otros seguirían la vertiente del afrocubanismo o criollismo. Pero también encontramos destacadas figuras solitarias e independientes como Amelia Peláez que escapando de estos esquemas muestran otras inquietudes, creando un arte personal y un vocabulario plástico que se alejaba por completo de todo tipo de reivindicación.

Amelia Peláez del Casal fue una de las grandes mujeres del arte latinoamericano en el pasado siglo, polifacética y universal no sólo destacó por sus dotes para la pintura sino también para el dibujo, la cerámica, el mural o la ilustración, y con el paso del tiempo  se le ha llegado a considerar una de las pioneras de la modernidad en Cuba.

Nació en 1896 en un pequeño pueblecito llamado Yaguajay en el seno de una familia de clase media – alta, era la quinta de once hermanos. Su padre era médico y su madre, mujer culta estaba relacionada con el mundo intelectual del momento. Lo que le facilitó una infancia y adolescencia feliz y próspera recibiendo la instrucción primaria de su madre, mientras que la joven Amelia dedicaba todo su tiempo libre a la pintura, casi siempre de paisaje. Desde niña poseía un carácter más bien introvertido lo que hizo que buscase en la expresión artística su mejor forma de comunicarse con los demás.

En el año 1915  tola familia se traslada a vivir a la Habana, al barrio de la Víbora, en una casona de estilo colonial, que con el tiempo se convertiría en la casa-taller de la artista.

Ese mismo año la madre la matricula en la Academia de San Alejandro, prestigiosa institución que tenía un siglo de vida y en la que la instrucción se caracterizaba por un severo clasicismo y la falta de modernidad. Destacó como alumna aventajada y en aquella época sus obras se caracterizaban por la realización de paisajes con una técnica impresionista pero dentro de una tendencia romántica.

Pero todo cambiará para Amelia en el año 1927 cuando se le otorga una beca para irse a estudiar a París. Era el gran sueño de todo pintor cubano, llegar a conocer y estudiar en Europa. París significó libertad para crear y poder acercarse de forma directa al mundo de la vanguardia artística y de esta forma encontrar lo que necesitaba para su transformación pictórica.

Llegaba con deseos de triunfar y de avanzar en su pintura y se encontró con un contexto increíblemente favorable  para ello.  Aprovechará todo su tiempo, se apuntó en varios cursos de dibujo y pintura en diferentes escuelas y visitaba asiduamente el Museo del Louvre donde estudiaba a los grandes maestros de la pintura.

Entró en contacto con la Escuela de París asumiendo con sentido crítico las influencias que tiene a su alrededor: el cubismo de Braque o Picasso, la técnica de Lèger, o el fauvismo de Matisse. Dentro de la variedad de propuestas y artistas que la rodean la artista busca todas las variantes que puedan nutrir su arte. El eclecticismo es entonces uno de los rasgos de su estilo, ella elige, adapta y mezcla todo lo que necesita, según sus intereses para lograr respuestas para su cambio estilístico.

De tal manera que podemos asegurar que la etapa parisina supuso para Amelia la apropiación de la modernidad pero con su propia personalidad.

Después de siete años en París decide regresar a Cuba en 1934, los años europeos son fundamentales en la obra de la artista cubana, pues en ellos aparecen los orígenes de su estética, que después definirá por completo.

Trae consigo toda su producción europea  y retorna a su tierra con una consolidada madurez creativa, organizando su taller en su casa de La Víbora, una casa en la que parecía que el tiempo se había parado y donde disfrutaba de un ambiente totalmente incontaminado, allí comenzó una de las etapas más prolíficas de su vida. De forma inteligente no se lanza a exponer y a crear de nuevo sino que prefiere ir madurando su estilo una vez instalada de nuevo en su hogar, porque lo que necesitaba era encontrar su sitio.

A su vocabulario y técnica vanguardista Amelia irá incorporando aquellos motivos que enriquecen su pintura y que sólo podría encontrar en Cuba como la luz y color propios del trópico. Pero no sólo son importantes estos elementos sino que su pintura se llena de nuevos contenidos a su contacto con la tierra natal.

Ya que al mismo tiempo que la artista pinta sus inconfundibles  “bodegones criollos” con elementos típicos de su tierra, como frutas y flores, comienza a incorporar  una serie de formas tomadas de las artes decorativas y del ambiente blanco criollo de origen hispano del siglo XIX, elementos como los diseños de los pisos, las vidrieras de colores, las tallas de madera de muebles y mamparas, las rejas de hierro, las balaustradas, los bellos artesonados, los biombos, el mimbre… todo engarzado a través de su gruesa línea negra tan característica de su obra. Y todo invadido por la luz y el color, de los cálidos ambientes que adromecen en las casonas coloniales cubanas, a través de todo ello va conformando la realidad de su mundo pictórico. Logrando traducir progresivamente en su pintura aquellos elementos del pasado a un lenguaje plástico moderno.

De una forma muy personal su pintura adquiere poco a poco fuertes connotaciones locales, reivindicando en términos contemporáneos tradiciones del pasado criollo que podrían encontrarse en vías de desaparición bajo el empuje del progreso.

Junto con los bodegones tan característicos de su trayectoria plástica, el otro gran tema de su obra serán las diversas representaciones de la figura de la mujer.

El retrato de mujer de forma exclusiva, no había estado presente en sus trabajos en su etapa académica, pero la producción europea está llena de figuras femeninas, algunas con curiosa intención retratística. La figura femenina se incorpora a su repertorio y a sus investigaciones plásticas más radicales, convirtiéndolas en seres aislados, etéreos y silenciosos, envueltas en un aire de misterio que en su momento había seducido a la crítica francesa.

Será en la década de los años cuarenta cuando retome de forma muy personal la representación de la figura femenina, prueba de ello es la obra “Mujer” creada cerca del año 1941. Y que nos muestra todas las características de una Amelia madura y con estilo propio.

En esta obra hay un dominio extraordinario de la composición y de la línea dominada también por el color y el ornamento. Una línea negra que sirve para estructurar la obra pero también para decorar y que llega a convertir a la mujer en un elemento decorativo más dentro de la escena, envuelta por los enrejados y todos los elementos de adorno típicos de la arquitectura colonial. Que podemos ver perfectamente representados en el entramado ornamental de la parte inferior y superior de la composición.

Lo que quiere mostrar la artista es el poder llegar a reinterpretar y sintetizar los elementos de un pasado glorioso, rescatándolos con un vocabulario rompedor para la época.

La figura esta creada como si se tratase de una vidriera a partir de brillantes planos de color diferenciados, gama de blancos para dar luz a la obra y gama de azules característicos de su paleta de colores, unidos todos ellos entre si por la gruesa línea negra.

Una mujer que a lo largo de su trayectoria se ha ido simplificando, ya que Amelia la ha sometido a un auténtico proceso de metamorfosis, que va desde la despersonalización de la imagen hasta su esquematización. Y de esta manera en esta obra nos encontramos una mujer sintetizada en sus formas, creada a partir de planos geométricos de perfil, sin boca, pero con un ojo muy resaltado.

Utiliza la figura humana sólo como objeto en sus posibilidades formales. Alejándose por completo de la preocupación del ser humano y su destino, como ya había hecho Picasso. Pero quizá una figura dentro de un espacio interior totalmente atrapada por la decoración podría evocar la falta de libertad de la mujer.

Obras como ésta se han convertido en piezas emblemáticas dentro de su trayectoria, piezas que sobresalen por su fuerte intimismo y su fuerza personal y única.  Siendo un claro ejemplo del gran lirismo que caracterizó la plástica de la artista cubana.

Amelia Peláez muere en el año 1968, llega al final de su vida creando aunque casi no puede sostener los pinceles en sus manos, su mente seguía elaborando un poderoso universo imaginario. Su obra y su cubanía se caracterizaron por estar cerca de su mundo interior y de la vanguardia, manteniéndose lejos de la representación de todo folclorismo. Con una evolución continua y sin sobresaltos configuró un estilo pictórico propio que partiendo de la modernidad y volviendo a sus raíces fue capaz de crear un arte internacionalmente válido y nacionalmente representativo. Gracias a la mezcla perfecta de lo antiguo y lo moderno, lo universal y lo cubano.