24 febrero, 2014

El último ‘Monument Man’ español

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Tiene 18 años y un pasaporte diplomático. Viaja en un Dodge negro desde Madrid hacia Ginebra que pierde color por las carreteras polvorientas que atraviesan durante dos jornadas de viaje. Vuelan a por las joyas del Museo del Prado, que han acabado en la ciudad suiza después de que el Gobierno de la República –asediado y derrotado- haya asumido la cesión de la propiedad del patrimonio histórico español a Franco. El Comité Internacional para el Salvamento del Tesoro Artístico Español de la Sociedad de Naciones se ha hecho cargo de él y Ginebra ofrece al dictador montar una exposición en el Museo de Bellas Artes de Ginebra. Acepta.

La exposición es un éxito, las taquillas del museo registran más de 345.000 entradas, los hoteleros están encantados (“Ha proporcionado mucha clientela sin tener que incurrir en demasiados gastos”) y los beneficios de la muestra son abonados al nuevo gobierno español. Todos contentos. “En general, se considera que los extranjeros han dejado en Ginebra unos millones en tres meses”, se lee en la prensa suiza. Es la celebración de la gran fiesta a cuenta del patrimonio español, lo demás poco importa.

A nadie le preocupa en el país alpino que la presión de la Alemania de Hitler esté a punto de reventar en enfrentamiento bélico. De hecho, a dos días del inicio de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades ofrecen una prórroga de la muestra. Esta vez, no acepta. Hay que salir corriendo.

Ángel viaja de copiloto, detrás van su tío Juan y el arquitecto Pedro Muguruza, el mandamás, Director General e Recuperación, que terminará ocupando importantes cargos en los primeros años de la dictadura. El coche es del parque oficial. Vuela como no lo habían hecho tres años antes los casi cuarenta camiones que vaciaron el Museo Nacional del Prado de las joyas amenazadas por los bombardeos de la Legión Cóndor. Camiones rodando a menos de 15 kilómetros por hora hasta Valencia para evitar la catástrofe. Un trayecto de 32 horas interminables, en las que los conductores caían rendidos de sueño.

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El aprendiz prematuro

La familia de Ángel, los Macarrón, se encargaron del embalaje de todas las piezas en cajas hechas a medida. Mimo y protecciones, un poco de paja y papeles especiales. Ángel no participó en la primera parte de la evacuación de las joyas de la corona. El destino le reservaba la actuación en el rescate y vuelta. Su padre estaba en Francia, tenía la orden de acudir a recuperar la imagen del Jesús de Medinaceli. Esta vez le tocaba a él.

“No tenía miedo, ya había sido soldado con la República”. Ahora, representaba a los otros. Además de las artes de la guerra, ha sido un aprendiz prematuro en las técnicas de la conservación y restauración de obras de arte. Su abuelo abrió en 1895 un negocio que se prolongó durante más de un siglo y ahí lo mamó, en la casa-comercio. Algunos clientes recuerdan todavía ese mostrador de roble macizo, en la tienda de la calle Jovellanos, 2, cerca del triángulo de oro de las artes de Madrid. Muy próximo al Prado.

Cada vez que se mueve un cuadro, cada vez que se cambia un marco, con cada alteración, cuendo en restauración necesitan colores o lienzos suena el teléfono en casa Macarrón para hacerse cargo del lío en la pinacoteca. Esta vez es más serio, el mayor encargo de todos: embalar Las meninas, Las hilanderas, Las majas, La familia de Carlos IV, Carlos V en Mühlberg, Los fusilamientos…

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Todo sale fuera del Prado, de Madrid a Valencia, de Valencia a Cataluña, de Cataluña a Ginebra, de Ginebra a Madrid. Huyen de una guerra y van a parar a otra. Esta familia son los Monument Man a la española, pero también los Sánchez Cantón, Arpe y Retamino, Vaamonde, Renau, Pérez Rubio, Ferrant, Sert, D’Ors, Natividad Gómez-Moreno, Elvira Gascón, Matilde López Serrano, Matilde Feduchi y un largo etcétera hasta formar la Junta de Tesoro Artístico.

Las urgencias traicioneras

En la primera tanda de cuadros que salen hacia el Levante, los seleccionados por María Teresa León, se aprovechan las cajas de otras exposiciones. Los adaptan con pericia, como pueden. Algunos, por la urgencia, salen sin protección, cubierto por una simple lona. Madrid no tiene madera, ni viruta, ni clavos, ni tornillos, ni cuerdas, falta hasta papel impermeable para envolver y es noviembre. Los materiales llegan de distintas partes del país. La viruta de Cuenca. El papel de envolver, de Alcoy.

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El Conde duque de Olivares de Velázquez llega a Valencia desfigurado por los chorretones de agua que han precipitado el barniz por la superficie. Manuel Arte y Retamino, es el doctor de todos ellos. El restaurador del Prado viaja de urgencias en el convoy, de principio a fin. Primero cura al Conde duque, elimina los hongos que se han formado en otros tantos por efecto de la humedad y luego le tocará sanar La carga de los mamelucos, aplastada por una cornisa que lo destroza. La marcha de salvación empieza a mostrar sus peligros.

Ha pasado un año y la Junta Delegada del Tesoro Artístico observa los daños en las pinturas sobre tabla en el traslado: “Sufrirán dilataciones y contracciones que harán manifestar las juntas de las piezas con desprendimiento de color, quedando las tablas necesitadas de restauraciones con las desventajas de éstas. Algunas tablas por su tamaño y por presentar ya lesiones, ofrecen el mismo peligro aumentado por las trepidaciones del transporte, por la carga y la descarga de los camiones y por el cambio de humedad y temperatura”.

Un sándwich indestructible

El embalaje de los Macarrón, en el mejor de los casos, se compone de una capa de papel manila en contacto con la pintura, otra de guata y sobre ella un cartón cubriendo la superficie de la tabla. Luego se envuelve la obra en papel impermeable y se sujeta dentro de una caja con almohadillas de papel rellenas de virutas de corcho. Así no se movía. La tapa se atornillaba para no dar martillazos y evitar golpes. El resultado es un sándwich indestructible.

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Ángel Macarrón, nieto del creador de la saga encargada de custodiar el patrimonio español, viaja en el Dodge con lo justo. Lleva un maletín pequeño, con un poco de muda y ropa de reserva. Pasan por Irún de madrugada. Ángel apenas se entera de ese tramo, porque duerme. A la mañana llegan a Ginebra, se instalan en el hotel, desayunan, un taxi y al museo. Los operarios suizos están descolgando las primeras pinturas, no hay tiempo que perder. Se hacen cargo de la operación de tocata y fuga. Por allí está Fernando Álvarez de Sotomayor, que acababa de recuperar su cargo como director del Museo del Prado con la llegada de Franco.

El museo es grande, salas amplias, suelo de parqué y una luz extraordinaria que llega de unas inmensas bóvedas acristaladas. Tres estancias estaban dedicadas a Velázquez, dos al Greco y otras dos más a Goya. Mueven los cuadros desde la pinacoteca a la estación de trenes en camiones. “Hubo un problema de última hora porque habían desaparecido unas cuantas cajas de algunos cuadros. Así que mi tío tuvo que montar una caja dentro de uno de los vagones para transportarlos”, recuerda. Las cajas que siguen vivas son las que ha hecho su familia a la salida. Han bailado por la costa levantina, padeciendo la improvisación de un Gobierno a la fuga desesperada.

Estalla la Segunda Guerra Mundial

Una semana de trabajo trepidante, descolgando, encajando, cargando, revisando el inventario. No había tiempo que perder, todo empezó a moverse la misma noche en la que se cerró el museo al público. Una nueva guerra estaba a la vuelta. “El último tren que pasó por la frontera de Ginebra fue el nuestro. Luego, Francia cerró sus aduanas. En el camino de vuelta, nos dejaban horas en vías muertas, porque tenían preferencia los trentes franceses”.

El gobierno movilizaba a su ejército por todo el país y hay un museo que recorre Europa metido en vagones como alma que lleva el diablo, con las bombas pisándole los talones durante tres años, salvo el espejismo suizo. En Lyon quedaron retenidos varias horas. Con las luces apagadas, las cortinillas echadas y sin poderse asomar más que por las venanillas derechas. Así llegaron el 7 de septiembre a Hendaya. En Irún toda la delicada carga vuelve a moverse, ahora a los vagones españoles. El ancho de vía.

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En San Sebastián Arpe y Retamino observa que del vagón de Las meninas y la Familia de Carlos IV los embalajes habían cedido y desbordaban el vagón. Podría reventar en el primer túnel. El tren no puede salir. Hay que retrasarlo todo y alterar el itinerario trazado al minuto. El tío de Ángel da vueltas a una nueva solución, otra colocación de los cuadros. Una tarea que requiere de ayuda y es de noche. Al jefe de estación le cuesta entender que todo debe aplazarse. Horarios, cruces, todo queda anulado hasta corregir la carga. Una vez más, todo en el aire, en manos de la casualidad.

Es tarde, apenas hay luz y deciden que todo queda aplazado hasta la mañana siguiente. Los vagones son cómodos, cuenta Ángel. Pero la fragilidad de la carga angustia a sus mayores, a los que les cuesta coger sueño a pesar del intenso trabajo de los últimos días. Juan Macarrón se anticipa, tiene reflejos, se adelanta siempre a la burocracia y lo soluciona con una carpintería del pueblo más cercano, que trae material y operarios para poner remedio al desaguisado. El tren echa andar y llega a la Madrid arrasada por los mismos que ahora la protegen, con miles de personas agolpadas para recibir el cargamento, en la estación del Norte.

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Ángel Macarrón tiene 93 años. “El próximo noviembre cumpliré 94”, no es una esperanza, es una promesa. Su casa próxima al parque del Retiro tiene cuadros de los mejores pintores que pasaban por el negocio familiar. Él fue el más joven de todos en otros tiempos, cuando aquellos pintores tan poderosos se hicieron tan débiles.

Goya, Velázquez, El Bosco, Tiziano, Tintoretto, Rubens, El Greco, Durero, Rafael, Ribera, Zurbarán, Patinir, Van der Weyden, Cranach, Mantegna, Brueghel, Van Dyck, Veronés. Pintores sin ideología, artistas de cámara entregados a convertir a sus clientes en héroes, en santos, en tipos inquebrantables e indestructibles. En figuras amenazadas por un mundo para el que no fueron creados.

por PEIO H. RIAÑO, EL CONFIDENCIAL