21 junio, 2010

Historia de una cara ‘Cabeza’

Un coleccionista asiático compra por 43 millones una de las pocas esculturas de Modigliani – La obra se exhibió en el Salón de Otoño de París de 1912.

Cabeza_ModiglianiCuando Amadeo Modigliani esculpió su Cabeza, vivía en Mont-parnasse, un barrio que comenzaba a poblarse de artistas sin un franco a la busca de talleres amplios tirados de precio. Seguramente la piedra arenisca de la que la extrajo la adquirió también a buen precio en las obras que por entonces rodeaban su barrio, en plena expansión urbanística por entonces gracias a una nueva línea de metro. Corría 1911 o 1912 y el artista de origen italiano de 27 años ya se había distinguido por su afición al hachís, al brandy, a las mujeres, a los pintores del Renacimiento y al grupo de amigos que rodeaba a Pablo Picasso. También por una tuberculosis contraída de niño que acabaría por matarle, tras una vida de excesos legendarios y miseria real.

El lunes, esa misma Cabeza, casi cien años después de que Modigliani la esculpiera, fue subastada en la sala principal de Christie’s, en París, a unos pocos kilómetros al norte de Montparnasse. El precio al que fue adjudicada constituye, por ahora, el récord de cualquier obra artística subastada en Francia: 43 millones de euros. El encargado de dirigir la subasta fue el presidente de Christie’s en Francia, el elegante François de Ricqlès, que ya se ocupó, hace más de un año, de manejar la maza en la subasta, en el Grand Palais, de los tesoros artísticos almacenados a lo largo de toda su vida por el modisto Yves Saint Laurent y su pareja, Pierre Bergé.

En el caso de la Cabeza, la sesión fue eléctrica. Con un precio de salida de 4 millones de euros, pronto una quincena de personas comenzaron a pujar. A los 25 millones de euros, solo quedaban tres compradores, al teléfono: un americano, un europeo y un asiático. Con pujas a razón del millón de euros por mazazo, se enzarzaron en una batalla que duró cerca de 10 minutos y que acabó ganando el comprador asiático, que prefirió, como ocurre con frecuencia, quedar en el anonimato.

Para él será esta Cabeza con influencias africanas y clásicas a la vez, que cuenta con la firma del artista en la nuca, que se expuso en el famoso Salón de Otoño de París de 1912 (también en el Grand Palais), en la sala dedicada al arte cubista y que formaba parte de un conjunto de cuatro obras parecidas que Modigliani bautizó como “conjunto decorativo”. Modigliani, según algunos historiadores, las iluminó con velas, para insuflarles así un aura casi religiosa.

Su rareza, su originalidad y su perfección artística justifican su precio, según Anika Guntrum, directora del departamento de Impresionismo y Arte Moderno de Christie’s. “No es ninguna insensatez”, añade. Guntrum recuerda que en el mundo solo existen 27 esculturas de Modigliani, la mayoría repartidas en museos. “Él se consideraba, sobre todo, un escultor. Y si tuvo que abandonar la escultura poco después de haber concebido la Cabeza fue porque el polvo desprendido de la piedra cuando trabajaba con el cincel le perjudicaba mucho su ya de por sí maltrecha salud”. Así, la tuberculosis que le persiguió desde la infancia y que le iba a atrapar definitivamente a los 36 años, le obligó a centrarse en la pintura.

Se sabe que la Cabeza fue expuesta en el taller del artista portugués Souza Cardoso, amigo de Modigliani, que alguien la compró a principios de la década y que fue revendida dos veces. Que en 1927, cuando ya Modigliani llevaba siete años muerto, fue subastada y comprada por Gaston Lévy, mecenas, coleccionista, amigo de artistas, hombre de negocios y uno de los fundadores de la popular y exitosa cadena francesa de grandes almacenes de ropa Monoprix. En sus manos y en las de sus herederos había permanecido hasta ahora.

Mientras, se agigantaba la leyenda bohemia y la fama artística de Amadeo Modigliani, que vivió deprisa, que encontró una manera única de pintar, que a veces para pagar facturas se vio obligado a vender retratos elaborados a toda prisa en la calle y que a lo largo de su vida solo logró exponer en solitario una vez con consecuencias desastrosas: la galería que acogió su obra se encontraba frente a una comisaría y la pudibunda policía de entonces la cerró a causa de las protestas de los vecinos, que se quejaron de los cuadros llenos de desnudos femeninos.

Moriría en 1920, en el hospital de la Caridad, en París. Jeanne Hébouterne, su prometida, la madre de su hija, se suicidó al día siguiente lanzándose al vacío desde una ventana. Estaba embarazada de ocho meses. Solo la hija, Jeanne Modigliani, educada por su tía en Florencia, llegó a asistir al reconocimiento mundial de su padre. Escribió un libro biográfico titulado, sintomáticamente, Modigliani sin leyenda.

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