22 octubre, 2015

La odisea de Gonzalo Gómez de Espinosa, el audaz marino que se separó de Magallanes

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“Para mí la guerra es la soledad infinita“, Albert Camus

La nao Trinidad, en la expedición de Magallanes, era el cuenco, la cáscara de nuez, la placenta protectora de una cincuentena de hombres en medio de la nada líquida de la inquietante voracidad abisal, ojo avizor ante cualquier despiste humano o inclemencia solapada ante el caprichoso y volátil destino, que al igual que podía proyectar a un marino hacia lúgubres profundidades sin abrigo, podía, al tiempo, encumbrar a la gloria a quienes tuvieran arrestos suficientes para retar los imprevistos y la fértil violencia nacida de las fauces de un extraño Dios ausente de cualquier paternal compasión.

Era probado el valor de aquellos que se enrolaban en una estructura tan frágil y atrevida, tan a la par, marinera y vulnerable, tan sobrada de estopa y calafateada hasta la saturación, tan llena de sueños y esperanzas, y tan pobre ante la inmensidad imperdonable del avasallador gigantismo oceánico.

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Todos los navegantes de la Trinidad tuvieron un triste fin como consecuencia de no haber podido encontrar la ruta para volver desde Filipinas hasta América por el Oeste, algo que ocurriría medio siglo después, cuando Andrés de Urdaneta diera con la corriente de Kuro-Shivo, curiosamente, a la misma latitud hasta la que había subido la Trinidad en el océano Pacífico en su errático e irreal viaje por el inmenso e inabarcable océano. También Zhen He, el famoso almirante eunuco a las órdenes del tercer Ming, había tocado antes que Colón y sus ‘ad lateres’, las costas del poniente americano fundando algunas colonias y dejando huellas imperecederas hacia 1427, vestigios más tarde borrados por el extenuante protagonismo eurocéntrico.

Era la nao una nave de alto francobordo, que dominó los mares desde mediados del siglo XIV hasta las postrimerías del XVI, y con la que el Reino de Aragón alcanzó su hegemonía mediterránea tanto en lo mercantil como en lo militar. Hay que destacar que en aquel momento de la historia el tonelaje venía impuesto por el llamado ‘Tonelo sevillano’ (una medida volumétrica) que poco tenía que ver con lo que hoy en día se mide como la máxima masa de agua –en toneladas métricas– que puede desplazar el casco de un buque. Aunque guardaba claras diferencias con las cocas catalanas o los ‘knarr’ vikingos, o las variantes de carracas que pululaban por el ‘Mare Nostrum’, su tonelaje –entre 100 y 400 toneladas de media por nave– y su timón de codaste (inserto fijo en la popa), marcaban notables y favorables diferencias a la hora de maniobrar y navegar, mejorando las singladuras en el proceloso Atlántico.
Comienza su propia travesía

Tras separarse de Magallanes y Elcano, e intentar llegar a Méjico con un fuerte cargamento de clavo, sin dar en la tecla con los vientos (el monzón lo cortocircuitaba todo), y perder una treintena de los cincuenta hombres que iban a bordo –el escorbuto y la disentería hacían estragos–, decidieron tomar la penosa decisión de volver a las Molucas. La nave embarcaba agua por varias vías y la marinería ya no sabía a quién encomendarse. Pero lo peor estaba por venir.

En el mes de mayo de 1522, siete naves portuguesas al mando del capitán Antonio de Brito habían llegado con órdenes taxativas de capturar a Magallanes bajo pretexto de haber traicionado a la Corona lusa, pero Magallanes ya había partido al viaje más largo que ser humano pueda afrontar. En Mactan, un año antes, había muerto en combate contra una horda de aborígenes cabreados hasta el tuétano tras la confiscación de algunas propiedades y bienes no enajenables, como sería el caso de una docena de féminas ligeras de indumentaria por imperativos culturales y exigencias climáticas .

Brito, el malvado capitán portugués, antítesis de otros grandes marinos lusos de caballerosidad incuestionable, pensó, en lo angosto de sus oscuras entendederas, que Magallanes estaba en La Trinidad, pero la deteriorada nave no era más que un cascarón con más vías de agua que un colador. Magallanes, como es sabido, había seguido con Elcano hacia el Oeste para completar la circunnavegación del globo, y, el cabreado capitán lusitano en un pataleo poco caballeresco y de peor estilo, encerraría a los restos de la famélica tripulación en un sollado lleno de ratas e inmundicias innombrables. Espinosa y otros tres marinos, tras largas calamidades, sobrevivirían unos y los otros trascenderían su naturaleza física con toda probabilidad hacia el fondo cósmico.

La Trinidad era una nave que dominó los mares de los siglos XIV al XVI, y con la que el Reino de Aragón alcanzó su hegemonía mediterránea

Mirar para otro lado siempre ha sido muy saludable si este gesto aliviaba el dolor procurado por una tortícolis severa, pero yo no estoy muy de acuerdo con Sócrates sobre este particular y tengo que decir que estoy algo cansado del invento de que no saber nada es un signo de sabiduría (Asimov ‘dixit’). El rey de España en aquel momento, Carlos V, o I según los caprichos de la contabilidad al uso, no estuvo a la altura para pedir a su homólogo portugués la aplicación severa de un correctivo ejemplar a este capitán de opereta. La verdad es que el imperio naciente tenía demasiados horizontes como para generar incidentes por naderías. El caso es que Espinosa y sus colegas lo pasaron bastante mal en los tétricos calabozos y desempeñando trabajos forzados bajo aquellos soles orientales de insolencia desmedida.
La suerte del navegante

Decía Séneca que cuando un hombre no sabe hacia dónde navega, ningún viento le es favorable. No era el caso de Gonzalo Gómez de Espinosa, por su puesto, pues lo intentó por activa y por pasiva, pero bien es cierto que el infortunio se cebó con él y sus compañeros. Las exploraciones oceánicas del siglo XV tenían eso, una de cal y otra de arena. O te encontrabas un filón de oro o un mercado de especias, así como quien no quiere la cosa, o te estrellabas contra unos rompientes en medio de un huracán en el Caribe, en una caprichosa lotería inversa.

Gonzalo Gómez de Espinosa, inexperto como marino pero audaz hasta el tuétano, descubre las islas Palaos en medio de la nada y las llama San Antonio y San Juan; poco después las Marianas engrosan la nómina del explorador, pero, para más abundamiento, Gonzalo de Vigo, uno de los embarcados en aquel trágico viaje tan lleno de contratiempos, logrará desplazarse de isla en isla hasta alcanzar Guam e incorporarla a la Corona española. El problema surge cuando resulta que no hay pendón ni nada que se le parezca para dejar una huella o elemento de identidad, asociación o reconocimiento que califique a España como visitante primera de aquella perdida isla en medio del océano Pacífico, lo cual no traería pocos problemas a posteriori.

Para entonces los portugueses, que han conquistado Tidore allá por mayo, han apresado a la exigua tropa que Espinosa había dejado en aquellas latitudes de manera más testimonial que otra cosa. Cuando Gonzalo Gómez de Espinosa, famélico y exhausto, toca tierra tras varios meses de deambular sin rumbo cierto en su intento de llegar a Méjico, él y los otros 16 supervivientes son llevados presos al fuerte de Ternate, levantado desde el 24 junio por el capitán Antonio de Brito, que se apodera de todos sus instrumentos y mapas y los obliga a trabajar en la construcción del mismo en condiciones inhumanas. De aquella odisea, solo cuatro supervivientes regresarán a Europa: Juan Rodríguez, que escapará en un barco portugués; el piloto Ginés de Mafra, liberado en Lisboa el 25 marzo de 1527 tras cinco penosos años de cautiverio; el artillero noruego Hans Bergen y el propio Gómez de Espinosa, que tras dos años de trabajos forzados será embarcado hacia Lisboa.

El capitán Brito hizo presos a Espinosa y a su tripulación y los obligó a trabajar en condiciones inhumanas en la construcción del fuerte Ternate

Juan Sebastián Elcano llegará a Sanlúcar un ocho de septiembre completando la primera vuelta al mundo. Aun a pesar del desastre (cuatro naves y 234 hombres perdidos), las 25 toneladas de especias de clavo y canela estibadas permiten pagar toda la expedición con beneficios más que tangibles. Los intangibles, la gloria y la fama imperecedera que en puridad debería de compartir el mentor de aquella odisea, Fernando de Magallanes, muerto en combate en Las Molucas, quedarán impresas en los anales de la historia. Entre los 18 supervivientes que regresan (cuatro vascos, cuatro griegos, dos andaluces, dos portugueses, dos italianos, un cántabro, un gallego, un extremeño y un alemán) estaría el gran cronista italiano Antonio Pigafetta, que dejará constancia de aquel colosal esfuerzo por darle a la tierra algo más de sentido que su mera redondez; la grandeza del hombre ante adversidades incalculables superaría todo lo imaginable .

Beethoven decía que tocar una nota equivocada es algo insignificante, pero tocar sin pasión es imperdonable. Aquellos marinos no eran humanos.

Por Álvaro Van Den Brule en El Confidencial.