31 marzo, 2014

El Museo Arqueológico realza sus tesoros

muso-arqueologico-nacional

Algo más de un año después de lo previsto, el Museo Arqueológico Nacional (MAN) echa de nuevo a andar. El edificio fue cerrado en verano de 2011 para rematar las obras de rehabilitación, que desde 2008 se habían acometido con el museo en marcha. Una vez resueltos los inconvenientes que salieron al paso (principalmente afianzar estructuras), el trabajo del arquitecto Juan Pablo Rodríguez Frade se integra sin fractura en el edificio que diseñó en 1867 Francisco Jareño.

El nuevo MAN es ahora un espacio luminoso que ha pasado de 7.000 a 10.000 metros cuadrados de exposición permanente. La superficie útil aumenta un 44%, con un incremento notable de los servicios al público. El director de la institución, Andrés Carretero, se muestra entusiasmado con la reforma. “Es estupenda. Ahora queremos duplicar el número de visitantes anuales. Teníamos unos 250.000, pero queremos llegar a 400.000 al año”. Y es que Carretero considera que esta remodelación lanza el Arqueológico hacia el futuro. Un impulso que desde hace décadas reclamaba este centro.

El recorrido por las vitrinas y paredes que acogen las 13.000 piezas, repartidas en 40 salas (desde la prehistoria al siglo XIX, con la figura y el tiempo de Isabel II como fin del relato), adquiere ahora una mayor coherencia narrativa y ofrece al visitante una experiencia más completa. El museo ha dejado atrás esa estela algo lúgubre que mantenía y propone una interacción mayor con el público, impulsada por la tecnología como eje (pantallas táctiles, tiflotecnología para invidentes, recreaciones virtuales, actividades alrededor de la colección…).

¿Y la inversión? El presupuesto final es de 65,2 millones de euros, repartidos en distintas partidas: arquitectura (33 millones), mientras que la museografía y la equipación han requerido algo más de 18 millones, por resaltar las cifras más gruesas. No parece una cifra desorbitada para una obra tan compleja.

La nueva forma de exhibir los fondos del MAN convierte la institución en un territorio sugestivo donde todo adquiere coherencia nueva. Las tres plantas en las que se reparte la colección han sido enriquecidas con una entreplanta más. Entre las propuestas más novedosas destaca la cámara acorazada de numismática, donde se conservan alrededor de 300.000 monedas y que acoge ahora una pequeña parte del tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que fue devuelta por orden de los tribunales a España tras el hallazgo realizado por la compañía Odyssey: más de medio millón de piezas de oro que están depositadas en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena (Murcia) y que será la primera exposición temporal de la nueva era del MAN.

Pero si hay una joya en las colecciones, más allá de las piezas de arte griego del legado Várez Fisa o de los hallazgos argáricos, o de las huellas egipcias, o de la sección dedicada a la España romana, es la dupla que forman la Dama de Elche y la Dama de Baza, las más altas expresiones del arte ibero (siglo III a.C). Ambas esculturas conservan su antigua ubicación en la planta del MAN, pero en el caso de la de Elche con una exhibición limpia y contundente que se aprecia desde el otro extremo de la sala de Protohistoria. En este espacio coinciden también la Dama de Galera y la de Ibiza.

El Arqueológico se convierte a partir del próximo 1 de abril, día en que quedará por fin abierto al público, en uno de las grandes catedrales culturales de Madrid. Revela no sólo cómo era nuestro pasado, sino cómo podemos habitar nosotros hoy en él. Con la hipermodernidad como impulso.

Juan Pablo Rodríguez Frade: “Éste es ya un museo del siglo XXI”

¿El proyecto original se ciñe al resultado definitivo?
Hemos cumplido, sí. Hubo que consolidar estructuras y resolver algún inconveniente técnico sencillo. Pero todo se ha ajustado a lo que se aprobó. La mayor complejidad se dio en la museografía. Se trata de una institución que exhibe alrededor de 13.000 piezas, lo que supone un gran desafío. Hay que dar a ese material extraordinario una coherencia y una narración. Y lo hemos conseguido.

¿Dice que resultó más compleja la museografía que la obra?
Así es. Había que tener en cuenta el discurso de cada conservador, las necesidades de sus departamentos y de las piezas a exhibir. Eso obliga a calcular hasta el extremo los espacios, su funcionalidad, y saber que uno trabaja condicionado por lo que se mostrará. Pero todo el mundo ha salido satisfecho.

¿Cuánto espacio ha ganado el edificio?
Unos 3.000 metros cuadrados de exposición permanente repartidos en tres plantas y una anteplanta. A la vez, recuperamos los patios que proyectó Francisco Jareño, el arquitecto inicial, a finales del siglo XIX. Hemos creado también dos auditorios, uno de 50 butacas de aforo y otro con casi 200 que cuentan con la tecnología más sofisticada y una excelente acústica. Son los visitantes los que salen ganando, pues se ha ganado también superficie para ellos y para un mayor número de actividades. Eso aportará más vida a esta institución. Respecto al terreno expositivo, el recorrido natural de la colección permanente es cronológico, lo que facilita no sólo la comprensión de las piezas expuestas, sino de la evolución de la Historia.

¿La entrada original mantiene su uso?
Sólo en ocasiones concretas. El público entrará ahora por la nueva puerta de acceso, en el lateral izquierdo si se contempla de frente el museo. Y es desde aquí donde podemos cumplir con el itinerario cronológico, que es importante para entender la narración.

¿Qué materiales ha utilizado?
Principalmente centramos la intervención en dos: mármol travertino y distintos tipos de madera, aunque prima la de Merbau. El travertino es un mármol que envejece muy bien y adquiere con el tiempo un sabor muy especial.

¿Cuál ha sido el mayor reto de esta aventura?
Cuando uno rehabilita debe de ser respetuoso con lo que había. Hay que intentar que la intervención sea
natural y que funcione con suavidad. Y desde el punto de vista de la museografía, dar a lo que se expone una coherencia de principio a fin, que emocione cada pieza, y generar un discurso accesible no sólo para expertos, sino también para el público. Por eso hemos diseñado espacios muy didácticos apoyados en textos, proyecciones y recreaciones. Es un museo tan completo que no es posible abarcarlo en una sola mañana. Es ya un museo de pleno siglo XXI.

Un elemento principal, y recuperado, es la luz natural.
El propósito es generar un espacio donde la luz de fuera reciba al visitante. Que el museo sea un espacio vivo. Protegiendo, por supuesto, las piezas sensibles de la acción del sol, pero generando una referencia para el visitante con el exterior. En la entrada está la zona de servicios y atención al público, el punto de encuentro, la librería y la cafetería, dando al nuevo acceso al museo una vivacidad que hasta ahora no tenía. Y todo esto con un presupuesto muy ajustado. Casi diría que un regalo. De esta obra (y de su bajo coste) podemos presumir.

Por Antonio Lucas en El Mundo.