7 mayo, 2013

El hospital de los grandes maestros

Museo del Prado

Entramos en el quirófano del arte. Los talleres donde los secretos de las obras maestras se analizan con las técnicas más sofisticadas y se curan las heridas que el tiempo y los malos restauradores les han causado. Y todo, con dos modestos instrumentos: un bastoncillo y un pincel. Es un mundo altamente especializado, pero que viene de lejos.

Concretamente del año 1734, cuando se incendió el alcázar, y su pintor de cámara, Juan García de Miranda, tuvo que ocuparse ‘del arreglo’ de las obras que se salvaron. De hacer los recortes y readaptaciones necesarias sobre las partes más dañadas. Y de la forración de los lienzos, una técnica que ha pervivido hasta los años ochenta y que consiste en aplicar un engrudo caliente a base de harina sobre la tela. Su labor despierta todavía hoy la admiración de expertos como Rocío Dávila, la más veterana de las conservadoras actuales. Toda una institución en el museo, por cuyas manos han pasado la mitad de sus Velázquez y los Tiziano.

«La restauración en el Prado -explica Dávila- sigue una tradición clara: es muy conservadora. Preferimos utilizar materiales originales; barnices y adhesivos naturales, en lugar de acrílicos o productos muy novedosos pero que no se sabe cómo se comportarán. Se procura que las limpiezas no sean excesivas, porque eso es irreversible. Hay que tocar poco la obra, lo menos posible. Aunque quieras o no, la personalidad del que restaura influye en el resultado. Se debe tener una sensibilidad muy afinada, porque esto muchas veces es como tocar una sinfonía: el resultado depende bastante del que la toca. Pienso que siempre es mejor quedarse corto que seguir y llegar a un punto en que acabas tergiversando la obra. Porque hay recursos pictóricos muy frágiles. Las veladuras, por ejemplo, que al estar hechas con muy poco color, son poco estables. Cualquier intervención las daña. Y los colores cambian con el tiempo. Solo el blanco se conserva intacto. Pero las tierras se oscurecen; los rojos, verdes y azules cambian muchísimo… Se ha de jugar con ese balance de colores en diferente conservación para revivir lo que el pintor quiso decir. En fin, hay que ser muy respetuoso con la obra. Eso es lo que aprendí de los restauradores de antes».

A punto de jubilarse, Rocío Dávila es el eslabón entre los antiguos restauradores y los nuevos. Entró en los años setenta, cuando se crearon el gabinete técnico y el laboratorio: «Yo soy de la primera promoción de restauradores con carrera. Fue un artículo en ABC hablando de ello lo que me dio la idea de dedicarme a esto. Antes no había especialidad. Los restauradores venían de Bellas Artes, de Artes y Oficios. O del Instituto de Martín Gamo, que hizo las estatuas de todas las películas que Samuel Bronston rodó en España, como El coloso de Rodas. Este era un mundo muy pequeño. Éramos cuatro restauradores de pintura, dos ayudantes, una persona para escultura y dos para marcos. Ahora hay 26». Quince en pintura, uno en soportes de madera, uno en escultura, uno en papel, tres para marcos; tres en el gabinete técnico y dos en el laboratorio. Excepto cinco, todas son mujeres. Pasa en todo el mundo, tal vez por aquello de la delicadeza y el esmero.

La restauración, paso a paso

Ese equipo sigue un mismo proceso cada vez que se pone en marcha una restauración. Normalmente es el conservador el que la propone, porque la obra está sucia o deteriorada o porque va a viajar a alguna exposición. Se hacen tres estudios previos: el fotográfico, que detalla el estado del cuadro; la radiografía de infrarrojos, que informa sobre el dibujo subyacente a la imagen; y la fluorescencia ultravioleta, que detecta las aportaciones posteriores al original. Y además del análisis que hace el restaurador, también pueden pedirse otros al laboratorio químico, para saber el tipo de pigmentos, de barnices… De modo que la pintura llega al taller con una analítica completa, como para cualquier operación. Pero el resultado final, al cabo de un tiempo muy variable -Las meninas se terminaron en unas semanas y La fiesta de San Martín, de Brueghel el Viejo, en año y medio-, «sigue dependiendo de la sensibilidad y la experiencia del restaurador», como explica Manuela Mena, comisaria de la exposición La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny. Para esta muestra, que a partir del 21 de mayo reune 250 pinturas de pequeño formato de las 800 que posee el museo, se han restaurado durante un año más de 60 obras. «Sobre todo se han hecho limpiezas -detalla Mena-, porque hacía mucho que no se exponían y los barnices se oxidan con los años. Se vuelven amarillos y forman un velo que impide ver los colores».

La evolución y las modas

«A principios del siglo pasado gustaba ese ‘amarilleado’. Que los cuadros tuvieran una especie de pátina dorada para que se viera que eran antiguos y, al restaurarlos, se les daba encima una capa de barniz coloreado. Se falsificaba la obra. En los soportes también se hacían intervenciones muy agresivas. Se cepillaban las tablas y se dejaban muy finas para lograr el efecto plano. Pero la madera se mueve y hay que dejarle libertad para hacerlo», dice Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación. «Los criterios han cambiado mucho porque hemos ido entendiendo cómo se comporta cada material: los barnices, los aceites, los pigmentos… En algunos casos a base de meter la pata. Pero hoy eso no ocurre. Los nuevos restauradores tienen mucha formación. Viajan, se conocen entre ellos. La profesión ha evolucionado de forma que en todos los países se trabaja de la misma manera. Y no es cuestión de gustos. Hay una ética de la restauración, lo que se considera una actuación correcta, muy clara: que todo lo que se haga sea reversible. Que se intervenga lo mínimo y que nunca se retire material original de la obra. Aunque siempre hay que contar con la personalidad del restaurador, que es el que se enfrenta físicamente al cuadro. Pero aquí conocen muy a fondo la colección del museo, las técnicas de sus artistas y las intervenciones anteriores que ha habido. Porque muchas veces lo que se restaura no es el cuadro original, sino que se están arreglando y retirando las actuaciones anteriores. Y eso a veces sorprende, porque nos hemos acostumbrado a ver la obra de determinada manera y nos molesta que cambie de aspecto. No hay más que recordar la polémica que suscitó la restauración de la capilla Sixtina. Es cierto que ha habido intervenciones funestas. Se cortan cuadros para que entren en un hueco. La ronda noche, en el Museo de Ámsterdam, está cortada. ¡Trozos de Rembrandt perdidos! Las hilanderas tiene tela añadida. Nosotros hemos decidido no retirarla, sino esconderla para que se vea como era originalmente. Yo diría que, por lo general, el tiempo es más benévolo con la obra de arte que algunas restauraciones antiguas. Pero creo también que las del Prado van a seguir dando sorpresas. No lo dudo».

La Exposición ‘La belleza encerrada’ puede ser una de ellas

Las obras de pequeño formato reunidas son la cara más inadvertida de este museo con tantísimas series monumentales. De ahí la originalidad de una muestra que reproduce a pequeña escala toda la historia del Prado, desde el siglo XIV al XIX. Sus artistas, sus escuelas; sus técnicas, su temas… «La estructura del Prado no es como la de la National Gallery de Londres, que está pensada a fines del siglo XIX para ser una enciclopedia del arte -explica Manuela Mena-. Esta es una colección real hecha a golpes subjetivos. Tiene una personalidad muy fuerte y muy clara, que es la enorme cantidad de obras que posee de un solo artista: más de 50 Velázquez, 150 Goya, más de 80 Rubens… Eso hemos querido mantenerlo en esta exposición dedicando salas a un solo pintor cuando ha sido posible. La selección ha sido muy difícil, porque hay obras que están colgadas desde siempre: como El tránsito de la Virgen, de Mantegna; o La villa Médicis, de Velázquez; pero muchas no se han expuesto nunca, como La dama de la hamaca, de Paret… Estaban en los almacenes». Unos almacenes que, según la época, tienen algo de cueva del tesoro: «Ahora hay más obras en ellos porque han cambiado los criterios museológicos. En los años sesenta, el Prado era muy compacto, había tres mil obras expuestas. Hoy, no son más que la mitad. Se busca un recorrido más rápido y más ligero mentalmente, complementado con exposiciones temporales que cuentan focalizadamente su historia. Como esta, que invita a contemplar», explica Mena.

Y a contemplar a los clásicos con otra mirada más cercana. Buena forma de descubrir la libertad, tan moderna, que desplegaban en esos cuadritos para gabinetes privados; en los esbozos y apuntes personales, que carecían del prestigio de los grandes encargos, y por eso mismo resultan tan afines ahora a la sensibilidad contemporánea.

Obras recuperadas

El Milagro de la ‘Gioconda’. La del Prado se creía que era una copia, pero gracias a las labores de restauración se descubrió que era obra del taller de Leonardo. La radiografía y la reflectografía de infrarrojos mostraron bajo el fondo negro un dibujo complejo que coincidía con el del Louvre.

El Museo del Prado en miniatura. Más de 50 Velázquez, 150 Goya, más de 80 Rubens… Y todo, en tamaño diminuto. El taller de restauración del Prado lleva un año trabajando para tener a punto las 250 obras que integran La belleza encerrada, la gran exposición patrocinada por la Fundación BBVA que refleja toda la belleza de los grandes maestros en pequeño formato.

Toda una eminencia. Rocío Dávila, la más veterana restauradora del taller y toda una institución en el museo. Máxima experta en Velázquez y Tiziano, trabaja a su vez con su hermana, Maite, eslabón, como ella, entre los antiguos restauradores y los nuevos.

El taller de las sorpresas.
‘Restaurar’, en el Prado, empieza a ser ya sinónimo de ‘descubrir’. Son ya muchas las obras redescubiertas en el taller. Los expertos del museo no descartan, de hecho, que en futuras restauraciones vuelvan a llevarse más de una sorpresa.

Ella la vio primero. Almudena Sánchez, la restauradora que, tras cuatro meses de paciente trabajo, desveló toda la verdad sobre la Gioconda del Prado. Uno de los casos más sonados de los últimos tiempos.

Las piernas del santo. Antiguamente, las obras se adaptaban a los gustos de la época. Y hasta se recortaban. «En el Prado teníamos un San Sebastián del Greco de medio cuerpo -cuenta Manuela Mena- Un día, en los ochenta, un señor trajo un cuadro malo y dijo que debajo había otra cosa. Le hicimos una radiografía y allí estaban… ¡las piernas del santo! Lo regaló al museo y ahora se expone el cuadro completo».

Tradición y tecnología. El tipo de obra reunida en la exposición que se inaugurará el 21 de mayo exige una mirada muy cercana. Las restauradoras combinan por ello pinceles diminutos e instrumental óptico de alta precisión.

Hornacina recuperada.
Este Bodegón de caza, pintado por Herman Van Vollenhoven en el siglo XVII, había sido repintado de tal forma que la hornacina original que lo enmarcaba había desaparecido. La nueva restauración la recuperó.

Adán sin ‘ictericia’. En estas tres imágenes se ve la evolución de la restauración del Adán de Durero, de 2010. En la imagen de la izquierda se ve el ‘amarilleado’ que los restauradores de otras épocas consideraban una buena opción. En la central, con su aspecto mediada la restauración. En la de la derecha, con su imagen actual.

Tecnología ‘artesana’. La profesión ha evolucionado con el uso de fluorescencias, infrarrojos y radiografías. Pero las herramientas siguen siendo las mismas de hace medio siglo: colas, pinceles, disolventes y hasta palillos con algodón se usan para quitar las funestas adhesiones de viejos repintados.

Por Berta López en XL Semanal