4 julio, 2018

Las rencillas entre dos bandos de monjas cierran un convento en Lugo

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El último grupo que permanecía en el monasterio de clausura de Valdeflores lo abandonó tras denunciar la desaparición de dos valiosos cantorales

La comunidad dominica del monasterio de Valdeflores (en Viveiro, Lugo) se hizo añicos en 2015. El remanso de paz que parecían custodiar los muros del convento, fundado en el siglo XV, era en realidad un hervidero de rencillas. Entre oración, estudio y elaboración de dulces, una decena escasa de monjas, divididas en dos bandos, alimentaba diariamente sus diferencias. Los desencuentros provocaron que, ese mismo año, las tres integrantes de una de las facciones se marcharan a la casa fundadora, en Francia. Quedaron otras seis. El regreso imprevisto, el año pasado, de una de las disidentes reabrió las heridas. La retornada permaneció un par de meses y volvió a marcharse en enero. Además, en mayo, la priora denunció la desaparición de dos cantorales del siglo XIV. Mientras la policía investiga este suceso, el grupo que quedaba en Valdeflores ha emprendido su propio éxodo: se ha ido al convento de Cangas de Narcea, en Asturias. En el monasterio lucense, un bien de interés cultural (BIC) y monumento histórico, reina, ahora sí, una paz sepulcral. El ruido sigue fuera.

La semana pasada la superiora del convento de las dominicas predicadoras de Nuestra Señora de Valdeflores echó la llave, acudió a la diócesis de Mondoñedo-Ferrol a entregarla y anunció que se iba a Asturias junto a las cinco últimas residentes que quedaban. Un traslado, sostienen fuentes de esta diócesis, obligado por la avanzada edad de las monjas (de entre 85 y 90 años) y ante la imposibilidad “de encontrar nuevas hermanas más jóvenes que revitalicen la vida comunitaria”.

La partida de este último grupo de religiosas que habitaba el convento, usado ininterrumpidamente desde el siglo XIV como “referencia de fe y santuario mariano”, se produjo apenas unas semanas después de que la misma priora denunciase la desaparición de los valiosos cantorales: dos piezas, de las 10 que se guardaban en la biblioteca, de unos 15 kilos de peso y 45 centímetros de altura cada una, dedicadas a la música coral y a la de difuntos.

La superiora “no acusó a nadie”, repite a este diario un portavoz oficial de la diócesis que insiste en descartar cualquier paralelismo entre la desaparición de los manuscritos y las rencillas entre las monjas. No obstante, la investigación policial descarta por el momento el robo.

El obispado puntualiza que, contrariamente a lo que se ha apuntado, los enfrentamientos entre los dos bandos no se debían a una cuestión generacional: en el de Valdeflores, como en la práctica totalidad de los conventos españoles, el envejecimiento de la comunidad es la tónica. Si las que ahora abandonan son ancianas, las tres disidentes no son unas niñas: la más joven está en la cincuentena, una tiene 65 y la otra, 80 años.

Si se excluyen las diferencias de edad, nadie se atreve a poner nombre al motivo de un enfrentamiento que traspasó los sólidos muros del convento. Unas rencillas entre una decena de mujeres religiosas entregadas al estudio, a la elaboración de almendrados, suspiros, cordiales y amarguillos, y a la espiritualidad.

Y nadie se explica tampoco la desaparición de los cantorales denunciada por la priora ante la policía asegurando, al mismo tiempo, que habían encontrado la zona de las habitaciones revuelta, que habían echado en falta algunas monedas y descubierto una escalera de mano apoyada en el muro, hechos todos estos que los investigadores no han podido confirmar.

El juzgado de Viveiro, que ha abierto diligencias, ha comenzado a citar a declarar a algunas personas que en los últimos meses han podido estar en contacto con los manuscritos. Y fuentes de la investigación aseguran a este diario que, a falta de algunas declaraciones, la desaparición de los cantorales “no es lo que parece”, como tampoco lo era el sosiego intramuros que se daba por hecho. “Con todas las cautelas”, sostienen estas fuentes, la investigación indica de momento que, en Valdeflores, “ni robo ni nada”.

Por Cristina Huete para El País
Foto Oscar Corral