15 mayo, 2013

El impresionismo, más fácil todavía

Las bañistas

El Impresionismo toma Madrid: lo dicen a toda plana los periódicos y uno se pregunta si realmente es noticia. Porque de un tiempo a esta parte parece más bien que nunca se fue de la ciudad: apenas se clausura en un sitio ataca por otro.

Hace tiempo que nos hemos acostumbrado a la exposición «blockbuster». «Tesoros», «Grandes obras», «Piezas maestras»: una expo que incluya algo de esto en su título probablemente esté diseñada para ser un «blockbuster». Son la versión visual de la canción del verano. No fallan y ponen a todos a bailar a su son: a un público al que se atrae con lo ya probadamente eficaz, con pocas ganas de mostrar matices o sugerir ideas. A unos medios que una y otra vez compran el mensaje de las oficinas de prensa del centro en cuestión, que suele tirar de ganchos viejos como la tos: «por primera vez en la ciudad», «ocasión irrepetible».

El único grito de guerra del circo que las expos taquilleras no toman prestado es aquel «más difícil todavía». O lo aplican, en todo caso, en sentido contrario. El lema se vuelve un más fácil todavía: dar más de lo mismo y requeteconfirmar un éxito cantado. En estos tiempos de crisis, las colas en la puerta tienen un valor que va más allá del capital simbólico. Revertirá a la institución de turno en forma de publicidad mediática gratuita, como rosquillas, morbo de patrocinadores.

Así que dos años después de una primera entrega de Grandes Éxitos del Museo de Orsay, la Mapfre desembarca con una segunda parte a base de los fondos del museo. Desde luego que la nueva sede ha hecho evidente la necesidad de expos espectaculares que amorticen las nuevas salas: ya no bastan, por lo visto, las buenas exposiciones de tesis y las monográficas de artistas y fotógrafos a redescubrir de la primera mitad del XX a la que nos tenían acostumbrados antes de la mudanza, y aún en su sede de AZCA.

El problema es que uno no tiene la impresión, a estas alturas, de que exposiciones como esta sirvan para «iniciar» (concepto paternalista donde los haya) a un público nuevo en las intrincadas vías del arte moderno. El público madrileño, piensa uno, ya sabe de sobra qué es el Impresionismo, y va a estas exposiciones, más bien, a degustar un amable caramelo visual sin mayores estridencias. A estas alturas una exposición impresionista en una capital europea, y esto lo sabemos ya todos, necesita realmente de una tesis muy potente y una muy rigurosa labor de investigación si no quiere acabar siendo un agradable masaje en las pupilas de su público cautivo.

El caso es que esta exposición de la planta noble de Mapfre es mucho más aburrida que la dedicada en el sótano a la imagen de los gitanos y bohemios en el arte moderno: una de esas expos que uno recuerda con gusto de la «vieja» Mapfre. Prioridades de cada cual, seguramente.

Por Javier Montes en ABC.