21 junio, 2010

Le peintre et son modéle

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Laura Pais Belín

Localización: Fundación Caixa Galicia.
Autor: Pablo Ruiz Picasso.
Cronología: 1963.
Técnica: Óleo sobre lienzo.

Joya_PicassoGenio creador e inventor prolífero, Picasso no sólo revolucionó el panorama artístico de su época, sino que su arte y su forma de vivir se confunden para crear un mundo que cambió por completo los planteamientos estéticos de la historia del arte. Situado en la cima de la pintura universal por su capacidad de creación e  invención, nos dejó acercarnos  a través de su particular mirada a una forma de entender y ver la realidad artística.

Admirado por muchos y debatido por otros, el artista malagueño nunca pasó indiferente. Quizá no llegó a tener un discípulo personal pero, sin querer, configuró una escuela, influyendo de forma incomparable en el arte de nuestro siglo.

Pablo Ruiz Picasso, que una vez consagrado como pintor firmaría sólo con el apellido materno, se convirtió es uno de los grandes maestros del siglo XX, siendo considerado una de las figuras más influyentes del arte moderno. Porque con él, el panorama artístico se renovó, ya que con todas sus investigaciones creativas el concepto de belleza y arte cambiarían radicalmente, consiguiendo  un  replanteamiento de la obra en lo que se refiere a las formas, la luz, la perspectiva, el movimiento, el volumen, el espacio o el color.

Comprometido con las más relevantes causas de su época e investigador eterno de nuevos caminos en los que despliega toda su creatividad, Picasso sintió que la pintura, para ser sincera y genuina, debía ser fiel a sí misma, una distribución de líneas, colores y texturas sobre un fondo plano. El artista buscaba representar el mundo con un lenguaje nuevo y no depender de un discurso artístico fijado de antemano. Y a partir de este punto fue desarrollando toda su trayectoria artística.

Con la obra “El pintor y su modelo”  estamos inmersos en la etapa final del genio, del artista y del hombre. Una etapa en la que coincidían su labor escultórica, su reinterpretación de los clásicos y su gran trabajo como grabador. Pero también es la época tranquila de retiro del artista, en la que disfruta con el simple arte de crear dejando atrás la experimentación técnica.

Coincidiendo todo ello con un nuevo cambio de domicilio: a finales de la década de los años 50, compró el Castillo de Vauvenargues, cerca de Aix-en-Provence, un edificio del siglo XIV con vistas al Mont Sainte-Victoire, la montaña de Cézanne, que también había vivido en Aix. Así, los alrededores de este lugar le recordaban al artista que tanto había admirado y al que se había acercado.

Tendremos que cambiar de escenario para entender la obra. París había sido para el genio su refugio durante mucho tiempo, pero los últimos años de su vida los pasó en el Sur de Francia, trabajando en un estilo muy personal, con vivos colores y formas diferentes, en una etapa de extraordinaria creatividad. Y en este momento fue donde Jacqueline Roque se convirtió en parte de su universo.

Con sus curvas voluptuosas y su pelo negro, la mujer retratada en este lienzo seguramente es Jacqueline, la última compañera del genio malagueño que, aunque se dice que nunca posó para él, está presente en todos los cuadros de esa época y representa el objeto de deseo del artista.

Esta obra pertenece a la última serie de su carrera, “El pintor y su modelo”, a la que le dedicará los últimos  doce años de su vida, una época que se desarrolla  entre 1961, fecha del matrimonio de Picasso con Jacqueline, y su muerte en 1973.

Jacqueline entró en la vida de Picasso en 1952 y en 1954 era ya la gran musa de su amplia producción tardía. Desde esta época y el año que se casarón ya aparece en apuntes y pinturas,  y a partir de este momento se convirtió en su inspiración hasta el final de su vida. Se dice que el artista, durante estos últimos 20 años, creó más de 400 retratos de ella. Incluso se comenta que sólo en 1963, fecha en la que se creó esta obra, llegaría a pintar su retrato 160 veces.

Se conocieron  cuando él hacía cerámica en la alfarería Madoura de Vallauris, ya que ella era prima de la propietaria. Comenzaron una intensa relación y se casaron el 2 de marzo de 1961. La imagen de Jackeline comenzó a aparecer en las pinturas de Picasso ya desde el principio de su relación, su perfil, sus facciones, sus rasgos, sus poses. Unos retratos que se caracterizaban por  sus negros ojos y cejas, pómulos altos, largo cuello y la cara felina exagerada; quizá distorsiones de las características de  la propia Jacqueline pero, claro, con Picasso no podía ser de otra forma: era su particular visión de ella.

El rostro de Jacqueline se repitió sistemáticamente en sus creaciones. Sobre el lienzo, el papel, las planchas de linóleo o el cobre, aparece siempre individualizada, observada por la penetrante mirada del artista. En ocasiones delicadamente realista y, en otras, esquematizada hasta el extremo, porque la imagen que Picasso muestra de su segunda esposa está llena de matices, pero siempre sus retratos destacan por su serenidad, la ausencia de agresividad y violencia.

El artista distorsionaba la realidad y a veces la deformaba creando su propio mundo, podría pintar y dibujar de forma realista o academicista, pero raramente solía hacerlo. 

Es el caso de este lienzo, compositiva y pictóricamente quizá menos acabado, no está tan trabajado pero, a cambio, nos regala una visión mucho más arriesgada, libre, acorde con el espíritu de un artista cuya carrera siempre fue una apuesta por la innovación y la modernidad.

Porque en esta época ya quedaba lejos el momento de experimentación de sus inicios, del desarrollo del cubismo o de las ambiciones vanguardistas. Tiene un  pleno control de sus medios pictóricos, haciendo lo que quiere con colores y formas: una obra llena de frescura, de brillantez y soltura en la ejecución que demuestra la fuerza intacta de una imaginación ilimitada.

En un homenaje al acto de pintar, quizá descuidó intencionadamente la técnica. Ahora es un artista tranquilo que disfruta con el mero hecho de pintar. La composición está creada a través de trazos contundentes y manchas de color que se desparraman en el lienzo con rapidez y entremezclando verdes, amarillos o rojos; una flexibilidad en el trazo acompañada de total libertad y arbitrariedad en el uso del color; un cromatismo alegre y vitalista que envuelve con una factura libre toda la obra.

El tema de esta obra tiene gran tradición en la historia del arte  y para Picasso se convirtió en una constante preocupación a lo largo de su vida, llegando a declarar “Si no hay modelo no hay pintor”.

Renovador incansable, si pudiésemos utilizar  una sola palabra para definir su trayectoria, esa sería “libertad”, ya que Picasso inventor e innovador, volvía a sus inicios, recuperaba sus pasiones o variaba sus conquistas dentro de su peculiar visión.

Es el artista de la libertad por encima de todo. Una libertad que no se detiene por nada, ni por los prejuicios, ni por la tradición porque  Picasso crea en su obra su mundo propio y a él nos invita en cada etapa, para comprender no sólo al artista sino también al hombre que nos hizo vibrar en cada una de sus creaciones y que mostró como nadie el arte de vanguardia que le tocó vivir.

Polifacético, revolucionario y  descubridor de estilos falleció en Mouguins en 1973, cuando estaba trabajando en dos exposiciones, demostrando su capacidad creativa ya que su legendaria vitalidad no le abandonará hasta el final de sus días. En el Castillo Vauvenargues reposa al lado de Jacqueline, su última musa.