29 enero, 2018

La Eterna Primavera, de Auguste Rodin

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Autor: Auguste Rodin
Título: La Eterna Primavera
Cronología: 1903
Técnica: Escultura en marmol

Como todos los artistas que intentaron cambiar el curso de la historia del arte, Rodin sufriría el escándalo y el rechazo a partes iguales durante los inicios de su carrera. La diferencia es que el maestro francés supo manejar perfectamente la situación y convertir las fuertes críticas en su mejor aliado, utilizándolas para salir del anonimato.

Su estilo y su novedosa concepción de la escultura supusieron una bocanada de aire fresco en un arte que, a diferencia de la pintura, casi no se había renovado en etapas anteriores y permanecía anclado en el frío academicismo.

Considerado el padre de la escultura moderna, Auguste Rodin fue contemporáneo del impresionismo y creador de un nuevo concepto de escultura. Ensayó poses alejadas del clasicismo y llevó el realismo hacia las cotas más extremas.

Su escultura llegó hasta unos límites impensables en ese momento, como dejar partes de la obra sin esculpir para así introducir directamente la imaginación del espectador en la lectura de la pieza final. En su época sería criticado por ese inacabado, pero lo que había logrado con ese modelado espontáneo y expresivo era adelantarse a los gustos de la escultura posterior. Pero quizás, el gran acierto del maestro francés consistió en renovar la escultura hasta el punto justo en el que ésta fuera aceptada, moviéndose en el límite de la modernidad.

De formación neoclásica, Rodin bebió de artistas como Donatello o Miguel Ángel pero su obra siempre viva y llena de matices iba unida a un audaz espíritu de experimentación y radical innovación. Características que hicieron que se convirtiera, sin lugar a dudas, en uno de los puentes entre las tendencias tradicionales y las nuevas corrientes vanguardistas que se desarrollaron en los siglos XIX y XX. Con su nueva forma de entender la escultura hizo escuela e influyó fuertemente en muchos otros artistas, rompió con los modelos anteriores y con su constante búsqueda de la belleza pura y perfecta, para adentrarse directamente en la expresión de las pasiones humanas.

Como creador se adelantó en muchos sentidos a los artistas de su generación, prueba de ello es que no dudó en utilizar la fotografía como recurso creativo en su trabajo y fascinado por este nuevo medio se convirtió en un gran coleccionista, llegando a guardar varios millares de fotografías y negativos, propio y ajenos. Rodin sentía fascinación por la nueva disciplina, como por el mundo que estaba cambiando a su alrededor.

Su material preferido era la arcilla que trabajaba directamente con las manos y que le permitía unir lo liso y lo rugoso, una característica de su obra. Así como las esculturas inacabadas, partes de un cuerpo, o bien enlazadas, mezclando elementos de diferentes obras para formar una nueva.

Su proceso de trabajo era intenso. Podríamos afirmar que fue de los últimos escultores que estableció un gran taller al estilo de los artistas de la Edad Media y del Renacimiento. Llegó a tener empleados a 50 trabajadores, y estaban organizados según las especialidades de determinadas labores como tallar el mármol, moldear o hacer piezas concretas como manos o brazos. Él se encargaba de realizar el original en arcilla, siempre en formato pequeño; sus artesanos lo transformaban en mármol y en bronce, y a tamaño grande. Pero el mármol siempre era esculpido bajo la supervisión del maestro.

Pero hasta llegar al éxito el camino no fue fácil, Auguste provenía de una familia modesta, su formación comenzaría con 14 años. Desde un primer momento el dibujo le gustaba pero muy pronto su verdadera vocación surge cuando descubre el taller de modelado de la escuela. Lo solía recordar con verdadera pasión: “La primera vez que vi la arcilla, me pareció que subía al cielo. Quedé fascinado”.

Intentó el ingreso a la Academia de Bellas Artes, pero tres veces el jurado le negaría la admisión. Ya que sus obras no encajaban entrelas formas clasicistas de la época, resultaban demasiado realistas. Los comienzos fueron duros para el artista, rechazado constantemente por la Academia, por lo que se vio obligado a trabajar por su cuenta.

Después de trabajar en varios talleres de artistas consagrados, en la década de los setenta decide viajar a Italia para ver con sus propios ojos la obra de Miguel Ángel y conocer de primera mano la estatuaria renacentista, este viaje será un verdadero punto de inflexión para su carrera y vuelve con fuerzas renovadas decidido a participar de la Exposición de artistas franceses en París. Pero la escultura que presenta, es tan realista que será acusado de haber tomado el molde sobre el propio cuerpo del modelo. Por lo que no solo no logra la aprobación del jurado y la crítica sino que a partir de este momento la mala fama le perseguirá por cierto tiempo.

Aun así Rodin nunca se detuvo, incansable creador y luchador, cuando se aproximaba la Exposición Universal decide presentar una estatua de un tamaño superior al de un individuo real y de esta manera evitar acusaciones. Será esta escultura de San Juan Bautista la que le abra el camino del éxito, aunque la controversia no le abandonará a lo largo de toda su carrera. El éxito se confirmaría con un encargo realmente importante, el proyecto de la creación de la puerta de entrada del futuro Museo de Artes Decorativas de París.

Para este encargo, Rodin ideará su monumental Puerta del Infierno, para ella realizaría infinidad de bocetos y creaciones, algunas de ellas finalmente no formaron parte del conjunto acabado como su famosa Eterna Primavera.

Se sabe que en torno al año 1884 el artista concibe esta escultura de la cual se han hecho un buen número de variaciones debido a su gran éxito. Se trataba de una escultura exenta cuyo molde fue realizado primero en arcilla y posteriormente fue fundida en bronce. Finalmente entre 1901 y 1903 será cuando se realice a partir de un solo bloque de mármol blanco.

Desde el momento de su creación, fue denominada como una de las representaciones más perfectas de dos amantes abrazados. En ella, se recrea la intrigante historia protagonizada por los personajes mitológicos de Dante – Paolo y Francesca – condenados a permanecer unidos hasta la eternidad, encerrados en un torbellino de pasión. El artista nos presenta una escena desgarradora, donde la fuerza del deseo se hace patente en un beso más apasionado que romántico. Reflejado en el momento de la acción elegida, donde los cuerpos del hombre y la mujer se funden en uno solo para dar lugar a un nuevo renacer, una nueva primavera.

Nuestra mirada se dirige hacia el cuerpo desnudo de la joven que se tensa en un potente arco y es sujetada por su amado. La sensualidad del cuerpo arqueado de la mujer, tenso hacia los labios del personaje masculino, que se integra perfectamente en la composición. El amplio movimiento del hombre domina la pieza, logrando llevar la iniciativa de la mujer hacia un movimiento envolvente en el que los cuerpos se unen apasionadamente.

Como no podía ser de otra forma, el maestro juega con las texturas y los acabados, contrastando el pulido de algunas zonas con el aspecto rugoso de otras. Utilizando dos texturas claramente diferenciadas: por un lado los amantes, pulidos, de tacto suave y naturalistas; por otro la roca sobre la que descansan, que no oculta el material en el que está esculpido.

Los cuerpos entrelazados de los dos amantes se funden como si fueran uno y la pasión de ese movimiento logra hacer partícipe a los espectadores de la intimidad del momento, una constante en toda su trayectoria. De esta manera la audacia de esta creación y el énfasis que logra en la expresión, así como su capacidad de innovación, vuelven a confirmar el prestigio del escultor.

Tiempo después de haber creado esta pieza, el artista declaró que mientras trabajaba en ella escuchaba la segunda Sinfonía de Beethoven. Seguramente la pasión y el romanticismo del gran compositor alemán dejaron huella en el proceso creativo y en la conclusión final.

Creador de una obra rebelde y novedosa -por momentos incluso irreverente – Auguste Rodin consiguió llevar la pasión y la fuerza de la vida al frío material de la escultura. Sus piezas, pura expresión, nos hacen sentir que están vivas, amando, sufriendo, respirando en cada gesto pero siempre haciendo partícipe al espectador.

Su obra no dejó de crecer y ramificarse sin olvidar nunca sus raíces. Venció desafíos y supo mantenerse ante las controversias que suscitaban sus obras, para conservar siempre firme su libertad creadora. Necesitaba mostrar en cada una ellas que era capaz de darles vida utilizando las sensaciones lumínicas a través de la renovación de las técnicas, explotando las posibilidades del material y estudiando los efectos de lo inacabado, buscando que las figuras se liberen de lo imperfecto para así poder lograr la belleza.

Por Laura Pais Belin