28 febrero, 2013

Elmyr de Hory: el engaño como una de las bellas artes

El misterio finaliza (o comienza, según se vea) en una casa en el término municipal de San José, en la isla de Ibiza, el 11 de diciembre de 1976. Aquel día, Mark Forgy, acompañante inseparable y heredero del falsificador con más renombre de aquel tiempo, Elmyr de Hory, descubrió el cuerpo de su amigo, que agonizaba. De Hory, un pintor que había llenado de falsos Matisses, Picassos y Chagalles colecciones privadas, galerías y, según aseguraba, respetados museos de medio mundo, había puesto término a su vida con un bote de barbitúricos. Eso antes que acabar, como probablemente ocurriría, en una cárcel francesa. Para cuando Forgy lo encontró aquella mañana, no le quedaba mucho de vida. ¿O sí?

Cualquiera que acuda al Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde hasta el 12 de mayo una exposición (Elmyr de Hory. Proyecto Fake) reúne 28 piezas suyas ‘a la manera de’ Modigliani, Monet, Derain, Matisse o Picasso, y seis retratos ‘a la manera de Hory’, es decir, con su propio estilo, sabrá de su arte para falsificar y, sí, también para pintar. Y cualquiera que curiosee en la documentación que esta muestra también aporta, que revise la película F for Fake (Fraude, 1973), de Orson Welles, o lea la biografía ‘oficial’ de De Hory (de la que luego éste renegaría) sabrá que la sombra de la duda cubrió todo en su fascinante historia. Ni sus orígenes y buena parte de su vida, ni la envergadura de su producción, ni dónde o cuándo pintaba; nada está claro. Ni siquiera ahora, más de 36 años después de… ¿su muerte?

Quede por un minuto entre interrogantes, puesto que hasta en el capítulo final de su agitada trayectoria anidan las sospechas. Hace unos años apareció en castellano una nueva edición de ¡Fraude! La historia de Elmyr de Hory. El pintor más discutido de nuestro tiempo (Norma Editorial), la biografía que firmó, en 1969, Clifford Irving (otro falsificador, pero a eso llegaremos luego). Y en esa revisión Irving añadía un capítulo al original para alimentar aún más el misterio: “¿Y si Elmyr estuviera vivo y pintando?”, se preguntaba en él, quizá a modo de último engaño, o de broma final.

El fantasma que pinta

¿Indicios? Primero, la desaparición de algunos de sus pasaportes (tenía varios con diferentes identidades). Segundo, el hecho de que hayan continuado saliendo a la venta un buen número de sus cuadros. Y tercero, y más importante, dos ‘avistamientos’ (permítase la palabra) del pintor más allá de 1976: según relata el biógrafo, una mujer que lo había conocido en Ibiza se lo cruzó en una playa de Sidney, en 1982 (y cuando él la reconoció, salió corriendo), y otro amigo se había topado con él por las mismas fechas en Honolulu, con idéntico espanto por parte del pintor, que está vez huyó en taxi.

En esto, como en casi todo lo referente a Elmyr de Hory, creérselo o no es casi un acto de fe. Tanto en el caso del encuentro de Sidney como en el de Honolulu, se trata de testimonios vía ‘un conocido de un conocido dice que…’ y quizá la cuestión de los pasaportes tenga una explicación más sencilla que la de que el artista esté aún riéndose de la policía, de los marchantes de arte y del mundo en general desde alguna playa paradisiaca del Pacífico. O quizá no. Con de Hory, la única certeza es que ésta no existe.

Aquellas supuestas raíces nobles le sirvieron a De Hory en su posterior carrera delictivaEspecialmente en cuanto a las primeras etapas de su vida, las cosas parecen poco claras, pues se basan fundamentalmente en las declaraciones que De Hory le hizo a Irving. Es decir, en lo que un maestro del engaño le narró a otro. Y a ambos les gustaba fabular. Aunque hay quien apunta que el húngaro, nacido en 1906, pertenecía a una familia de clase media, cuenta Irving que su protagonista vino al mundo entre aristócratas (el padre, embajador; la madre, heredera de banqueros de origen judío) y que las riquezas que le rodearon durante su infancia eran tales que en su casa todos tenían caballos, coches, criados, y que a su madre los brazaletes de diamantes le llegaban desde la muñeca al codo. Aquellas supuestas raíces nobles teóricamente le sirvieron a De Hory en su posterior carrera delictiva: los cuadros que vendía eran, según explicaba a sus víctimas, parte de su patrimonio, del que se veía obligado a deshacerse.

Ya adolescente, aquel joven de buenos modales se convirtió, siempre según el relato de Irving, en la pieza más codiciada por los homosexuales que poblaban los salones de Budapest. Al tiempo, se despertó su pasión por el arte, y, en Munich y París, donde se trasladó, llevó una doble vida: de noche, se comportaba como un pequeño bon vivant; de día, volvía a ser el chico aplicado que se desgañitaba con los pinceles en la academia de arte. Afincado en Montparnasse, con el bolsillo repleto y el corazón, o al menos la cama, a menudo caliente, De Hory conoció, o eso decía, tanto a Matisse como a Gertrude Stein, Man Ray, Peggy Guggenheim, Ernest Hemingway y tantos otros que poblaban París en aquellos años felices que quebró la Guerra Mundial. Él volvió a Hungría cuando ya se engrasaban las máquinas de guerra, y allí fue detenido por dos veces, y más tarde trasladado a un campo de Alemania. Tras una rocambolesca (y bastante increíble) huida, volvió al cabo de unos meses a Budapest. Así, al menos, lo cuenta Irving.

De la fortuna familiar nada quedaba, y de allí, en 1945, viajó a París, donde intentó mejorar su suerte de noble empobrecido con sus cuadros. Pocos vendió y esos pocos por una miseria, al menos hasta 1946 (siempre, de nuevo, en la versión de Irving), cuando una amiga, lady Malcolm Campbell, de visita en su estudio, pronunció la frase mágica: “Elmyr… Eso es un Picasso, ¿no?” No lo era, por supuesto, pero de aquella visita De Hory sacó mucho más que las 40 libras esterlinas que le pagó por aquel ‘Picasso’ la señora Campbell: sacó su modus vivendi.

Un bon vivant en la Europa de posguerra

Primero fue el pintor malagueño, pero luego siguieron Matisse, Modigliani, Renoir, Toulouse-Lautrec, Gauguin, Chagall, Dufy, Derain, Degas… así hasta, se calcula, unos 1000 cuadros falsos. De Hory, dicen, era irónicamente único en su ‘arte’, pues no copiaba piezas reales, sino que hacía suyos los trazos del autor, con tal facilidad que podía producir una docena de Picassos en una sola semana. Cambiaba de identidad tan fácilmente -bajo los seudónimos de Louis Cassou, Joseph Dory, Joseph Dory-Boutin, Elmyr Herzog, Elmyr Hoffman…- como mudaba el estilo de sus pinceladas.

Tras vender por Europa y Brasil, en 1947, se trasladó a Estados Unidos. Al fin y al cabo, en tres semanas en Nueva York ya había conocido a “todos los que eran alguien”, según confesó a Irving: Zsa Zsa Gabor, Anita Loos, Lana Turner… Durante los 50, se asentó su imperio de falsificaciones y no tuvo, al menos durante un tiempo, serias dificultades en ‘colocar’ sus piezas a coleccionistas, galerías y centros de arte. A mediados de la década, se asoció con otro vividor, Fernand Legros, el hombre que firmaría los capítulos más amargos de su biografía y el que selló, finalmente, su decadencia.

En 1962, De Hory descubrió una tierra que parecía pertenecerle: la Ibiza loca de los sesenta y setentaAntes, sin embargo, ya habían comenzado los problemas: primero, por un ‘Matisse’ que había vendido en 1955 al Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard, donde se inició una larga investigación; más tarde, por el marchante Joseph W. Faulkner, que se dio cuenta del engaño y presentó cargos contra él. Los tropiezos se sucedieron, y él volvió a Europa, a su querido París. A pesar de varios desencuentros con Legros –que parece que se quedaba con más de lo que le correspondía del pastel y que, además, había introducido a un tercero en discordia en la asociación, un tal Real Lessard- éste siguió vendiendo sus piezas.

En 1962, De Hory descubrió una tierra que parecía pertenecerle: la Ibiza desprejuiciada y loca de los sesenta y setenta, por la que pulularon, entre otros muchos, Cormac McCarthy, Norman Mailer, George Harrison…. De las terrazas del Montesol a los bares del puerto, con su monóculo de cadena de oro, el pintor se dejaba querer, mencionaba a sus amigos Aga Khan, Salvador Dalí, Tennessee Williams, Zsa Zsa Gabor o hacía apuestas sobre la sexualidad de los marineros, pero nunca contaba “nada comprometedor” sobre sus actividades, según explica Mariano Planells, que conoció a De Hory en su día y ha escrito más de 30 libros sobre la isla. Con el tiempo y los rumores que alimentaban su leyenda, De Hory se convirtió en una de las estrellas de Ibiza, en la que había entonces una elite de “gays viajados, muy snobs, que sabían comer, hablar, vivir bien”. Tenía una finca, La Falaise y, supuestamente, seguía pintando sus falsificaciones.

El escándalo es el propio mercado
Hacia mediados de la década, el escándalo comenzaba a fraguarse. En Europa, la policía seguía los pasos de Legros y Lessard. En Estados Unidos, Algur Hurtle Meadows, un magnate texano del petróleo, denunció a Legros, que, al venderle al menos 44 cuadros, lo había convertido en el poseedor de “la mayor colección de falsificaciones en el mundo”, según se dijo entonces. Poco después, Legros y Lessard fueron detenidos. “¿El verdadero escándalo no es acaso el propio mercado?”, se defendía, por su parte, el húngaro.

Irving sostiene que De Hory no murió, sino que fingió su suicidioEn los años previos a su muerte, De Hory pasó algunos meses en prisión y afrontó varios procesos de extradición a Francia, mientras la prensa internacional ocupaba con su imagen sus portadas. Él reiteraba -siempre lo hizo- que nunca había falsificado una firma: simplemente, se “inspiraba” en los grandes. En aquella isla que amaba, le ‘dictó’ a Irving su increíble biografía y aparecieron juntos en el falso (o no) documental de Orson Welles (F for Fake). Y cuando supo que las autoridades francesas iban por fin a conseguir su extradición (tras una confesión de Legros, que lo implicó), no intentó huir. Se tomó sus barbitúricos y murió.

¿O no? Ahí vuelve a entrar en juego Irving, quien, además de la biografía de De Hory firmó otra, en la que incluyó documentos que él mismo falsificó, de Howard Hughes. Irving había aprendido de un gran maestro, De Hory, pero tuvo menos suerte o peor maña: aquello le valió un pleito millonario y, tras confesar, 17 meses de reclusión. En el capítulo que finalmente añadió al libro sobre De Hory, Irving sostiene que éste no murió, sino que fingió su suicidio para escapar de la cárcel. ¿Creíble? “Yo le acompañé en el último juicio a Palma de Mallorca, donde lo vi hundido. Estoy seguro de que ya había tomado la decisión de suicidarse. Tenía pánico a Legros y a otros que no nombraba. Miedo a que le cosieran a puñaladas en la cárcel. Claro que murió en Ibiza: lo vio todo el mundo, por desgracia”, asegura Planells.

Sea como fuere, hay algo que podemos dar por cierto. En el nicho 209 del cementerio de Ibiza, si es que ha muerto, o en algún idílico exilio en el Pacífico, si alguien de despierta imaginación quiere creer que sigue vivo, De Hory seguro que sonríe: a estas alturas, sus cuadros no sólo se valoran por sí mismos (los ‘auténticos’ De Hory pueden llegar, según la comisaria de la exposición del Círculo, a los 100.000 euros), sino que además existen, incluso, falsificaciones de falsos De Hory. Y, sobre todo, nunca sabremos con certeza si alguna de sus piezas todavía cuelga, bajo el nombre de Matisse, Picasso o tantos otros, en las paredes de un museo. Pero ¿acaso es la firma lo que importa?

Por Ana Goñi de El Confidencial.