8 octubre, 2018

Este es el guardián de la joya arqueológica de los cruzados (incluso en manos de Al Qaeda)

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Dejando atrás el castillo, la carretera serpentea pendiente abajo entre las pocas casas que la guerra ha dejado en pie. Antes de recorrer un kilómetro, un ‘check point’ del ejército sirio corta el paso de salida. Los soldados, con zapatillas en vez de botas y fusiles de aspecto arcaico, inspeccionan el interior del vehículo. Uno de ellos mete la cabeza por la ventanilla del conductor y pregunta entre risas: “¿Habéis conocido al tartamudo?”.

El hombre del que se burlan los soldados se llama Sadri y es el guardián de uno de los monumentos más importantes de la Edad Media, el Crac de los Caballeros. Construido en 1031 sobre una colina que domina una región estratégica —nexo entre Damasco, Homs y la costa mediterránea—, el castillo se convirtió en la base más importante de los Caballeros Hospitalarios, que lo transformaron en la mayor fortaleza de Tierra Santa. Por eso todos la codiciaron, desde Saladino —que nunca llegó a tomarla— hasta la revolución siria, la sublevación que terminaría convirtiéndose en yihad.

Arrastrando una cojera evidente, el guardián sigue a cierta distancia a los tres periodistas que recorren el interior del castillo. De cuando en cuando, Sadri balbucea alguna aportación incomprensible a los comentarios del guía. Al atravesar la puerta de estilo gótico que conduce a la Sala Grande —donde los caballeros recibían a los reyes cruzados—, aparta del grupo a uno de los visitantes y, farfullando, señala una inscripción tallada en la pared: “Grozni. Chechenia”. El lugar de origen de los combatientes más duros de Daesh y Al Nusra.

Fue precisamente el Frente al Nusra (la exfilial de Al Qaeda en Siria) quien tomó en 2013 el Crac de los Caballeros, después de que este permaneciese un tiempo en poder del Ejército Libre Sirio, la oposición laica convertida hoy en una fuerza ‘proxie’ para defender intereses extranjeros. Y Sadri, que llevaba custodiando la fortaleza desde antes de la guerra, cayó, como el castillo, en manos de los yihadistas. El hombre cuenta con aspavientos las torturas a las que le sometieron. Después, muestra las cicatrices. Poco a poco recupera la calma y, cabizbajo, señala otra inscripción en la pared: “Allahu Akbar Al Nusra”.

Tras más de un año de ocupación, el emir de Al Nusra y los 60 yihadistas que habían convertido la joya arqueológica de los cruzados en su base militar fueron derrotados por el ejército sirio. El coste fue alto: las murallas de la que Lawrence de Arabia definió como “la fortaleza más admirable del mundo” habían sido dañadas por ataques con morteros, cohetes y armas automáticas. Un informe de la Unesco reveló en 2014 los daños provocados alrededor y dentro del castillo por los bombardeos terrestres y por la ofensiva aérea que siguió al asedio de Homs, una de las ciudades más castigadas por las fuerzas de Bashar al Asad, a unos 60 kilómetros del Crac de los Caballeros.

El castillo que Saladino nunca logró tomar

Desde el pie de la colina, el Crac de los Caballeros se alza aparentemente intacto, como si la guerra lo hubiese respetado mientras destruía todo a su alrededor. Sigue en pie y continúa pareciendo inexpugnable. La fortaleza resistió una docena de asedios durante siglo y medio, entre ellos el de Saladino, que la sitió sin éxito en el año 1188. Fue el sultán de Egipto y Siria Baibars I (el mayor azote de los cruzados desde los tiempos de Saladino y artífice de su desaparición en el Levante) quien tomó la fortaleza en 1271. La versión oficial habla de una carta falsa en la que el gran maestre de la Orden Hospitalaria en Trípoli ordenaba rendir el castillo y pactar con el sultán. Los defensores obedecieron.

En la región circula un relato menos heroico, según el cual los soldados fueron sobornados para que abrieran las puertas al enemigo y sus líderes terminaron pasados a cuchillo. No queda mucha gente para contarlo. En la carretera que sube hasta la cima de la colina, ornada por las huellas de los blindados y pequeños cráteres, no se ve un alma.

Sadri despide a los visitantes, orgulloso y sonriendo, en la puerta de la fortaleza. Puede que siga aquí cuando se rehabilite el castillo —uno de los seis sitios de Siria en la lista de patrimonio mundial de la Unesco— y regresen los turistas. Todo dependerá de la ayuda extranjera. El mismo día en que los diplomáticos del Kremlin cerraron un acuerdo con Turquía para crear una zona desmilitarizada en la provincia de Idlib —el último bastión en poder de grupos opositores salafistas-yihadistas—, docenas de empresarios rusos partieron de regreso a casa desde Damasco, ‘cargados’ de contratos comerciales. Rusia está presente, de una u otra forma, en todo el país. Sus altos mandos pululan por los hoteles de cinco estrellas de la capital mientras los ciudadanos de a pie hacen chistes políticos sobre el nuevo hacendado de Siria.

Moscú está determinado a que Siria permanezca en su esfera de influencia a largo plazo, tanto para afianzar su presencia en Oriente Medio como para advertir a EEUU y sus aliados contra su tradicional intervencionismo. Rusia es culpable de extender la muerte y la destrucción, pero sus fuerzas también han resultado decisivas en la lucha contra el Estado Islámico. En la guerra contra Daesh, Moscú ha ganado una credibilidad entre los sirios de la que carecen las potencias occidentales.

Noticia original por Angel Martinez para El Confidencial