30 agosto, 2010

Luis Meléndez: Ostras, ajos, huevos, perol y jarra

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Laura Pais Belín



Localización: Museo del Prado.
Autos:
Luis Meléndez.
Cronología:
1772
Técnica:
Óleo sobre lienzo.

imagen_joya_11El género del Bodegón también conocido como Naturaleza Muerta ha tenido un gran desarrollo en la pintura española a partir del siglo XVI.  Fue en esta época cuando los bodegones se constituyeron en un género independiente, liberados por completo del papel secundario como acompañamiento de retratos, escenas religiosas o históricas. En este momento nació una  nueva obra de arte en la que se  representa objetos inanimados, generalmente objetos cotidianos que pueden ser naturales o hechos por el hombre en un espacio artificial determinado. Este género de  pintura se caracteriza por un exquisito arreglo, una composición equilibrada y estudiada junto con una iluminación fina y un perfecto colorido que buscan  producir un efecto de serenidad, bienestar y armonía.

Además de ofrecer una rica información sobre los alimentos consumidos en cada época y los utensilios utilizados para su preparación o consumo, muchas de esas representaciones de bodegones también contienen una importante carga simbólica, debido a las alegorías que encarnan y a los mensajes que difunden, que van desde el espíritu religioso hasta la expresión material de la prosperidad.

Pero como en cualquier género de pintura las modas y gustos cambian y cada etapa tiene un contexto diferente que siempre influye al mundo del arte. Llegando a afirmar que la naturaleza muerta tuvo un desarrollo desigual a lo largo de los siglos.
Prueba de ello es lo que sucede en el siglo XVIII que frente a la crisis de la primera mitad del siglo, en la segunda se producirá una recuperación del género. Este siglo se caracterizó en sus inicios por ser una etapa de cambios. Puesto que evidentemente la llegada de la nueva dinastía de los Borbones, a comienzos de la centuria, ocasionó importantes transformaciones, que no fueron ni repentinas ni de igual intensidad. El estilo barroco continuó floreciendo en la corte madrileña, pero la aparición de artistas franceses e italianos ayudó a modernizarlo.
En lo que concierne a Madrid y a su corte, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, inaugurada en 1752, constituyó un organismo relevante para la vida artística. Estimuló numerosas actividades culturales que se vieron reforzadas por el establecimiento de otras academias en provincias. Madrid se convirtió en el mejor lugar para los estudios de naturalezas muertas en la segunda mitad del siglo XVIII gracias a la Academia y al núcleo de grandes pintores que rodeaba la corte.

Las connotaciones religiosas y alegóricas del bodegón o el mensaje moralista de la vanitas tan características del siglo XVII, se abandonaron y las pinturas de mesa de cocina evolucionaron, mostrando comidas cotidianas, hasta ser estudiadas representaciones de variado color y forma, creadas a partir de composiciones perfectamente analizadas. Como gran representante de este tipo de pintura encontramos el ejemplo visible en la obra de Luis Meléndez.

Técnicamente perfecto, la magia de Meléndez se basaba  en que utilizaba siempre una luz calculada, destinada a diferenciar las calidades y los volúmenes. Dotó a su obra de un riguroso sentido compositivo, tendiendo hacia la monumentalidad formal y al detalle preciso. Estos rasgos tan personales crean un efecto de cierto hiperrealismo, y se podría decir que sus obras evocan el tradicional bodegón del siglo XVII pero con un claro espíritu profano.
Aunque nacido en Nápoles, la mayoría de su producción se desarrolló en Madrid. Su figura está íntimamente relacionada con Nápoles no sólo por ser esta ciudad su lugar de nacimiento sino  por las influencias que recibió en su formación como pintor de naturalezas muertas. Discípulo de Van Loo, se le llegó a considerar el Chardin español por sus dotes como gran bodegonista. Pero de forma repentina todo cambiaría para el artista.
Podríamos decir que en menos de treinta años, Meléndez pasó de ser una gran promesa surgida de una familia de pintores miniaturistas a caer en desgracia en una corte española llena de intrigas. En su momento 1745 fue considerado el artista más dotado de la Real Academia Española pero Meléndez sería expulsado de ella en el año 1748 como consecuencia de una discusión pública entre su padre que, también era pintor, y la institución de la Real Academia. Después de esto se iría a Italia y a su regreso a España trabajó inicialmente como miniaturista, ya que después de su expulsión se le impidió recibir encargos de altares o grandes cuadros con escenas. En este contexto su verdadero papel lo desarrolló en la naturaleza muerta, en la que intentó buscar el reconocimiento merecido, convirtiéndose en uno de los más destacados pintores de bodegón de la historia del género.

De fama orgullosa y rebelde, deseó toda su vida ser pintor de cámara oficial, pero su arte pasó a la posteridad tan sólo gracias a una serie de 44 naturalezas muertas pintadas por encargo del entonces príncipe Carlos y su esposa, María Luisa de Parma, a finales del siglo XVIII para el Real Sitio de Aranjuez. Fue un encargo recibido en 1771, un momento en el que el artista ya parecía resignado a pintar miniaturas como sus hermanos, en este encargo se le pedía que tratase de retratar los frutos y hortalizas españolas a lo largo de las cuatro estaciones del año. Durante tres años se dedicaría a pintar esta serie de bodegones pero en el año 1774 de forma repentina el encargó se canceló por causas desconocidas, y aunque el artista siguió pintando nunca volvería a recuperarse de su fracaso muriendo poco tiempo después.

El bodegón “Ostras, ajos, huevos, perol y jarra” pertenece a una etapa bastante avanzada en la producción del pintor, ya que se puede apreciar una simplificación en la composición, tal depuración en la forma lo diferencian de cuadros de su etapa anterior. Y por cronología y composición podría pertenecer al real encargo de 1771.

Con una originalidad increíble, la maestría compositiva del artista muestra en primer término, e incluso enlazando hacia al segundo, varias ostras, elemento relativamente infrecuente en los cuadros que pintó Meléndez y bastante atípico en los bodegones de la época; junto a ellas unos dientes de ajo y un plato de loza decorada, probablemente talaverana, completan el primer plano del cuadro. Detrás, y destacando con poderoso volumen, un enorme perol de cobre, que intenta ser el protagonista  del lienzo y al fondo, una jarra, casi con toda seguridad también talaverana, se cubre, según es habitual en los cuadros del artista, con un fragmento de loza que se apoya en el borde y encima de un mango de madera que flota sobre el líquido que contiene y sobresaliendo delicadamente. Consiguiendo de forma armoniosa que la mesa de cocina casi desaparezca bajo la acumulación de objetos.

Recurre a efectos de luz que se habían aplicado durante el naturalismo del siglo XVII: fondo oscuro, indefinido, objetos dispuestos en friso en primer plano, iluminación frontal muy fuerte y de origen artificial.
El punto de vista, muy cercano y bajo era una de sus características más apreciables como si hubiese pintado el bodegón sentado con los objetos dispuestos a la altura de sus ojos, con lo que consigue acercar los objetos al espectador y hacer parecerlos mucho más cercanos y reales.
Los colores se reducen al negro, blanco y una serie de tonos terrosos pero tratados con tal maestría  que junto con la luz que cae del ángulo superior izquierdo consigue mostrarnos claramente todas las formas y texturas que conforman  la composición.

Mezcla una gran cantidad de elementos, a través de los cuales puede apreciarse el dominio del autor en representar una amplia variedad de texturas diferentes porque era un maestro para conseguir mostrar las calidades de las cosas como podemos ver aquí en el diferente tratamiento de las ostras, huevos o los utensilios de diferentes materiales.

Se advierte que es una obra de etapa madura en la que se aprecia un estilo muy acabado y se nos presenta a un artista que domina todos los recursos de la técnica, el conocimiento de la gradación de las tonalidades y el dibujo magistralmente adecuado, todo puesto al servicio de unas increíbles dotes de observación para la captación de los menores detalles. Tal éxito tuvo esta composición que fue repetida por el artista con ligeras variantes en otros cuadros pertenecientes al coleccionismo privado, que se consideran réplicas de éste.

Meléndez fue capaz de crear un estilo muy personal dentro de una situación artística adversa. Gracias a su fuerza expresiva y técnica, recrea la realidad cotidiana con un dibujo regio y una valoración del volumen y una luz impecable. Creando con gran sobriedad y solidez composiciones con un realismo perfeccionista alcanza hasta los más mínimos detalles. Pero a Luis Meléndez se le podría considerar uno de los genios malditos de la Historia del Arte porque pese a sus grandes dotes para las artes y su gran maestría para el género del bodegón, su reconocimiento llegaría demasiado tarde, después de su fallecimiento. Puesto que moriría en la absoluta pobreza y sin ver su sueño cumplido el de ser un gran pintor de cámara.