1 septiembre, 2014

La pasión andaluza de Charles Garnier

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Las obras de la Ópera de París, el gran proyecto de su vida, avanzaban con lentitud. Se habían iniciado en 1862, pero los problemas no cesaban pese al firme apoyo del emperador Napoleón III y su esposa, la granadina Eugenia de Montijo. Así que Charles Garnier decidió irse de vacaciones y retomar su vieja afición por los viajes. ¿Pero dónde ir? El arquitecto ya conocía Italia, Grecia y Turquía, país éste que había recorrido en compañía del literato Téophile Gautier. España había mejorado sensiblemente en los últimos años su red ferroviaria, reunía los elementos orientalizantes que tan de moda estaban en el París de la época, e incluso ofrecía la posibilidad de dar el salto a Tánger. Estaba decidido. España sería su destino.

Charles Garnier (París, 1825-1898) partió de la capital francesa el 3 de mayo de 1868. Le acompañaban su esposa, Luoise, y dos grandes amigos y colaboradores, el también arquitecto Ambroise Baudry y el pintor Gustave Boulanger, que posiblemente trabajara ya en los bocetos del Salón de la Danza de la Ópera en obras.

Entraron en España por Hendaya, y, antes de llegar a Andalucía, visitaron San Sebastián, Vitoria, Burgos, Madrid, El Escorial y Toledo. De todo ello iba dejando constancia en un cuaderno de viajes, trufado de comentarios en verso en los que destilaba sarcasmo, y de dibujos de todo aquello que le impresionaba: paisajes, monumentos, costumbres y personas. La editorial Nerea ha editado ahora ese cuaderno en un doble volumen, que recoge un ejemplar facsímil y un segundo tomo con la traducción, realizada por Véronique Gerard-Powell, y un estudio preliminar de Fernando Marías.

Su primera escala en Andalucía fue Córdoba, que le dejó asombrado. Escribiría en su cuaderno: “¡Qué ciudad incomparable! / La mezquita es admirable, / con naranjos cultivados, / palmeras, también granados, / la cúpula gigantesca / y esa gran nave arabesca, / y por doquiera color; / todo nos causa estupor”. Hace varios dibujos de la mezquita, entre los que destaca uno muy trabajado del patio de los naranjos y la torre. Así describe el edificio: “Y el gran campo de pilares / de este templo mahometano / rodea los santos altares del otro templo, el cristiano. / Misterioso patrimonio / de efectos siempre cambiantes, / con ángeles y demonios, / pequeños o bien gigantes”.

Desde allí, el grupo se dirige en tren hacia Sevilla, con paradas en Lora del Río y Carmona, donde dibuja la la ermita de San Mateo y otra iglesia que podría ser la de San Pedro, aunque sin la torre. Llegaron a la capital a las tres de la tarde de un caluroso jueves (probablemente, el 14 de mayo), cansados e indispuestos. Su primer paseo no les resulta grato y deciden regresar al hotel para cenar.

Al día siguiente, tras una noche de insomnio y fiebre, los viajeros están «para el arrastre». Garnier decide continuar la visita en coche. Su impresión de la ciudad es ahora diferente: «¡Qué gran belleza visual! / No las puedo describir, / hermosuras sin igual», escribe en el cuaderno de viaje.

Se detienen en la Catedral: «La iglesia nos gusta el doble, / la Giralda es aún mejor, / capillas, rejas muy nobles, / todo resulta un primor». Pero aún le sorprende más el Alcázar, y dice que, comparado con él, la Catedral es «la col junto a la rosa». «Patios moriscos muy frescos, / azulejos esmaltados, / elegantes arabescos, / columnillas sin grosor, / y labrados capiteles, / los techos multicolor…», describe con minuciosidad de arquitecto.

Posiblemente a causa de su malestar, sólo hará dos dibujos de la ciudad. Uno de ellos, de la Giralda asomando por encima de los muros del Alcázar, en una perspectiva difícilmente reconocible porque, quizá, el dibujo fue terminado posteriormente, sin el original delante.

El otro dibujo es de una plaza que podría ser la de la Magdalena -entonces del Pacífico-, realizado muy probablemente desde una ventana del hotel Madrid -demolido en 1977 para construir Galerías Preciados-, donde debieron alojarse por ser el mejor de la ciudad en aquella época. Sin abandonar su tono burlón, el arquitecto escribe su despedida: «Nos marchamos de esta villa / diciendo: ‘Viva Sevilla’».

Los viajeros marchan rumbo a Jerez y Cádiz, ciudad ésta que fascinará a Garnier, especialmente su Catedral, de la que hace numerosos estudios arquitectónicos en su cuaderno, incluida una minuciosa reproducción de su planta. También pinta calles e interiores. Cádiz le entusiasma: “Ratifico mi fervor: / Cádiz es encantador. / Mas no sé qué es lo mejor, / tengo la pluma indecisa, / porque todo es delicioso / y garboso. / La villa es una sonrisa: / la sonrisa de la aurora, la sonrisa de la tarde, / la de Apolo y la de Flora, / Cádiz de risa / hace alarde. / La ciudad que se remira / en el azul de las olas…” Y concluye: “Nos embriaga el frenesí, / queremos vivir aquí / y de París olvidarnos, / de todo despreocuparnos”.

El grupo duda si cruzar el Estrecho para conocer Tánger. El mar está embravecido, y es probable que el regreso se demore una semana. Finalmente, descartan la idea. Ponen rumbo a Algeciras, para tomar un vapor que les lleve hasta Málaga. Antes, pasan por Chiclana y Tarifa. En esta localidad le ocurren curiosas anécdotas. En primer lugar, se encuentran cerradas las puertas de la ciudad por la celebración de una fiesta taurina; más tarde, Garnier relata cómo es sorprendido desnudo por dos jóvenes muchachas cuando se disponía a “obrar” en un lavadero de la “infecta” posada en la que paran. De su paso por Málaga, deja algunos dibujos de la Catedral y la Alameda, mientras Boulanger pinta algunos personajes. Su primera impresión de Granada es muy hiriente: “Las calles son asquerosas, / los paisanos, asquerosos; / las casas son defectuosas, / y los muros, defectuosos”. Su opinión va cambiando cuando visitan la Catedral y, más tarde, la Alhambra, en la que hace varios dibujos y escribe: “Es refinado y coqueto, / un selecto y fino objeto, / algo hecho con tanto esmero / que se guarda en un joyero”.

El grupo abandona Andalucía después de visitar Jaén. Desde allí, por la costa levantina, llegarían hasta Barcelona y de regreso a París. Garnier tenía que terminar su gran teatro de la ópera parisino.

Por Fco. Javier Recio en El Mundo.