30 julio, 2014

El martillo del arte

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Jussi Pylkkanen, posiblemente el mejor subastador del mundo, deja caer sobre la mesa de su despacho un pequeño martillo de madera y proclama: “El año pasado, esto vendió 2.000 millones de dólares”.

Tiene una rica historia esta “poderosa herramienta de trabajo”, que es como Pylkkanen se refiere a su humilde pieza de artesanía. Se la regalaron hace 20 años, poco después de entrar en Christie’s, la compañía que hoy preside, la mayor casa de subastas del mundo y un agente clave en el entramado global del arte. El martillo carece de radiactividad, como pudieron comprobar los agentes de aduanas de algún aeropuerto de Oriente Próximo al acercar a él un detector de ondas sospechosas. Los funcionarios tampoco encontraron nada extraño en su interior, después de desenroscar la base de la maza y examinar sus entrañas con una sofisticada cámara. Pero, acaso intuyendo su poder, quisieron confiscarlo. “Pues yo me quedo aquí con él”, les desafío Pylkkannen, “vamos juntos a todos lados”.

Este pequeño martillo ilustró la portada de un sesudo estudio de Cambridge University Press titulado Las dinámicas de la subasta. Y también sedujo a los editores gráficos del Financial Times. “¡Papá, sales en la portada del periódico!”, gritaban los hijos del presidente de Christie’s, subiendo a toda prisa las escaleras con el prestigioso rotativo en las manos para entregárselo en la cama a su padre. Para ser justos, no era él quien salía. Aquel día de 2008, el diario británico eligió el martillo de Pylkkanen para ilustrar una primera página que informaba sobre cómo la crisis se había extendido a todos los mercados. ¿A todos los mercados? En realidad, a unos más que a otros.

El año pasado fue el mejor jamás registrado en la historia de las subastas de arte, según el informe anual de Artprice.com, referencia del sector. Se vendieron obras por valor de más de 12.000 millones de dólares. La casa de subastas Christie’s –adquirida por cerca de mil millones en mayo de 1998 por François Pinault, uno de los hombres más ricos de Francia– vendió más en 2013 que en ninguno de sus 247 años de historia. Se batió también el récord absoluto de adjudicación de una obra de arte, cuando la noche del 12 de noviembre, en Nueva York, el martillo de Jussi Pylkkanen golpeó el atril después de que la esposa del magnate estadounidense de los casinos Steve Wynn ofreciera 142,4 millones de dólares por el tríptico Tres estudios de Lucian Freud, en el que el artista británico Francis Bacon retrató con dramáticas pinceladas a su colega en 1969.

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El fenómeno, no obstante, no es cosa de un solo año. En los últimos 10, el índice global de los precios del arte ha subido un 80%. Pero en el sector nadie habla de burbuja. Se trata más bien, dicen, de la alteración de las reglas de un juego que permanecían casi inmóviles desde hace más de un siglo. Hoy, abrupta o sutilmente, casi todas esas normas han cambiado.

Se respira la ansiedad esta mañana de junio en la sede de Christie’s en King Street, en el corazón del Londres aristocrático. Colin Kemp, el discreto portero, da la bienvenida a los visitantes que se acercan a contemplar las piezas de la subasta de la noche. Es como un museo, pero con el morbo añadido de que en las cartelas se incluyen las estimaciones del precio de mercado de las piezas. Los empleados se cruzan por el hall presidido por la majestuosa escalera de madera que conduce a las salas de exposiciones, que se transformarán al caer la tarde en escenario de la subasta.

La feria Art Basel acaba de terminar y el foco del mundo del arte se traslada, como cada año en la última semana de junio y la primera de julio, de la ciudad suiza a las grandes subastas londinenses de los eternos competidores Sotheby’s y Christie’s. A la entrada de la sala, Giovanna Bertazzoni, apasionada italiana que desde 2008 dirige el departamento de impresionismo y arte moderno, resume el ambiente con expresión grave: “Todo el mercado del arte se congrega hoy alrededor de esta nave central de la exposición. Es como un foro romano”.

Con un elegante vestido estampado en rosa y verde y su melena negra recogida, Bertazzoni nos guía por los lotes más importantes de los 60 que se subastarán esta noche. Parece conmovida aún hoy por la belleza de unas piezas que ha perseguido durante meses. Habla de “la explosión de colores” de un óleo de Franz Marc, y parece que ella misma fuera a estallar en pedacitos de colores.

Se detiene en el centro de la primera sala ante La mano, de Giacometti, la estrella a priori de la subasta, la elegida para ilustrar la portada del lujoso catálogo. Se trata de un brazo delgado de bronce, de 57 centímetros de largo, con el sello inconfundible del artista. “Hizo seis, y esta es la número uno”, explica Bertazzoni. “Le otorga una gran aura el hecho de ser la primera. La hizo para su primera exposición en Estados Unidos. Fue después de la guerra; ahí conoció América a Giacometti. Transmite mejor que nadie todo ese existencialismo, la emoción de vivir, el drama del Holocausto. Por eso es tan contemporáneo, porque seguimos en ese estado de ansiedad”. De la pared del fondo de la sala contigua cuelga una pieza cubista titulada Ja-Was?-Bild, de Kurt Schwitters, más grande que lo habitual en el artista alemán, construida con óleo y desechos de papel, cartón, tela, madera y clavos. Una y otra piezas, el giacometti y el schwitters, darán mucho que hablar, por motivos opuestos, al acabar la velada.

El mercado del arte se congrega en torno a esta sala. es como un foro romano”

Son las cinco de la tarde. El personal invita a los visitantes a abandonar la exposición. Ahora es cuando entra en juego David Gregory o, como se le conoce en la casa, “el hombre que hace que todo suceda”. Gregory lleva nada menos que 40 años en Christie’s. Empezó repartiendo el correo con 16 años y ahora es la persona que se encarga, en sus propias palabras, “de que todo cumpla con los estándares de calidad de la casa”. Gregory es el único autorizado para hablar con Sotheby’s, después de un sonado escándalo protagonizado por las dos compañías rivales a principios de este siglo. La justicia estadounidense y la europea, en una acción conjunta antimonopolística, les acusó de operar en secreto con los honorarios de los consignatarios. Aquel episodio acabó con el presidente de Sotheby’s condenado a prisión, culpable de organizar el esquema de determinación de precios. Christie’s se libró de las sanciones, pero ambas acordaron pagar 512 millones de dólares en indemnizaciones a los consignatarios y compradores afectados. Aquello, unido al impacto del 11-S, dejó a Sotheby’s en una delicada situación financiera de la que tardaría en recuperarse.

Bajo la serena supervisión de David Gregory, decenas de operarios en bermudas realizan en apenas una hora la transformación de la sala. Las paredes se desmontan, las persianas del techo se recogen y la luz natural sustituye a los sutiles focos que iluminaban las piezas expuestas. Sentada en un banco en el centro de la sala, Bertazzoni se despide de Giacometti mientras dos robustos brazos tatuados levantan la delicada representación del mismo miembro que esculpió el suizo. La modelo desnuda que yace en una butaca en el estudio de Niza de Matisse, dentro de un bellísimo cuadro pintado en 1921 por el artista francés, parece mirar aburrida una pantalla de televisión que le han colocado en frente. Un trabajador camina llevando un miró en una mano y un magritte en la otra, como si cargara dos bolsas de la compra en lugar de dos piezas que suman, en su estimación a la baja, un valor de 1,5 millones de libras. Gregory controla el trasiego de cuadros, sillas y carritos. La sala, presidida por un atril Chippendale de mediados del siglo XVIII, está lista para la subasta.

A las siete y media de la tarde no cabe un alma en la sala. La subasta de la noche de impresionismo y arte moderno está a punto de comenzar. Los compradores ocupan sus sillas y, a ambos lados, una treintena de empleados de la casa atienden los teléfonos por los que puja en torno a un 60% de los clientes de la noche. Preside la sala, en lo alto del atril, Jussi Pylkkanen. Junto a él, más abajo a su derecha, se sienta Nick Finch, con 30 años de experiencia en la casa, responsable del libro de subastas. La tarde anterior a la venta, Finch, encargado también de la formación de los empleados que atienden las pujas telefónicas, entrenaba en su despacho a cuatro candidatos. Hay un estricto procedimiento para las pujas telefónicas. Se trata de evitar que, por un malentendido o una simple interferencia, un cliente haya ofrecido, por ejemplo, 100.000 libras que no está dispuesto a desembolsar.

El origen de las subastas se remonta al Imperio Romano. Existen, como explica Don Thompson en su best seller de 2009 El tiburón de 12 millones de dólares, porque “las formas convencionales para establecer los precios son inadecuadas en el caso de artículos exclusivos como son las obras de arte. En lugar de utilizar algún tipo de proceso de consenso para valorar el esfuerzo artístico, la subasta utiliza la competición y el ego para conseguir el precio más elevado posible”. Proporcionan además un acceso fácil a la obra de arte, fuera de los exclusivos circuitos de los marchantes. Suponen, dicho entre todas las comillas del mundo, una democratización de la compra de arte. Cualquiera puede participar en una subasta y comprar un lote, si su presupuesto se lo permite.

Su mecánica original es sencilla. El propietario de una obra la consigna a la casa de subastas. La mayoría de las piezas llegan, como explica Don Thompson en su libro, a través de una o más de las cuatro des: deceso, divorcio, deuda y discreción. La casa de subastas estudia la pieza recibida, verifica su autenticidad y le otorga dos precios estimados, uno por lo bajo y otro por lo alto. Normalmente la estimación baja y la alta corresponden, respectivamente, al 65% y al 80% del mejor precio alcanzado en subasta hasta entonces por una obra análoga del mismo artista. La obra pasa a convertirse en un lote del catálogo de la subasta. Cualquiera puede registrarse para pujar, acreditando solvencia económica, y obtiene una paleta con un número. Empieza el juego. Los lotes salen de uno en uno y el subastador canta el precio de salida, por debajo de la estimación baja. El interesado levanta su paleta y se la muestra al subastador, que sube el precio a medida que se puja, en intervalos que dependen de la cantidad alcanzada. Cuando un postor realiza una oferta que ningún otro supera, el martillo golpea el atril y la obra se adjudica por el precio acordado. La casa de subastas cobra un porcentaje de ese precio al vendedor y otro similar al comprador.

En China se abre un nuevo museo cada tres días. Y están vacíos de contenido”

Hay más elementos. Por ejemplo, los precios garantizados. Se trata de acuerdos con el propietario de la obra por los que se asegura la compra a un determinado precio aunque este no se alcance en subasta. Son clave en la negociación entre las casas de subastas y los propietarios de obras para decidir con cuál se van. La garantía se convierte en el precio de reserva, que no se hace público, por debajo del cual la obra no se vende. A cambio de asumir ese riesgo, la casa pide entre un 10% y un 50% de lo que se obtenga por encima de ese precio. Esta práctica supone que algunos lotes están vendidos a un mínimo antes de que comience la subasta. Normalmente son terceros los que avalan esas garantías, pero su identidad no se hace pública. En las subastas, al margen de lo que se percibe a simple vista, pocas cosas son transparentes.

En lo que llevamos de siglo, el mercado del arte se ha convertido en algo “casi irreconocible”. Así lo define Georgina Adam, columnista de arte del Financial Times y autora del libro Big Bucks: the explosión of the Art Market in the 21st century (Grandes dólares: la explosión del mercado del arte en el siglo XXI), que llega este mes a las librerías británicas. Adam, que asiste a subastas desde los años ochenta, explica cómo, galvanizado por la entrada en el juego de Internet, de nuevos actores y de economías emergentes, el mercado del arte ha pasado en lo que va de siglo de un “comercio de nicho” a una “operación global con un valor estimado de 50.000 millones de dólares al año”. Muchos nuevos coleccionistas están dispuestos a pagar precios inflados. No quieren esperar. Lo explica Juan Várez, consejero delegado de Christie’s España: “Quieren las piezas aquí y ahora. Son compradores cuya vida ha cambiado rápidamente y desean que eso se refleje”.

Hasta este siglo, el coleccionismo de arte estaba básicamente dominado por EE UU y Europa. Pero desde 2004 la influencia de China, Rusia, Catar y Emiratos Árabes ha revolucionado el sector. China fue en 2013, por cuarto año consecutivo, el primer país en volumen de compras, por delante de EE UU. “En ese país se abre un nuevo museo cada tres días”, asegura Nixi Cura, directora del programa de Artes de China de Christie’s Education, que ofrece másteres de arte en Londres, Nueva York y Hong Kong. “Y son solo edificios, están vacíos de contenido”.

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Paul Hewitt, responsable de la apertura de nuevos mercados para Christie’s desde 2001, aporta un ilustrativo ejemplo de la eliminación total de las fronteras en este mercado global: “El año pasado tuvimos una venta de cerámicas chinas que procedían de una casa de campo inglesa. Las adquirió el norteamericano Steve Wynn, para regalárselas a las autoridades de Macao para que le facilitaran la apertura de casinos allí. Es decir: cerámica china de una casa inglesa que compra un estadounidense en Londres y acaba de nuevo en China”. Pero el gigante asiático es solo el principio. “El más reciente mercado donde hemos entrado es India”, explica Hewitt. “Seguimos el rastro del dinero. Siempre buscamos nuevos mercados”.

La salud del negocio del arte tiene menos que ver con el PIB que con el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en los ingresos. Por eso, si no contracíclico, sí que es un sector menos sujeto a los vaivenes de la economía global. En 2013 había 2.170 milmillonarios en el mundo, según el censo realizado por el grupo Wealth-X y el banco suizo UBS. La población mundial de milmillonarios ha crecido un 60% desde 2009. Una cuarta parte del total procede de Asia, donde el número de superricos creció el año pasado casi un 4% (en Europa descendió en la misma proporción). Y, según el mismo estudio, la primera pasión de los milmillonarios del mundo es el arte, seguido de los aviones privados y las propiedades inmobiliarias.

Steven Murphy es el consejero delegado de Christie’s desde 2010 y una de las personas más poderosas del mundo del arte. Arropado por una variada experiencia en empresas que van desde Walt Disney hasta Ralph Lauren, defiende sin matices la sostenibilidad del mercado del arte. “Lo que lo convierte en una historia sólida de crecimiento y no en un boom es que el número de compradores crece en todos los continentes”, explica. “El 30% de nuestros compradores el año pasado eran clientes nuevos. Nuestro carácter global nos coloca por encima de las situaciones particulares de la economía de las regiones. Hay más gente en todo el mundo que quiere comprar arte. A todos los niveles. En 2013 vendimos un 60% más de obras en papel que en 2012. La atención mediática llega con las ventas récord. Pero, entre tanto, la gama media vende a un nivel mejor que nunca”.

Comprar arte te introduce en una comunidad global. Es un estilo de vida”

Es a lo que se refiere Jussi Pylkkanen cuando dice que “el arte es la nueva religión”. “Este mundo se ha convertido en algo muy atractivo para mucha gente”, explica. “Cuando yo estudiaba en Oxford, una educación fantástica, les decía que quería trabajar en este mundo y me contestaban que estaba loco. Eso era en 1983. Ahora los jóvenes coleccionan y van a los museos. La atracción turística más visitada de Londres no es el palacio de Buckingham ni la abadía de Westminster: es la Tate. La Tate es la nueva iglesia y el arte es la nueva religión. Para el tríptico de Bacon teníamos seis compradores dispuestos a pagar 142 millones de dólares. Ser capaz de pagar eso por un objeto es increíble. Pero lo mismo sucede en cada nivel del mercado. Y una vez que empiezas a comprar arte, no puedes parar. Comprar arte te introduce en una comunidad global. Es un estilo de vida. Como me decía mi abuelo, solo se vive una vez. Y los poetas, los críticos de teatro y los pintores ven la vida de una manera diferente. Conócelos. Sé amigo de ellos. Forma parte de esa comunidad. Me lo decía mi abuelo y yo lo hice. Y es maravilloso”.

Son casi las nueve de la noche y la subasta de impresionismo y arte moderno no está alcanzando el nivel de ventas deseado. Nadie ha pujado por encima de la estimación baja por la modelo desnuda de Matisse, aunque a ella no parece importarle, y sigue impertérrita tirada en su butaca. Entonces llega el lote número ocho. El cuadro pintado por Schwitters en 1920. La pieza supera enseguida la estimación alta de seis millones de libras. Un murmullo se apodera de la sala cuando se rebasan los diez millones. Jussi Pylkkanen reparte juego entre dos compradores telefónicos. Sube de 200.000 en 200.000 libras. Extiende los brazos y los cruza, como trazando armoniosos movimientos de taichi. Señala con la mano derecha y juega con su martillo en la izquierda. Se reclina hacia delante en el atril, desafiando las costuras de su elegante traje a medida. Sus ojos azules escandinavos se clavan teatralmente en el público. Los expertos aseguran que un buen subastador puede lograr un incremento del 10% en el precio final. “Es algo psicológicamente muy complejo”, explica Pylkannen. “Tiene combate, como los cristianos y los leones. Tiene táctica. Pasión. Secretismo. Aprendes mucho sobre los seres humanos. Debes ser intuitivo. Esa es una habilidad esencial. Puedes parar. Arrancar. Tienes 60 segundos. Es lo que dura más o menos cada venta. Es muy rápido. Debes diseñar cómo lo vas a hacer. Las tres pes son importantes: pulso, preparación y prestancia. Puede surgir un cambio repentino, un incidente dramático, y debes mantener el control. Y ¡panaaash! Llega Lionel Messi. No puedes enseñar a ser un subastador. Todos somos similares, pero algunos somos muy buenos en determinadas cosas”.

Finalmente el martillo golpea el atril y el schwitters se adjudica a uno de los dos compradores no identificados por 13.970.500 libras, pulverizando el anterior récord del artista. Fue una de las pocas buenas noticias de la noche para Christie’s. La mano de Giacometti no encontró comprador. Se vendieron solo 40 de los 60 lotes ofrecidos, recaudando 86 millones de libras, menos de lo esperado y menos de lo que vendió Sotheby’s la noche anterior. “Supongo que eran obras complejas”, explicaría después Pylkkanen. “A veces, simplemente, no es el momento adecuado”.

La velada ha terminado, pero la actividad prosigue en Christie’s. Quedan la subasta de arte británico e irlandés y, el primer martes de julio, la de arte contemporáneo y de posguerra. Esta última acabaría corriendo mejor suerte, cosechando una recaudación total de cien millones de libras, por encima de las expectativas de la casa. A toda esta actividad hay que añadir las subastas de la otra sede londinense de Christie’s, en South Kensington, dedicada a piezas más asequibles y de una vital importancia para la compañía, ya que constituye la habitual puerta de entrada de los nuevos clientes. “Aquí vendemos 38.000 lotes al año”, explica su director, Nic McElhatton, “a un precio medio de 4.000 libras por pieza”. En South Kensington se puede comprar desde cerámica de Picasso hasta la cabeza de un Triceratops de hace 65 millones de años o un pequeño meteorito llegado del espacio que saldrá a subasta en septiembre.

Todos los actores del mundo del arte han ampliado su campo, diluyendo unas barreras que parecían sólidas hace no tanto. Antes todo era más sencillo. Los museos organizaban exposiciones. El arte se exhibía en las bienales y se vendía en las ferias. Las galerías vendían las obras nuevas de sus artistas y las casas de subastas se dedicaban al mercado secundario, el de obras que no eran nuevas. Pero ahora las ferias y las galerías hacen exposiciones, los propios museos coquetean con la venta –en la retrospectiva de Richter que hizo la Tate Modern en 2012, por ejemplo, se ofrecía en la tienda del museo una versión digital de una pieza del artista por 48.000 libras– y las casas de subastas venden obra directamente del estudio del artista y realizan ventas privadas, que se han convertido en una parte importante de su negocio. Esta es una de las actividades de Christie’s España, que funciona desde 1973 y cuenta con nueve empleados entre Madrid y Barcelona. Lo explica Várez, su consejero delegado: “Entre 2004 y 2008 hicimos subastas locales que funcionaron muy bien, pero dejamos de hacerlo cuando la situación en España ya no estaba para esto. Ahora organizamos ventas privadas, valoramos obras y llevamos la relación con los coleccionistas locales que quieran consignar obras o comprar en subastas internacionales”.

Hoy la actividad de Christie’s trasciende ampliamente la venta de arte. Las dos grandes casas de subastas se han convertido en marcas globales más conocidas por el público general que los nombres de muchos de los artistas cuyas obras venden por millones. Y parece natural aprovechar el prestigio de la marca.

Desde mediados de los años noventa, por ejemplo, Christie’s vende casas. “El mercado inmobiliario de lujo tiene más que ver con el de las bellas artes que con el inmobiliario general”, explica su responsable, Joachim Wrang-Widen. Hablamos de un château en Biarritz, una finca en Mongolia o una casa en las Maldivas con suelo de cristal y con un submarino por si al propietario no le apetece bucear. “Yo busco casas donde el cliente de Christie’s pueda sentirse cómodo. Trabajar aquí implica un enorme respeto al cliente. Siento la mano de James Christie en mi hombro”.

La estela del fundador parece sobrevolar discretamente todos los despachos de esta casa. James Christie fundó la compañía en 1766 para subastar las propiedades familiares de personajes ilustres. Sotheby’s había nacido 22 años antes, y al principio las distinguía el vínculo con dos clásicas escuelas inglesas: los antiguos alumnos de Harrow eran de Sotheby’s, y los de Eton, de Christie’s.

La memoria de James Christie se custodia en los sótanos del edificio de King Street, en los fascinantes archivos de la compañía. Aquí se conservan todos los catálogos de las subastas. Además están los day books, donde se registra cada pieza que entra y sale de la casa, y los libros de subastas desde 1766. Se trata de documentos valiosísimos para rastrear la historia del arte. En el libro de subastas del 7 de julio de 1803, por ejemplo, aparece la primera mención a una obra española. “Murillo. Niños mendigos españoles. Lote 58”. Lo adquirió un tal señor Baker por 255 guineas. “Los documentos no están aquí acumulando polvo”, asegura Lynda McLeod, responsable del archivo. “Se consultan. Y el hecho de que los haya escrito el propio James Christie los hace aún más importantes. Es mágico tener esa conexión con él”. No todo está en el texto de los libros. Hay otros detalles reveladores. McLeod señala unas manchas en los bordes de las hojas y explica por qué pidió a los restauradores que las respetaran: “Son parte de nuestra historia. En abril de 1941 este edificio fue bombardeado por la aviación alemana. Quedó arrasado. Pero los libros estaban en el sótano y sobrevivieron, aunque este quedó anegado. De ahí las manchas de humedad en las páginas”.

Cuatro plantas más arriba, en el mismo edificio de King Street, una mujer pasa con cuidado las páginas de otro libro. Es María Miguel del Corro, española de Potes (Cantabria). Llegó a Londres hace 21 años y entró en Christie’s de la mano de otro español, Salvador, un valenciano que ejercía de mayordomo jefe. Hoy María ocupa su puesto. Se detiene en una página firmada por la reina madre en 1953. “Elizabeth R” (por “regia”), escribió con pluma en una preciosa caligrafía. Sentada junto a una gran mesa puesta, que en unas horas acogerá una comida para clientes especiales, María explica que su misión es “superar las expectativas del cliente”. “Tengo el mejor trabajo de Londres”, añade, “he aprendido a apreciar el arte que entra por la puerta”.

Todo aquí empieza y termina en el arte. Así lo destaca Steven Murphy, el primer ejecutivo, en su despacho, de cuyas paredes cuelgan óleos de Francesco Guardi y de De Chirico. Cuadros de grandes maestros clásicos que contrastan, en una metáfora de su manera de entender la compañía, con otro objeto que reposa sobre una mesa: un viejo Apple Macintosh, uno de los primeros ordenadores personales creados por la empresa norteamericana. “Es mi pequeño templo”, dice con sorna. “Cada día le pongo unas velas a Steve Jobs”. Murphy esboza las claves que para él convierten a su empresa en única. “Llevo en la compañía cuatro años, lo que en el mundo de Christie’s no es nada”, explica. “Soy nuevo, y en mi décimo aniversario lo seguiré siendo. Cuando llegué, como soy el jefe, todos me preguntaban: ‘¿Qué crees que deberíamos hacer? ¿Qué tenemos que cambiar?’. Y mi respuesta siempre era la misma: ‘Mis ideas sobre cómo servir mejor a nuestros clientes y hacer crecer el negocio están ya aquí. Ya las conocéis. Mi trabajo es cogerlas todas y sintetizarlas en un plan. Hay muchos retos, pero estad tranquilos porque ya tenéis algo que no puede ser inventado o transmitido en un documento de Power Point’. Y ese es el espíritu de Christie’s. Nunca he trabajado en un lugar en el que hubiera un mayor rigor intelectual. La mediocridad no dura en Christie’s. El departamento de plata sabe todo lo que hay que saber sobre la plata. El de antigüedades lo sabe todo sobre artefactos egipcios. El conocimiento aquí es profundo. Hay un je ne sais quoi. Y procede del hecho de que nadie olvida que, al final del día, se trata de arte. Eso tiene su propia magia”.

Por Pablo Guimón en El País.