15 octubre, 2018

El tesoro que late en el corazón de la catedral

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La basílica compostelana guarda en sus entrañas piezas de un enorme valor que solo la fama de joyas como el pórtico de la Gloria o el Códice Calixtino ha eclipsado para el gran público

Los tesoros que alberga la Catedral de Santiago no cabrían en una página de periódico. Ni tan siquiera en la que es probablemente la obra más completa escrita sobre ellos, el libro Los tesoros de la Catedral de Santiago (Teófilo Edicións), de Ramón Yzquierdo Peiró. Es tal el volumen patrimonial que guarda el corazón de la basílica compostelana -el Archivo, el Tesoro y el Museo- que a muchas de sus obras a menudo no se les presta la atención debida. Son luces únicas algo ensombrecidas por el fulgor que emana de piezas como el Tumbo A, el libro que recopila la documentación fundacional del templo, el Códice Calixtino, archiconocido desde su robo y posterior recuperación, o el recién restaurado pórtico de la Gloria.

El Tesoro catedralicio recibe al visitante con la Capilla de las Reliquias, que es también el panteón en el que descansan reyes galaico-leoneses como Fernando II y su hijo, Alfonso IX, figuras clave de la historia jacobea. En el inmenso relicario, sobre el magnífico busto de Santiago Alfeo, está la Cruz de Alfonso III, donada en el 827. La original desapareció de este lugar en 1906 y nunca más se supo de ella.

En una estancia contigua está la Sala del Tesoro, repleta de piezas litúrgicas de orfebrería de gran valor. Entre ellas, y exhibidas en el interior de una caja fuerte para evitar robos, está una custodia de mano, un copón y un cáliz de oro, brillantes y piedras preciosas que son los de mayor valor monetario. La última vez que salieron de su urna blindada fue durante la visita del papa Benedicto XVI.

En el Museo entran cada año 200.000 personas. Son muchas, pero representan menos del 7 % de los tres millones de visitantes anuales que tiene la Catedral. Por sus salas hay joyas como la biblioteca capitular o el gallardete que llevaba la nao capitana de la Liga Santa en la batalla de Lepanto (14 de agosto de 1571) y que don Juan de Austria donó al Apóstol por su apoyo en la lucha que frenó la expansión turca en el Mediterráneo. El propio Santiago, ataviado como peregrino, aparece en el estandarte.

Otro de esos tesoros poco conocidos es el retablo que el párroco de Chale, en la isla inglesa de Wight, entregó como ofrenda de su peregrinación en el Año Santo de 1456. John Goodyear hizo el viaje con esta joya procedente del taller de Nottingham. Fuera de Galicia tampoco se conoce suficientemente que la tercera colección de tapices más importante de España está en la Catedral compostelana. Los más famosos son los de Rubens y los hechos sobre cartones de Goya por la Real Fábrica de Madrid. La falta de espacio hace que solo se expongan unos pocos de los muchos que guardan las entrañas de la basílica.

Hasta el Maestro Mateo se hace sombra a sí mismo. El Pórtico eclipsa otra obra maestra como fue su Coro Pétreo, que ocupó los cuatro primeros tramos de la nave central cuando la basílica se consagró en 1211. En 1604 fue sustituido por uno de madera. Algunas piezas se reutilizaron y otras se usaron como material de relleno. Idéntica suerte corrió el último gran hallazgo arqueológico, una estatua-columna procedente de la desaparecida portada mateana del Pórtico.

El Archivo teme más un incendio que otro robo como el del Códice Calixtino

Los libros más valiosos de la Catedral están cobijados en una caja fuerte acorazada secreta protegidos por cámaras y alarmas

Mucho han cambiado las cosas en la Catedral de Santiago en lo que a seguridad se refiere. El catalizador de esta positiva transformación fue el famoso robo, en julio del 2011, del Códice Calixtino, al que muchos expertos consideran como la mayor joya bibliográfica de Galicia. Justo un año después fue recuperado y su ladrón -hoy todavía en prisión- detenido. El incidente conmocionó hasta tal punto a la Iglesia que se implementó un nuevo plan de seguridad para blindar todo el templo y en especial el Archivo, el núcleo de la basílica y donde se custodian los documentos y libros antiguos de mayor valor histórico y patrimonial. Más de cien cámaras, una sala de pantallas y alarmas en todas las estancias hacen que, hoy en día, la mayor preocupación ya no sea un intruso, sino un posible fuego. Por ello el coordinador de seguridad, Ricardo Sanz, trabaja ahora en la actualización del plan contra incendios.

El Archivo catedralicio cuenta con oficina, biblioteca, sala de pergaminos y sala de investigadores en su planta superior. Abajo, dos salas repletas de libros antiguos y documentos -más de 11.000 de época medieval- guardan tesoros bibliográficos que son la esencia viva de la historia del templo y de las peregrinaciones a Compostela. Tres urnas vacías están reservadas en este espacio a los libros más emblemáticos que posee la Catedral: el Calixtino, el Tumbo A y Breviario de Miranda. Solo se exponen durante las visitas guiadas para pequeños grupos que pueden concertarse con reserva previa. El resto del tiempo están guardados en una cámara acorazada secreta cuya ubicación solo conocen el archivero, Francisco Buide del Real, un selecto grupo de trabajadores y algunos canónigos.

Si el Códice Calixtino es el libro clave del universo jacobeo, el Tumbo A -ambos del siglo XII- recoge la documentación de la donación regia a la Catedral y es, por tanto, fundamental para conocer la historia del descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago y de la creación de la basílica compostelana. El Breviario de Miranda (siglo XV) es un manuscrito de uso litúrgico con vistosas miniaturas.

En el Archivo catedralicio el peso de la historia es inmenso. Allá donde se mire hay una pieza de la eternidad de Compostela. Por algo una de esas dos estancias nobles es conocida como la Sala del Voto, porque alberga el documento del Voto de Santiago, el tributo que Ramiro I fijo para todos los habitantes de sus reinos por la ayuda que el Apóstol brindó a las tropas cristianas en la batalla de Clavijo (834). El impuesto no se suprimió definitivamente hasta 1837.

Control de accesos y prohibición de entrar con mochilas y objetos punzantes

Antes del robo del Códice Calixtino, un único guardia de seguridad vigilaba el interior de la Catedral. Hoy hay dos en la entrada (Platerías) y salida (San Martín Pinario) del templo. El control de acceso es exhaustivo y está prohibido entrar con mochilas u objetos punzantes. No solo como precaución ante ataques terroristas, «sino para proteger a las personas, que son lo más importante, y también al patrimonio», explica Ricardo Sanz, que además de coordinador de seguridad de la basílica es presidente del Comité Internacional del Consejo de Protección de Patrimonio Cultural de la asociación Asis Internacional. Otro guarda está destinado en la sala de pantallas, en la que además deben acreditarse obligatoriamente todas aquellas personas que vayan a acceder a las estancias interiores del edificio. El resto están destinados en las naves del templo para garantizar que los visitantes no causen daños.

Artículo original de Xurxo Melchor para La Voz de Galicia
Foto: Paco Rodríguez