25 enero, 2011

El principe negro (episodio IV): Guerra en Castilla y Batalla de Nájera

Cabecera_Principe_IV

Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

La llamada “Reconquista Española”, interregno histórico que abarca desde el año 711 a 1492 comprende a su vez varios períodos y etapas. Antes de exponer este episodio en el que se mezcla el Príncipe Negro e Inglaterra en la política castellana, es preciso aclarar que la denominación de “Reconquista”, es posterior al propio hecho en sí, como generalmente ocurre en la historia, de hecho estamos hablando del “príncipe Negro”, cuando ninguno de sus coetáneos le llamó nunca así, sino que fueron los narradores posteriores de sus hazañas o sus fracasos.

Figura_1La relación con Inglaterra se inicia durante el reinado de Eduardo III, estableciéndose a partir de entonces una serie de alianzas, basadas en lazos matrimoniales y que se suceden a los largo de los años, culminando con Catalina, esposa de Enrique VIII, cuya anulación al haber estado casada anteriormente con el heredero al trono de Inglaterra: Arturo Tudor, solicitó al Papa y al serle denegado, le incitó al cisma, naciendo la Iglesia Anglicana. María Tudor, hija de los anteriores, fue reina y al casarse con su sobrino, Felipe II, por única vez en la historia, las dos naciones tuvieron los mismos reyes.

A partir del siglo XI el poder musulmán en el oeste del Mediterráneo, se debilita. Surgen una serie de movimientos en el norte de África, que se convierten en imperios efímeros, cruzando el estrecho de Gibraltar, sometiendo a los reinos taifas y deteniendo momentáneamente el avance cristiano hacia el sur, son los almorávides, almohades y benimerines o meriníes, culminándose con la batalla del Salado (1340), entre Alfonso XI (Figura 1) y el sultán Abu el Hassan, terminándose con ella las invasiones musulmanas a la península Ibérica.

Cincuenta años antes tiene lugar la gesta de la defensa de Tarifa por Alonso Pérez de Guzmán, que ha pasado a la historia como “El Bueno”. Como curiosidad, el epíteto de “Bueno”, no lo fue en realidad, dado que el apellido Guzmán, proviene de bueno que en el idioma godo se decía “gods” o “goths”, unido a la también palabra goda, “manna” o “mann”, que significaba hombre (enciclopedia Sopena, edición 1935). También he oído otra versión, consistente en que proviene de las palabras inglesas “good”, bueno y “man”, hombre, pero desde luego todo esto se produce muchos años antes de la intervención de las huestes anglo-gascona, al mando del príncipe Negro en la política de Castilla. En muchos documentos el rey habla de sus “guzmanes”, señalando con ello a los hombres de armas que estaban más cercanos a su persona y que eran sus compañeros en la guerra.

La política interior de los reinos cristianos de la península Ibérica, tenían una concepción distinta a la que ya se había consolidado en el resto de Europa, en la cual los territorios gobernados por el rey tenían una concepción primaria de Estado, de tal forma que todos ellos pasaban íntegros a su heredero, por supuesto con toda la carga de señores feudales, con los que el monarca mantenía únicamente unos leves lazos de vasallaje. Sería largo exponer las relaciones de vasallaje entre el propio príncipe Eduardo, duque de Aquitania con su señor natural el rey de Francia, tal vez para comprender los lazos feudales y la jerarquización del vasallaje, deberíamos tratarlo en un recuadro específico.

Figura_2¿Quiere decir lo anterior que los reinos españoles eran más “medievales” que los europeos? Rotundamente no, en las “Reflexiones de la Historia de España”, recuadros históricos que se publicarán en breve, repasaremos nuestra historia y comprobaremos que debido a la guerra permanente a que estaban sometidos los cristianos, a causa de la algaras musulmanas, el poder real no era tan absoluto y además un campesino podía alcanzar la categoría de caballero, cosa que no ocurría en otros lugares.

Pero en Castilla y Aragón, los reinos eran patrimoniales, de tal forma que al morir el soberano, dividía el reino entre sus hijos varones, a veces hasta entre las mujeres, lo que provocaban luchas entre ellos para volver a unificar los reinos divididos. También y como consecuencia de ello, existía una política matrimonial, casándose primos entre sí, necesitándose la dispensa papal, e incluso la solicitud de anulación por consaguinidad, lo que provocaba más inestabilidad, dado que podía haber descendencia del matrimonio anulado.

La historia medieval de nuestra nación, debido a la existencia de diversos reinos, que se unían y desunían, junto con la repetición de nombres, diferenciados por el numeral que ostentaban, hace que para encuadrar todo el conjunto, se publicaba en mi época de estudiante, un enorme cuadro sinóptico, en donde figuraban por orden cronológico, reyes y reinos, entrelazados y enredando más la complejidad del cuadro, con los emires, califas y reinos taifas musulmanes.

Alfonso XI, rey de Castilla y León, tras la victoria en la batalla de El Salado, conquistó Algeciras y puso sitio a Gibraltar, pudiéndose decir que fue el último rey “conquistador”, teniendo que transcurrir casi doscientos cincuenta años para la conquista del reino nazarí de Granada. Si Alfonso fue un gran rey, no lo fue tanto en lo moral, ya que casado con María de Portugal, tras darle un heredero, Pedro (otro hijo anterior, Fernando, falleció al año de nacer), la abandonó y se unión sentimentalmente con una viuda noble y parece ser una mujer hermosísima Leonor de Guzmán, con la que tuvo diez hijos, algunos antes de separarse de su legítima esposa, a todos los cuales trató como “infantes” de Castilla, concediéndoles señoríos y prebendas que les hicieron ser los personajes más poderosos del reino, en detrimento de su heredero.

Figura_3Mientras tanto María de Portugal mal vivía en Sevilla, cuidando y educando a su hijo Pedro, el cual creció con odio a su padre y a sus hermanastros. De los diez hijos de Alfonso XI: Pedro, Sancho, Enrique y Fadrique, nacieron antes que el futuro rey de Castilla, falleciendo el primero a los ocho años, el segundo tenía una minusvalía que le incapacitaba para reinar, así que los supuestos derechos de los hijos de Leonor de Guzmán recaían en Enrique, el cual aunque tenía un hermano mellizo, le correspondía el honor al haber salido primero del seno materno. Este Enrique, tras la guerra que ocupa este Recuadro de la batalla de Nájera, tras asesinar a su hermano Pedro, fue proclamado rey de Castilla con el nombre de Enrique II “el de las Mercedes”, iniciándose con él la dinastía de Trastamara.

El sistema de partición del reino entre los hijos del monarca, propició guerras civiles y fratricidios para hacerse con el poder, sin embargo la que originaron Pedro I y Enrique II, fueron más allá de sus personas, tomando partido por uno u otro, los nobles y jerarquías cristianas castellanos, los demás reinos peninsulares e incluso las dos grandes potencias europeas: Francia e Inglaterra, pudiendo denominarse a esta guerra, como enmarcada en la guerra de los “cien años”, y la primera civil española.

Alfonso XI murió de peste en el sitio de Gibraltar y desde aquel momento comenzó la lucha por la sucesión, por un lado los hijos de Leonor de Guzmán y por otro, Pedro, apoyado por su madre, María de Portugal y por Juan Alfonso de Alburquerque, noble portugués que le había servido de ayo. En el primer envite, con solo 16 años, por 17 de su hermano Enrique, quedó victorioso, creyendo que con ello se consolidaba en el trono.

Figura_4Una grave enfermedad que hizo temer por la vida de Pedro I, abrió de nuevo la caja de los truenos, dado que reclamaban sus derechos por “mejor sangre”, Fernando de Aragón, sobrino carnal del rey difunto y Juan Núñez de Lara, descendiente directo de los infantes de La Cerda.

En estos recuadros hemos escrito en más de una ocasión, que causas exógenas pueden torcer el rumbo de la historia, concretamente en aquellos años, Europa y por ende los reinos españoles se enfrentaban a la mayor epidemia que ha conocido Occidente, falleciendo a causa de la misma la tercera parte de la población.

Tiempos de pesadumbre, teniéndose que buscar un culpable ante la ira divina, aprovechado por los descontentos y partidarios de los hijos de Leonor de Guzmán, para centrar toda la atención en el monarca, el cual bien aconsejado por su valido Alburquerque tomó por esposa a Blanca de Borbón, de la casa real de Francia, pero su carácter inestable la hizo recluirla en un castillo, para unirse a su amante María de Padilla, motivo por el que se creó un nuevo enemigo en la figura del monarca galo.

Figura_5Vida turbulenta la de don Pedro, siendo difícil seguir su biografía a través de sus amantes, las cuales abandonaba repentinamente para volver a recuperarlas meses después. Casó en segunda nupcias, viviendo su legítima esposa Blanca de Borbón, con Juana de Castro. Excepto de Blanca, con la que parece no llegó a consumar el matrimonio, con todas tuvo hijos, distorsionando aún más el panorama político castellano.

Si bigamia provocó una grave crisis en la Iglesia Católica, al exigir el monarca a obispos castellanos que refrendaran la legalidad del nuevo matrimonio.

Pedro I, se ganó bien el sobrenombre de “el Cruel”, debido a la gran cantidad de asesinatos que ordenó cometer: hermanos, grandes señores del reino, sus esposas, hijos, etc., todos fueron presas del monarca, el cual cada vez tenía menos partidarios, perdiendo el apoyo de su madre María de Portugal, de tal manera que en 1366 tuvo que huir de Castilla y refugiarse en Burdeos, en la corte del príncipe Negro.

Su hermano Enrique, fue entronizado rey, por la nobleza castellana, tomando el nombre de Enrique II, en aquel momento hubo dos monarcas en Castilla. A Pedro lo apoyó el príncipe Negro e Inglaterra y a Enrique, Beltrán Du Guesclin y Francia, nos encontramos en el inicio de la etapa que culminó con la batalla de Nájera.

El príncipe Negro llamó a la movilización general en octubre de 1366, disponiendo en enero de un potente ejército, reclutado en Inglaterra, Aquitania y otras compañías que estaban sin “trabajo” debido a la paz en la llamada “guerra de los cien años”.

Desde Burdeos las tropas se concentraron en Dax, iniciándose conversaciones con Carlos el Malo, rey de Navarra, dada la imposibilidad de acceder a Castilla por la facilidad de defensa del paso de Roncesvalles. Tras firmar un acuerdo, con el que se desgajaba aún más, las tierras del reino castellano, visto que anteriormente había cedido algunos al propio príncipe Negro, el ejército penetró en la Península por San Juan de Pie de Puerto, pasando por Pamplona, Salvatierra, Vitoria hasta alcanzar Logroño, lugar donde se enfrentarían al ejército de Enrique II, el “bastardo” y “rey intruso”, apoyado por la flor y nata de la nobleza del reino, por los demás reyes peninsulares y por Francia, el cual había enviado a su mariscal Beltrán Du Guesclin, con un fuerte contingente de soldados (Figura 2).

El mariscal francés, conociendo la habilidad militar del príncipe y la fortaleza de sus tropas, principalmente sus arqueros, aconsejó a Enrique II que no se enfrentara a él en batalla campal, siendo preferible llevar a cabo una guerra de hostigamiento continuo, de tal manera que le obligara a replegarse por desgaste y por no poder mantener durante mucho tiempo, tan alto número de soldados, sin las riquezas que les había prometido, pero no fue escuchado por el rey, que estaba convencido de su superioridad militar sobre su adversario, debido a su mayor número y contar con los mejores caballeros de los reinos peninsulares.

El día 1 de abril de 1367 los dos ejércitos casi se encontraban a la vista (Figuras 3 y 4). En las proximidades de Logroño, el príncipe Negro, contestó a la carta que días ante le había enviado Enrique, reprochándole la invasión, dirigiéndose a este, no como rey, sino como “conde de Trastamara”, lo cual fue tomado como una humillación por Enrique, contestando a su vez, enumerando los crímenes cometidos por Pedro I. He aquí el texto de las dos misivas, extraídas de la conferencia, cuyo texto se encuentra en Internet de Alonso Vélaz de Medrano (http://www.vallenajerilla.com/berceo/rioja-abierta/batallanajera.htm).

Figura_6CARTA DEL PRÍNCIPE DE GALES A ENRIQUE II
Eduardo, hijo primogénito del rey de Inglaterra, príncipe de Gales y de Guiena, Duque de Cornualles y Conde de Cestre: Al noble y poderoso príncipe don Enrique, Conde de Trastamara:

Sabed que, en estos días pasados, el muy alto y muy poderoso príncipe don Pedro, rey de Castilla y de León, nuestro muy querido y muy amado pariente, llegó al principado de Guiena donde nos estábamos y nos hizo entender, que, cuando el rey don Alfonso, su padre, murió, todos los de los reinos de Castilla y de León le recibieron pacíficamente y tomaron por su Rey y Señor, entre los cuales fuisteis vos uno de los que así le obedecieron y estuvisteis gran tiempo en su obediencia.

Y dice que, después de esto, ahora puede hacer un año, que vos, con gentes y fuerzas de diversas naciones, entrasteis en sus reinos y se los ocupasteis y os Llamasteis Rey de Castilla y de León; y le tomasteis sus tesoros y sus rentas y le tenéis su reino así tomado y forzado y decís que lo defenderéis de él y de los que le quisieren ayudar. Por lo cual, estamos muy maravillados de que un hombre tan noble como vos, hijo de rey, hicieseis cosa tan vergonzosa contra vuestro rey y señor.

Y el rey don Pedro envió a contar todas estas cosas a mi señor y padre, el Rey de Inglaterra, y le requirió auxilio, lo uno por el gran deudo y linaje que las Casas de Inglaterra y Castilla tuvieron juntas (no olvidemos que Eduardo I de Inglaterra casó con Leonor de Castilla) y también por las ligas y confederaciones que el dicho rey Don Pedro tiene hechas con el rey de Inglaterra, mi padre y mi señor. Y conmigo, que le quisiese también ayudar a retomar su reino y cobrar lo que es suyo.

Y el rey de Inglaterra, mi padre y mi señor, viendo que el rey Don Pedro, su pariente, le enviaba a pedir justicia y derecho y cosa razonable a que todo rey debe ayudar, quiso así hacerlo y nos envió el mandato de que, con todos sus vasallos y valedores y amigos que él tiene, le viniésemos a ayudar y confortar según cumple a su honra.

Por esta razón nos encontramos aquí y estamos hoy en el lugar de Navarrete, que está en los términos de Castilla. Y porque, si fuese voluntad de Dios que se pudiese evitar tan gran derramamiento de sangre de cristianos como acontecería si hubiese batalla, de lo cuál sabe Dios que, a nos, pesará mucho.

Por ello, os rogamos y requerimos, de parte de Dios y del Mártir San Jorge, que, si os place que nos seamos buen medianero entre el dicho rey Don Pedro y vos, que nos lo hagáis saber y nos trabajaremos para que vos encontréis ventajas en sus reinos y en su buena gracia y merced, para que, honrosamente, podáis vivir holgadamente y gozar de vuestro estado y condición. Y si algunas otras cosas tuviese que aclarar entre él y vos, con la merced de Dios, procuraremos ponerlas en tal estado que vos quedéis bien satisfecho.

Y si esto no os place y queréis que se libre la batalla, sabe Dios que ello nos desagradará mucho; sin embargo, no podemos excusar ir con el dicho rey Don Pedro, nuestro pariente, por el reino; y si algunos quisiesen obstaculizar los caminos a él ya nos, que con él vamos, nos haremos mucho con la gracia de Dios.

Escrita en Navarrete, villa de Castilla, a primero de abril.

Figura_7CARTA DE DON ENRIQUE II A EDUARDO DE GALES
Don Enrique, por la gracia de Dios rey de Castilla y de León: Al muy alto y poderoso príncipe don Eduardo, hijo primogénito del Rey de Inglaterra, Príncipe de Gales y Guiena, Duque de CornuaIles y Conde de Cestre:

Recibimos, por un haraute (heraldo), una carta vuestra en la que se contenían muchas razones que os fueron dichas por ese nuestro adversario, que ahí está.

Y no nos parece que habéis sido bien informado de cómo ese nuestro adversario, en los tiempos que tuvo estos reinos, los rigió en tal manera que, los que lo saben y lo oyen, se pueden maravillar del por qué ha sufrido él tanto por perder el señorío que tuvo.

Que todos los de los reinos de Castilla y de León, con muy grandes trabajos, daños y peligros de muertes y de mancillas, sufrieron las malas obras que él hizo hasta aquí; pero ya no las podían encubrir ni sufrir más; tantas malas obras, que serían muy largas de contar.

Y Dios, por su merced, tuvo piedad de todos los de estos reinos, por que no fuera este mal cada día mayor… y no habiendo hombre de todo su señorío que hiciese otra cosa que obedecerle; y estando todos con él para ayudarle y servirle y para defender los dichos reinos, en la ciudad de Burgos Dios dio su sentencia contra él, porque, de su propia voluntad, los desamparó y se fue.

Y todos los de los reinos de Castilla y de León, tuvieron por ello un gran placer, seguros de que Dios les había enviado su misericordia para librarlos de un señorío tan duro y tan peligroso como tenían.

Y todos los de los dichos reinos vinieron, de su propia voluntad, a tomarnos por su Rey y su Señor, tanto Prelados, como Caballeros y Fijosdalgos, como Ciudades y Villas.

Por tanto, entendemos, por estas cosas susodichas, que esto fue obra de Dios y que por voluntad de Dios y de todos los del reino nos lo fue dado, vos no tenéis razón ninguna para impedírnoslo.

Si la batalla hubiese de celebrarse, sabe Dios que no nos agradará. Sin embargo, no podemos excusarnos de poner nuestra persona a la defensa de estos reinos, a los que tanto derecho tenemos, contra cualquier enemigo que los ataque.

Por todo esto os rogamos y requerimos, con Dios y con el Apóstol Santiago, que vos no queráis entrar con tanto poder en nuestros reinos, haciendo en ellos daño alguno, que, si lo hacéis, no podremos excusar defenderlos.

Escrita en nuestro Real, cerca de Nájera, segundo día de Abril.

La composición de los dos ejércitos y los órdenes de batalla, difieren en algunas partes según las fuentes, pero en lo que todas están de acuerdo, es que el príncipe de Gales desconcertó a Enrique II sobre su llegada y despliegue. El último tenía una concepción del combate, totalmente medieval, consistente en elegir un terreno y atacar frontalmente línea tras línea, hasta vencer el que más resistencia tuviera, pero ya hemos visto en los Recuadros de la Historia de las batallas de Crecy y Poitiers, que este modelo no rezaba para Eduardo, el cual, dentro de la zona establecida para dar la batalla, elegía la de menos expectativa para entrar en ella y previamente tenía pensado el terreno en donde sus tropas desplegarían, incluso en caso de tener tiempo, “preparaba” la posición, protegiéndola con estacas.

Figura_8Eduardo analizaba concienzudamente todos sus encuentros, él personalmente efectuaba un exhaustivo reconocimiento del terreno, acompañado de sus generales, con objeto que todos entendieran lo que se pretendía de cada una de sus facciones. En las batallas del siglo XIV las modificaciones del dispositivo durante la misma eran prácticamente imposibles, a no ser que estuvieran perfectamente estudiadas, a lo sumo lo único que se podía hacer es utilizar alguna unidad que no estuviera empeñada en combate, con objeto de efectuar algún movimiento desbordante o envolvente sobre la línea enemiga (Figuras 5, 6 y 7).

El primer envite lo dio la derecha de la vanguardia castellana que, al mando de Du Guesclin, atacó la izquierda inglesa a cuyo frente se encontraba el duque de Lancaster, hermano del príncipe de Gales y Juan Chandos, el cual momentos antes de la batalla, había solicitado del príncipe que se le concediera llevar pendón cuadrado, distinción sólo concedida a unos pocos, en vez del triangular que llevaba. Eduardo de Inglaterra, accedió a la petición y entregando un cuchillo a Pedro I, le solicitó que hiciera el honor a su caballero de cortar una parte del pendón, para hacerlo cuadrado.

El ataque violento de Du Guesclin hizo retroceder a la línea inglesa. Presintiendo que en esa zona estaba la victoria, Don Enrique le siguió con sus tropas, pero el ala derecha de la vanguardia, al mando de los hermanos de Enrique II, Tello y Sancho, permanecían inmóviles en sus posiciones, cuando fueron atacados por parte de la retaguardia del príncipe Negro al mando del conde de Armagnac. No previendo dicho ataque, las tropas castellanas de dicho ala se pusieron en fuga. Armagnac, siguiendo las instrucciones de su señor, continuó profundizando en el despliegue contrario hasta alcanzar su retaguardia, volviéndose sobre la misma para desorganizarla.

A pesar de los esfuerzos del propio Enrique II, todo el ejército entró en estado de pánico y solamente pensó en la fuga, muriendo muchos de sus caballeros y peones ahogados en el río, al no poder pasar tantos a través del único puente existente en Nájera (Figura 8).

Tras la batalla de Nájera, Pedro I volvía a ser rey de Castilla, pero lo que había pactado con anterioridad, tanto con el príncipe Negro como con Carlos de Navarra, lo consideró excesivo. Además, en contra de los consejos de su aliado, que le recomendaba clemencia para volver a ganar a sus súbditos, se lanzó a unas terribles represalias contra todos los que habían luchado contra él.

Eduardo de Inglaterra, desengañado y enfermo, ordenó la retirada de sus tropas, las cuales regresaron a Burdeos, llevando a su comandante en jefe en una camilla, por no poderse tener en pie.

Dos años más tarde, Pedro I el Cruel fue derrotado en la batalla de Montiel (Ciudad Real) y poco después en un enfrentamiento personal con su hermano Enrique, fue asesinado por éste.

Aunque eran hermanos de padre, la historia considera que con Pedro I termina la dinastía de Borgoña y se entronizó la de Trastamara, la cual reinaría en Castilla hasta los Reyes Católicos.

Málaga, 17 de diciembre de 2010
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