9 diciembre, 2014

El Reina Sofía recuerda a Luciano Fabro, el artista experimental

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El Museo Reina Sofía presenta en el Palacio de Velázquez (parque del Retiro) la primera gran antológica del artista y escritor italiano Luciano Fabro realizada después de su fallecimiento, en 2007.

A través de 60 obras, entre esculturas e instalaciones, la muestra recorre los principales temas y preocupaciones de un creador que siempre «estuvo muy interesado en la experiencia» y al que le gustaba ver «cómo se relacionaban una obras con otras», en un espacio donde incluso llegan a «desparecer», explicó ayer durante la presentación el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel.

Perteneciente a la generación de los años 60, lo que diferencia a Luciano Fabro del resto de sus colegas del arte povera –al que no se consideraba adscrito, aunque sí se sentía heredero de los conceptos espaciales de Fontana– es «su sentido clásico del arte, por lo que supone de ruptura. Fabro tenía en cuenta la tradición, la historia en referencia al Barroco, a los mitos clásicos…», señala Borja-Villel.

En perfecta complicidad con el interior del Palacio de Velázquez –«para Fabro el ambiente es fundamental y es algo que tiene que ver con el espacio, no sólo físico, sino también psíquico y mental»–, las obras del artista italiano conjugan la modernidad con materiales austeros (una de las cacterísticas del arte povera), la teatralidad y la tradición (en respuesta a la hegemonía artística norteamericana de aquellos años), provocando sobre el espectador una experiencia inclasificable y única.

En la muestra se pueden ver series de piezas –«costelaciones de obras en grupo», según el comisario de la muestra, Joao Fernandes– fundamentales en el catálogo del artista, como las «Italias». Iniciada en 1968, podría entenderse como una respuesta a la serie que Jasper Johns dedicó a la bandera estadounidense. A través de esta «declinación de las formas para tratar el fondo», Fabro explora, con distintos materiales, el perfil geográfico de la «bota», creando así una metáfora de la situación política de Italia. También se puede ver su conocida serie «Piedi», monumentales pies que realizó, entre 1968 y 2000, en distintos materiales y sobre los que coloca una forma de columna, con la que vuelve a hacer un guiño a la tradición. «Fabro interroga conceptos clásicos como el peso y el equililbrio», indica Fernandes. La exposición incluye también sus esclavos, en alusión a los de Miguel Ángel, representados por cuatro bloques de mármol de carrara (de nuevo un retorno a la tradición y a la naturaleza) encadenados a cuatro columnas.

Subvertir los géneros

Otro de los motivos que llevan al artista a revisitar el pasado es el de «subvertir los géneros, transformando la escultura en una manifestación del dibujo», indica el comisario. Algo que sucede en su obra «Attaccapanni di Napoli», uno de los mayores momentos barrocos de Fabro. Se trata de una especie de «colgadores» realizados con telas plegadas pintadas de colores intensos siguiendo los de las puestas de sol. Otros materiales cotidianos, como las sábanas, son utilizados de tal manera que «recuerdan a los pliegues de las vestiduras del Renacimiento». Una de las piezas centrales de la exposición antológica es la que recibe al visitante nada más entrar, «Prometeo», obra con la que Fabro recuerda el accidente de Chernóbil, «y la acción humana sobre el mundo. Las tragedias del siglo XX».

La muestra ha contado con la colaboración de la hija del artista, Silvia Fabro, cuyo objetivo en los dos años de preparación ha sido el de «mantener la vitalidad y la energía de la obra». Otro de los frutos de esta colaboración será la publicación de un catálogo.

Por Susana Gaviña