1 septiembre, 2015

Los cuatro Stradivarius que pararon la guerra por una noche

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Quienes han tocado un Stradivarius dicen que, aunque cambien de manos, conservan el sonido de los maestros que los hicieron vibrar antes. Los hay que, después de tres siglos de vida, guardan historias increíbles, que desvelan al intérprete cuando lo apoya sobre su hombro izquierdo y acerca su oído a la barbada. Entonces el instrumento, con la claridad de las primeras sílabas de la partitura ya en el aire, le cuenta que hubo una noche en los tiempos en que España se descuartizaba que paró la guerra.

Hoy está a salvo en Palacio Real, en una de las salas que visitan algo más de un millón de personas al año. No está solo en esos expositores que lo exhiben inerte. El mejor artesano de violines de la historia obsequió a Felipe V con una familia de cuatro voces únicas: dos violines (uno grande y uno chico), una viola y un violonchelo. No existe en el mundo un conjunto igual, creado para sonar como uno.

El programa contó con piezas de Rolla, Pleyel, Viotti, Flocco, Bach y Schubert

Su voz melancólica continúa el relato lejos de estas vitrinas que le protegen y le hacen inmortal por un tiempo, que le salvan y le maldicen, porque si un instrumento no se toca se oxida, pierde tensión y se atrofia. Recuerda aquel 22 de septiembre de 1938, cuando el “cuarteto real” construido por Antonio Stradivari (1644-1737), entre 1697 y 1709, sale a las calles de Madrid en guerra: “Por primera vez se utilizarán los Stradivarius del Palacio Nacional en un concierto radiado”, titular en el diario La Libertad.

El breve de la página abarrotada avisa: “Para hoy jueves, la Delegación de Propaganda y Prensa ha organizado un concierto de música de cámara, que se ejecutará en el estudio de la Delegación a las once y media de la noche, con los instrumentos Stradivarius propiedad del Patrimonio de la República, primera vez que se oirán fuera del recinto del palacio Nacional los prodigiosos sonidos de estas joyas artísticas”.

Bombas y hambre

Las palomas y los gatos han desaparecido de los jardines de Madrid hace mucho tiempo. Dos años de guerra y las tortillas se hacen sin huevos y la merluza sin pescado. Es una ciudad atormentada y hambrienta, sin pan ni azúcar. Desde la Casa de Campo, el bando sublevado destroza el centro. Lo único que crece en esta maldita urbe, en septiembre de 1938, son los piojos. Las bombas no paran, las canciones tampoco: “Si me quieres escribir,/ ya sabes mi paradero./ En el frente de Madrid,/ primera línea de fuego”.

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La misma jornada en que sonaron los Stradivarius y pararon la guerra por una noche, los periódicos informan de la muerte de un “heroico deportista”: Aráter. El defensa del Español de Barcelona y del Atlético madrileño muere soldado republicano en el cruel frente del Ebro, por la metralla de un mortero.

Ese día Hitler coloca 25 divisiones en la frontera checoslovaca. “En Alemania se vive como si ya se estuviese en guerra”, dice el ABC, aunque el conflicto comienzo un año más tarde. Winston Churchill vuela hasta París, antes de subir al avión: “Los gobiernos británico y francés debían elegir entre la guerra y la deshonra. Han elegido la deshonra y tendrán la guerra”.

Una familia en peligro

Madrid no era un lugar seguro para nadie, tampoco para una familia de Stradivarius que llega a la calle Duque de Medinaceli 2, sede entonces de la Delegación de Propaganda y Prensa y junto al actual CSIC. Desde allí un sexteto de Unión Radio (el origen de la SER) interpretará para que todo el país se olvide el horror por unos minutos.

Para entonces “la familia” lleva un año fuera de su hogar, alojada en depósito temporal en el Museo del Prado. Abandonaron Palacio con urgencia, buscando refugio en un lugar más seguro del que, paradójicamente, el Gobierno de la República ha decidido evacuar las obras más valiosas para que lo acompañen en su huida por el Levante. Salen cuadros -entre ellos los cuatro que no han vuelto a Patrimonio Nacional-, entran los fondos de la armería y la biblioteca de Palacio, que durante un año cruzan en camiones de un lado a otro de la ciudad.

Abandonaron Palacio con urgencia, buscando refugio en un lugar más seguro y los mandaron al Museo del Prado durante más de un año

Sables, escopetas, tiendas de campaña, 33 bultos “y unas cajas cerradas”. Dos caballos disecados y 26 monturas. Unas horas más tarde a la llegada de los Stradivarius entra otro camión con cinco caballos más. Al día siguiente: cuatro armaduras, 60 monturas, 23 medias armaduras, 19 “escopetas largas”, 56 lanzas, un caballo y un perro.

El trasiego no se detiene y por la tarde colocan en las salas del museo deshabitado 50 monturas y 51 armaduras. 400 paquetes y una máquina de escribir Smith Premiere n.º 10 “con su mesa”. Una delicia. Durante los siguientes días llegan escudos, ballestas, arcos, cañones, dos caballos rotos por la metralla, frascos de pólvora, tambores y dos colmillos de elefante…

Alegría contra las sombras

“Necesitando los instrumentos Stradivarius para un concierto que en breve se celebrará en Madrid, agradecemos se sirvan a autorizar la salida de los mismos al funcionario José García Marcellan”, se explica en la orden de salida una semana antes del concierto, con autorización del Consejo de Administración del Patrimonio de la República. Las delicadas piezas debían devolverse inmediatamente, pero el “recibí” es de dos semanas después de la actuación.

La emisión está a punto de comenzar. España atiende a un concierto de cámara en la radio. Enrique Iniesta agarra el violín y descubre la firma en tinta china del luthier de Cremona en el fondo. Se sorprende acariciando las decoraciones negras de grifos, dragones y cupidos. De los casi setecientos violines que creó, sólo decoró con marfil once, cuatro de ellos ya tocan la primera pieza de la noche. Julio Francés (violín), Pedro Meroño (violín y viola), Juan Ruiz Casaux (violonchelo) y Andrés Moro (piano) acompañan a Iniesta.

Trío concertado número uno para violín, viola y violoncelo de Alessandro Rolla, profesor del gran Paganini. Alegre, florido, melódico, extremadamente virtuoso, rápidas escalas ascendentes y descendentes, staccato volante y pizzicato de mano izquierda. Hay diccionarios de músicos que aseguran que a Rolla le fue prohibido tocar en público porque las mujeres no podían escucharle sin desmayarse o sufrir ataques de nervios. Luego darán vida a las partituras elegidas de Ignacio Pleyel, Viotti, Flocco, Bach y Schubert.

La vida no es más que una sombra en marcha, dice Macbeth, pero aquella noche fue menos oscura.

Por Peio H. Riaño en El Confidencial.