21 julio, 2015

El hallazgo del Encarnación, de la flota de 1681: la historia perdida, frágil bajo el mar

La primera globalización ocurrió en el siglo XVI y fue obra de navegantes españoles y portugueses, que abrieron y mantuvieron las primeras rutas comerciales que dieron la vuelta al mundo. De todo lo que conocemos de aquella época faltan las claves que tienen que ver, precisamente, con las máquinas que hicieron posible aquel esfuerzo globalizador, mantenido durante más de tres siglos. Sin naves no habría hispanidad, y sin embargo nuestro país ha despreciado gravemente la necesidad de conocer esa Historia.

Los restos de los viejos galeones, cada vez más accesibles por la tecnología, explican mejor que ningún otro elemento detalles del nacimiento de nuestra visión del mundo, la primera que fue global, la que hizo ser como es a nuestra nación y a nuestra cultura. Cada barco es una cápsula de tiempo, preciosa y sellada, a la espera de que los científicos puedan extraer toda la información que guarda.

Sin embargo, el modelo de gestión pública de la arqueología subacuática no ha querido oír ni hablar de ese relato. Por inacción y por incuria, lo hemos dejado en manos de la industria cazatesoros, que destruye los yacimientos y enarbola la versión moderna de la leyenda negra alimentada por nuestro oscuro pesimismo.
Sociedad mestiza y avanzada

Embarcada con los míticos tesoros y los ajuares más variopintos, no lo olvidemos, iba también una sociedad mestiza, avanzada en valores universales, en la ciencia, la lengua y la cultura, cuyos exponentes, aquellos españoles de ambas orillas del Atlántico, miembros de la Armada o simples viajeros, nobles o menesterosos, murieron unidos en trágicos naufragios y batallas a boca de fuego y abordaje, mientras contribuían a cambiar la Historia. Sus restos esperan a que nuestra memoria los atienda.

El hallazgo de un carguero hundido en la costa de Panamá, perteneciente a la castigada flota de Indias de 1681, ha sido una de las noticias más importantes para el patrimonio español de los últimos meses, ya que hasta ahora no se había podido estudiar científicamente ninguna nave como esta. Desgraciadamente, nada ha tenido que ver España en el descubrimiento por arqueólogos de la Universidad Estatal de Texas, de los restos de un barco con cientos de contenedores apilados, tal y como quedaron hace 334 años, llenos de filos para espadas y todo tipo de objetos de uso cotidiano. Guardan un retrato único y fiel de la sociedad hispánica de la época, de su economía, valores y creencias, como veremos. La ciencia arqueológica es la única herramienta capaz de leer las páginas perdidas de esa Historia de España en el momento en que se hacía global.

El «Encarnación»

El descubrimiento del carguero Nuestra Señora de la Encarnación tuvo lugar en la desembocadura del río Chagres, en Panamá, de manera fortuita. Los arqueólogos liderados por Frederick Hanselmann buscaban en 2010 restos de una flotilla del pirata Henry Morgan, hundida cuando se preparaba para atacar la capital. Es una zona cubierta por el limo en la que, de pronto, sus magnetómetros se dispararon: bajo el fango había algo grande. Este año ha revelando la verdadera dimensión del yacimiento. A lo largo de varias campañas, el equipo internacional ha documentado restos de 30 naves, nada menos.

Hanselmann confiesa a ABC Cultural que, al bucear sobre las cubiertas del Encarnación, no pudo «dejar de sentir un respeto reverencial por las personas que perecieron en el barco, además del escalofrío que sentimos los arqueólogos cuando interactuamos físicamente con vestigios de la Historia que nadie ha tocado antes. El pasado te alcanza, es muy excitante». Esa Historia es el verdadero tesoro para él y recuperarla completa es el privilegio del arqueólogo.

Al mismo tiempo, el historiador del proyecto, José Manuel Espinosa, un español de Écija que enseña en la Universidad Norte de Colombia, ha logrado demostrar la identidad del barco. Se trata del citado Encarnación, conocido más brevemente por su apodo: el Chaperón. Así aparece en los documentos hallados en el Archivo de Indias, que demuestran que fue construido en Campeche y llevaba una tripulación de 44 personas. Como los transportes de hoy, estaba cargado con cientos de contenedores. Era uno de los 24 buques que conformaban la malograda flota de 1681, que se perdió en diciembre de aquel año en circunstancias trágicas y del que apenas pudieron salvar una pequeña parte de la carga. Para Espinosa, para cualquier historiador, «es una bendición todo el papeleo que la Corona española producía cuando la pérdida de vidas humanas y bienes provocaba un proceso» contra los responsables de la flota.

Pena capital

La de 1681 estaba al mando de Juan Antonio Vicente y Toledo, marqués de Brenes, capitán general de la Armada de la Carrera de las Indias, y había llegado a Cartagena el 2 de abril de 1681. Después de esperas de varios meses, tempestades, pérdidas y naufragios, llegó a Panamá el 3 de noviembre. Lo que quedó de la flota no llegaría a Cádiz hasta septiembre del año siguiente.

Por todo ello, al marqués de Brenes se le abrió un proceso en el que se le pedía la pena capital. La pérdida de barcos y haciendas del rey y de los comerciantes era algo muy grave y en este caso se le acusaba de contravenir la orden de volver cuanto antes dada por el monarca, además de otros incumplimientos y desatenciones de la flota. Los cargos terminaron en un destierro de la Corte y de Sevilla más la multa de 10.000 pesos de plata y el pago de las costas.

Los archivos

Los documentos de todo ese proceso, plagados de testimonios y declaraciones sobre los naufragios ante el juez, han sido vitales para demostrar la identidad del buque: «Permiten reconstruir el viaje de la flota casi día a día -señala el historiador-. En el pleito queda reflejada la escala de valores, las redes sociales, los intereses en juego, incluso el sistema de creencias.»

El hallazgo del Encarnación, de la flota de 1681: la historia perdida, frágil bajo el mar

También hay documentación comercial que detallaba la carga, la tripulación, los seguros y los viajeros, porque todo barco necesitaba un registro a su entrada y salida de los puertos. El Chaperón llevaba bienes de consumo: telas, ferretería, harinas, aceite, vinos, licores, y muchos productos ornamentales y de vida cotidiana: libros, loza, quincallería. Hanselmann dice que la peculiaridad de este cargamento es que cuenta la historia de los ciudadanos medios en la era colonial. «Sabemos mucho de las grandes figuras de la Historia, pero pocas veces tenemos una ventana como esta para ver la vida del colono medio en las ciudades más cosmopolitas de América en la época.» No todo el mundo podía permitirse ropas traídas de Europa o vajillas de la Cartuja. «Las clases altas criollas tenían gran poder adquisitivo», añade Espinosa.

La divulgación es importante

El historiador lamenta que un naufragio se asocie a tesoros y piratas, debido a que «no hemos hecho bien nuestro trabajo de divulgación». Hanselmann va más allá: «Tenemos que ganar la narración. Si no contamos bien nuestro trabajo, el público nunca sabrá cuál es la diferencia entre el arqueólogo y el cazatesoros». Sabias palabras para quien trata sobre el terreno de marcar la diferencia. «¿Hasta qué punto podemos culpar a un tipo que vende un cañón por 4.000 dólares si no le contamos la historia que tiene y le convencemos de que si logra crear una ruta turística siempre habrá gringos sonrientes dispuestos a pagar al menos 50 dólares por bucear junto a su historia? Eso a la semana pueden ser 1.500 dólares fácilmente. Si vende la pieza solo logra un pago y pierde su riqueza cultural», añade.

Por Jesús García Calero en ABC.