14 mayo, 2010

La guerra de la independencia española

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Rafael Vidal

Doctor en Historia por la Universidad de Granada

El dos de mayo de 2008 se conmemoraron los doscientos años del levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas imperiales de Napoleón que pretendían hacer salir de la capital a los últimos miembros de la familia real.

02_img_01A lo largo de los años, hasta 1814, continuarán las conmemoraciones, no llamemos “celebraciones” a hechos guerreros que cubrieron de sangre la geografía hispana. Todos o casi todos los pueblos de la vieja piel de toro y sus islas de Baleares y Canarias, pueden, a través de actos culturales, recordar algún acontecimiento de gloria o sufrimiento. Bien es verdad que también existieron acaecimientos, como las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, que aunque asentados sobre las bayonetas, procuraron para todas las tierras españolas, las que regaban los diferentes océanos, trasladar un aire de modernidad y lanzar a la nación al lugar que por la historia le correspondía. Desgraciadamente todo duró muy poco, apenas dos años, el tiempo en que tardó Fernando VII, primero llamado “El Deseado” y posteriormente “El Felón”, en regresar a la Patria y que un general le instara a restaurar el absolutismo más execrable, que propició la emancipación traumática de los reinos americanos y la descomposición económica del país.

¿Todo fue glorioso en la Guerra de la Independencia? Aparentemente sí, apareciendo un pueblo generoso, presto a dar su sangre en pro de unos ideales de libertad, unido a su Iglesia, a su ejército y su nobleza, pero si profundizamos y descorremos las cortinas con que la Historia nos ha presentado la gesta, vemos claros y oscuros, que nos hacen entrever que también existieron páginas para olvidar.

En una reciente publicación sobre la Guerra de la Independencia, definí a las guerras que se sucedieron entre 1792 y 1815, como la “Primera Guerra Mundial de la Historia de la Humanidad”, porque se combatió en todos los continentes y prácticamente no existió una nación soberana sobre la tierra que no se decantara por una u otra coalición enfrentada.

El año de 1808 es un momento álgido de la gloria de Napoleón: Rusia, Austria y todas los reinos europeos se pusieron a sus pies y los neutrales y no combatientes, como Turquía y los del extremo continente asiático, le enviaron embajadores, queriendo ser amigos. Pero el Emperador, que sufrió muy pronto el desgaste del poder (en otro cuadro de la Historia narraremos este hecho), quería más y más, ya no le bastaba con países aliados, sino que necesitaba súbditos.

El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda (tal como se denominaba antaño) no se plegaba a sus exigencias, mostrando ser su más feroz enemigo, protegido como estaba por su potente flota. Dos enemigos se enfrentaban, cada uno con su propia estrategia, una de carácter marítimo y por tanto proclive a la aproximación indirecta, es decir atacar en los lugares de menos expectativas del contrario; y por su parte, Napoleón preconizó una estrategia continental, abocada a otra de acción directa, consistente en visualizar al enemigo y atacarlo para destruirlo.

Inglaterra acaba de perder sus posesiones americanas, no disponiendo apenas de bases en el Atlántico, Índico y Pacífico para asentar su poder naval, decidiendo por ello Napoleón, conquistar, ocupar y someter a su autoridad, a las dos naciones planetarias: las monarquías portuguesa e hispánica. De esta forma a través de diversos pactos con el ministro principal de Carlos IV de España, una serie de cuerpos de ejércitos fueron adentrándose en la Península, situándose en lugares estratégicos de la geografía peninsular.

02_img_02Los Borbones españoles se encontraban proclives a someterse al Emperador, ellos que ostentaban la “legitimidad histórica”, aceptaban la superioridad de la “legitimidad popular” de Napoleón, bien que aderezada por la legitimidad que le daba, el haber sido coronado por el Sumo Pontífice, como heredero del “Sacro Imperio Romano” y sucesor de Carlomagno. Primero Carlos IV y posteriormente Fernando VII, pusieron lo más granado del ejército español a disposición francesa, para conquistar Portugal, aliada siempre fiel de los ingleses.

Los hechos se sucedieron rápidamente, la familia real portuguesa abandonó Europa y se refugió en Brasil, y los reyes españoles, el depuesto y el elegido, salieron hacia Bayona, para que Napoleón fuera el árbitro de sus disputas.

Todo parecía demasiado fácil y de hecho las tropas imperiales que desplegaban en la Península, no eran de élite, sino de “reserva”, constituyendo una serie de “Cuerpos de Observación”, formado por unidades procedentes de la guardia nacional, regimientos provisionales, incluso de la guardia urbana parisina.

Pero el dos de mayo de 1808 todo saltó por los aires. El pueblo de Madrid se sublevó y los alcaldes de Móstoles, desafiaron al poder del Emperador, proclamando y difundiendo la “Patria en peligro”. Se iniciaba una cruenta guerra de seis años de duración.

Soldados de todas las naciones de Europa y de muchos países de África y Asia, participaron en la contienda. Sus claros y oscuros, que iremos conociendo en sucesivos cuadros de la Historia, fueron plasmados en obras de arte, que se conservan en museos de todo el orbe.

Sea esta columna un preámbulo de las conmemoraciones que se sucederán en los años sucesivos, siendo una muestra de las representación artística de la guerra, dos pintores, uno francés, Louis Lejeune y otro español, Francisco de Goya y Lucientes.

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