3 febrero, 2014

La maestría de Arcimboldo aflora en la Fundación Juan March

13911589283404--644x400
Los óleos «Flora» y «Flora meretrix», realizados por Giuseppe Arcimboldo en 1589 y alrededor de 1590, respectivamente, y procedentes de colecciones privadas, se muestran por primera vez al público en una exposición de pequeño formato organizada por la Fundación Juan March.

Continuando con el modelo de las exposiciones dedicadas a «Giandomenico Tiepolo», en 2012, y a los «Bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII», en 2013, en la muestra se puede contemplar estos dos óleos sobre tabla realizados por Giuseppe Arcimboldo (Milán, 1526-1593).

Se trata de sus características «teste composte» (cabezas compuestas) realizadas con un virtuosismo miniaturista excepcional a base de flores, pequeños animales y otros elementos del mundo natural relacionados con el asunto a representar pero únicamente reconocibles al contemplar de cerca las obras.

Personalísimo estilo
La fantasía e ingenio de la obra de Arcimboldo fascinó a sus contemporáneos, pero tras su muerte su obra cayó en un olvido del que salió en los años treinta del siglo XX, cuando Alfred H. Barr Jr., fundador y primer director del MoMA de Nueva York, lo reivindicó como precursor de surrealistas y dadaístas.

Barr lo emparejó con estos en la exposición «Fantastic Art, Dada, Surrealism (1936-37)». A partir de entonces, historiadores y especialistas recuperaron el personalísimo estilo de Arcimboldo y lo consagraron como uno de los grandes artistas del siglo XVI.

La exposición cuenta con un catálogo en el que Miguel Falomir, jefe del Departamento de Pintura Italiana y Francesa (hasta 1700) del Museo del Prado es autor del ensayo principal. En el mismo, Falomir considera que Arcimboldo proporciona uno de los casos más sorprendentes de los vaivenes de la fama en el mundo del arte.

Artista polifacético, ha pasado a la historia por unas creaciones muy específicas, «tan singulares como indisociables de su nombre: las llamadas ‘teste composte’ (cabezas compuestas)».

Según Falomir, aunque a menudo se han calificado estas cabezas compuestas «de bizarrías fruto de la caprichosa y desbordante imaginación de su autor, su creación era un asunto complejo sujeto a ciertas normas. Arcimboldo nunca enlazó estos elementos de forma aleatoria».

En su texto, el conservador recuerda que «Flora» fue celebrada desde el momento de su realización como una de las obras maestras de Arcimboldo y fue la que más contribuyó a propagar su talento.

«Flora es un magnífico ejemplo de la maestría de Arcimboldo en la representación de la naturaleza, pero también de su enorme curiosidad, habida cuenta de la gran variedad de flora representada», escribe Miguel Falomir.

La diversidad de flores reproducidas por Arcimboldo tenía consecuencias no solo científicas, sino también artísticas, pues dio como resultado una paleta cromática extraordinariamente sutil y variada que, además, está en el origen mismo del mito de Flora.

En cuanto a su compañera «Flora Meretrix», considera que pese a su evidente similitud, existen diferencias entre ellas. La más obvia es que en esta segunda pintura la figura femenina muestra un seno descubierto.

Fácilmente reconocible
Además, los párpados se han aligerado dando como resultado unos ojos grandes que miran directamente al espectador, «al tiempo que Arcimboldo ha logrado el milagro de dotar de sensualidad a los pétalos blancos que conforman la piel desnuda gracias a un colorido menos contrastado y unas formas más difuminadas».

Con sus cabezas compuestas Arcimboldo no solo encontró su propio e inusual camino en el competitivo mundo artístico de la segunda mitad del siglo XVI, sino que ideó un tipo de pintura «tan fácilmente reconocible como indisociable de su nombre y una pintura que, probablemente por su ingenio y escasa solemnidad, atrae al público contemporáneo como no siempre lo hace la de los grandes genios», afirma Falomir en el catálogo.

EFE, ABC