28 septiembre, 2010

El general Espartero visto por dentro

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Espartero_caballo_RetiroEn 1992 me propusieron pronunciar en Málaga, con motivo del ciento cincuenta aniversario de la Revolución de 1943, que tuvo a la capital malacitana como iniciadora, provocando la caída del regente Espartero, una conferencia sobre el particular. En mi defensa aduje que nunca había estudiado al personaje, por lo que me consideraba incapaz de hablar de él con el suficiente conocimiento. El hecho que quedara un año para el acontecimiento y el razonamiento que querían un historiador militar que hablara del general desde la perspectiva castrense, me impulsaron a realizar el esfuerzo.

Tanto me cautivó el personaje que la tesis doctoral la realicé sobre él, publicando a continuación “Desde Logroño a Luchana. Campañas del general Espartero”, habiendo publicado previamente un opúsculo en la Revista de Historia Militar, con el título de “Espartero: una figura de leyenda”, publicando y pronunciando algunas conferencias, a lo largo de los años, relacionados con tan extraordinaria persona.

Difícil es sintetizar, por ello, dentro de la heterodoxia que se pretende presentar en estos Recuadros de la Historia, se recogen diversas citas de historiadores, novelistas, políticos, etc., que intentan a través de su escritura, plasmar una personalidad tan compleja y al mismo tiempo tan inescrutable, como buen jugador de poker que era.

El General Espartero fue una figura señera del siglo XIX, nadie como él protagonizó en exclusiva un símbolo, el de la democracia liberal. Los avatares políticos del siglo provocaban la execración de la figura de Espartero o su exaltación hasta niveles de santidad, tal como lo expone Cristiansen en su libro “Los orígenes del poder militar en España 1800-1854” (nota 4 de la pág. 1), que citando crónicas de viajeros ingleses indica textualmente:

“El predicador en un largo sermón militar, … le ensalzó por su nombre, casi hasta la divinidad; qué digo, hasta aludió a la circunstancia de que la victoria final en Bilbao y el nacimiento de nuestro salvador ocurrieron en el mismo día del año, como si estuviera hablando de sucesos muy análogos …”.

Contra la creencia de muchos -debido a que Espartero como político fue progresista (es decir la izquierda del siglo XIX) y populista-, fue una persona con gran cultura y consolidados conocimiento castrenses, entrando en la milicia, tras unos años en la Universidad de Almagro, cursando tres cursos en la elitista academia de ingenieros, conocedor de idiomas, gran viticultor, debiéndole mucho el vino de Rioja a través de su amigo el marqués de Murrieta, socio de él en el Perú.

No es de extrañar que afamados historiadores, basándose en descalificaciones de sus contemporáneos políticos, lo califiquen de ignorante, al haber ascendido por méritos de guerra (de valor más propiamente dicho) desde soldado a general. El profesor Christiansen, por ejemplo, asegura que Espartero no era oficial de carrera:

“Sus largas temporadas en cama y su adormecimiento quejumbroso, salpicado de fases de energía galvánica e histérica, pueden tomarse como síntomas de depresión maníaca y esquizofrenia; su situación se agravó con padecimientos de vejiga”.

Espatero_a_pieDon Benito Pérez Galdós conoció al personaje cuando llegó a Madrid en la década de los sesenta, cuando don Baldomero se encontraba retirado en Logroño, pero seguía siendo una referencia política y democrática. Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales, presenta al general, como si lo hubiera conocido en profundidad, aunque seguramente solamente lo habría visto en los cuadros, que en aquellos años ya se habían pintados sobre él.

En diversas páginas de sus novelas “Luchana” y “Vergara”, describe no sólo el físico del general, sino su entorno social, su saber estar y su generosidad:

“… estuvo viendo ante sí, en la oscuridad, los ojos de Espartero, negros, penetrantes, ojos de trastienda y picardía, y su rostro atezado, duro, que parecía de talla, labradito y con buches, el bigote triangular sobre el fino labio, la mosca, las patillas, demasiado ornamento de pelo corto para una sola cara. La mirada del guerrero le decía más que sus palabras, …”.

“…. apareció una dama de excelsa hermosura, majestuosa en su familiar porte, sin el menor asomo de presunción en la sencillez casera con que vestía. Al saludo ceremonioso de Calpena contestaron los dos, marido y mujer, con esa confianza de buen gusto, propio de personas de viso que gustan disimular su superioridad. La dama, más aún que su esposo, poseía un arte magistral para combinar la llaneza con lo que modernamente se llama distinción, la gracia con la autoridad”.

“Espartero fue hombre que no reclamó nunca del Gobierno las pagas atrasadas, ni se cuidó de que la Nación le reintegrara las sumas que anticipó de su bolsillo para dar de comer a los soldados, y así lo hizo  más de una vez, porque era fuerte cosa pretender llevarles a la victoria con los estómagos vacíos. Los parientes pobres de Granátula y Almagro habían encontrado en el General una mina inagotable, y los desvalidos de Logroño no padecían hambre. Si le adoraban los soldados por valiente, pródigo de su sangre, no le querían menos los pedigüeños por el arrojo con que vaciaba sus bolsillos, Estos y su corazón estaban siempre abiertos al heroísmo y la limosna”.

“Espartero no se andaba con chiquitas: hombre de formidable empuje, poseía el don divino de infundir a las tropas su bravura y llevarlas como a rastras a la victoria. No era un general de estudio, sino de inspiración, chapado a la española, hombre de arranques, de cosas, con el corazón en la cabeza” .

Don Francisco Salmerón, que fue Presidente del Congreso y que no hay que confundir con su hermano Nicolás, que lo fue del Ejecutivo durante la primera República, trazaba, en su obra “Historia Militar y Política del Sermo. Sr. D. Baldomero Espartero”, un perfil magistral, de una persona honrada, de humilde cuna y que supo llegar, por sus méritos, a la más alta magistratura de la nación:

“Porque es probo, el honrado le quiere; porque es invicto, el valiente lo adora; porque es leal, el constante le venera. Su modestia seduce a las masas; su soledad cautiva a los retraídos; su abnegación encanta a los patriotas. Entre su cuna humilde y su afortunada estrella hay un duro camino de amor patrio que inmortaliza su nombre”.

Otros autores, como Elizalde en “Biografías y retratos de los personajes y familias reinantes”; Miguel Villalba Hervás en “Dos Regencias”; y Carlos Fernández Cuenca en “Espartero. La España del siglo XIX”, escriben los siguientes párrafos laudatorios:

“Mostrábase Espartero incansable en su persecución, irresistible en la acometida, sereno en el peligro. Infundía a los soldados, con su voz y con su gesto, esa confianza moral y esa obediencia ciega que valen más que la fuerza numérica y son prenda segura del triunfo”.

Espatero_Logrono“En veinticinco años de no interrumpidos combates ha dado pruebas de un valor ardiente, de una constancia superior a los infortunios, y en ciertos lances muy críticos, de una fortaleza que domina las circunstancias y hasta los padecimientos y debilidad del cuerpo. La elocuencia militar de Espartero tiene esa entonación noble y simpática que conmueve el corazón del soldado y le inspira valor y confianza; con sus arengas ha excitado muchas veces el aliento de sus abatidas tropas, y ha conseguido la victoria allí donde parecía segura la derrota. Quien le haya visto a caballo en el prado o en el campo de Madrid, en medio de un bosque de bayonetas, podrá decir el entusiasmo que inspira su actitud arrogante y sus improvisaciones bélicas; improvisaciones breves, como la voz del peligro; fuertes, como el eco de la victoria; Imponentes, como toda palabra imperativa”.

“Como hombre, descollaba entre sus preclaras virtudes, un sin igual desinterés y la gran sinceridad de sus afectos. Como soldado, unía el valor heroico, que estimula, y a la palabra de fuego que electriza, la ráfaga de inspiración que en instantes supremos le hacían árbitro de la victoria”.

“Cornelio Nepote le hubiera incluido entre sus capitanes eminentes, y Plutarco mismo habría encontrado en él un buen modelo para sus análisis de ética y psicología. Pudo ser un Napoleón. Pudo ser también un Cromwell. Le faltó para ello ambición política. Era más soldado que político, más valiente que reflexivo, mejor estratega en el campo de batalla que en las intrigas ministeriales. Por eso su ingenuidad de hombre rectilíneo se sorprendía ante los juegos de hábil maniobra y se dejaba envolver en la marca de las ambiciones amparadas por la destreza del aventurero político” .

El Conde Romanones, uno de sus biógrafos en su libro “Espartero: el general del pueblo”, lo retrata, cuando el general tenía 32 años, sin conocerse la forma que Romanones podía describir su figura, sin que algún contemporáneo y buen conocedor de Espartero lo hubiera hecho:

“De estatura mediana, por el conjunto y proporciones de su cuerpo no daba la impresión de su pequeñez”, recoge aspectos importantes de su personalidad al describir sus ojos “…claros, de mirada fría, dura y vaga”, y su rostro: “La impasibilidad era la nota característica de su fisonomía; sus músculos faciales no se contraían en momento alguno, ni aún en los más graves, ni teniendo enfrente la muerte”, por último “Su porte todo resultaba militar, que sin vestir el uniforme denunciaba su profesión”.

La revolución de 1854 y el bienio hasta 1856, fue una trascripción de las revoluciones europeas de 1848 a España, siendo objeto de eminentes historiadores hispanistas, entre ellos Kiernan, en su obra “La revolución de 1854 en España”, describe su entrada en Zaragoza, tras el triunfo de la revolución:

“Compartía la impulsividad romántica de sus compatriotas, los ímpetus de magnanimidad y de salvajismo, su propia estimación mal informada, la valentía física y la indolencia mental; su incapacidad para el esfuerzo paciente, sus oscilaciones entre la esperanza desmedida y la desesperación” …..”Su virtud peculiar es que, casi único entre los hombres públicos, tenía admiradores en la clase alta y en la baja, y que podía promover un entusiasmo tumultuoso como ningún otro de los hombres más elevados de la élite liberal, o de los jefes más aristocráticos del Ejército, como Narváez, podría conseguirlo”.

“Era a primera hora del día 20 cuando el héroe entró en la ciudad, por la puerta de Santa Engracia, entre ensordecedoras aclamaciones de la multitud y los poetas locales; un hombre bajo y fornido con gestos amistosos y cierta adquirida dignidad de porte. Reconoció la bienvenida, con el estilo sobrio, lapidario, de quien se reserva para las acciones, no para las palabras, con una frase que se repetiría en todas las ocasiones: Cúmplase la voluntad nacional”.

“Cuando el duque de la Victoria rindió sus respetos al santuario de la Virgen, fue conducido por los dignatarios de la catedral por los escalones del altar mayor, un privilegio de la realeza. Por otra parte, en comparación con lo que había sido su regencia, el Espartero de 1854 era un personaje más maduro, con una inconfundible veta de viejo simplón. Tenía sesenta y dos años. Seis títulos y veinticuatro condecoraciones habían atemperado la insaciable ambición; y no estaba asediado tan de cerca por una bandada de partidarios ansiosos acuciándole hacia el o todo o nada, de 1841”.

Espartero_CongresoIndicando la profesión de fe que le tenía el pueblo, expone:

“Otway vio sus retratos en las calles rodeados de flores y lámparas como si fueran los de la Virgen”.

El profesor Hennessy, en su clásico tratado para entender el republicanismo en España, “La república federal en España”, habla de Espartero a su llegada a Madrid, como si se reencarnase el mismo Cristo:

“La venida del Mesías nunca fue tan ansiosamente esperada por el pueblo de Israel como lo fue la llegada de Espartero por el pueblo de Madrid”.

Por su parte, John Francis Bacon, un inglés que se vivió en la década de los treinta, como comerciante, en Bilbao y que fue además cónsul de Gran Bretaña en dicha ciudad, debido, tal vez, a la tardanza en levantar el sitio de Bilbao, sitiado por los carlistas, no dejó en muy buen lugar el carácter del futuro conde de Luchana, en sus memorias de “Seis años en Bizcaia”:

“El principal defecto del general Espartero es su indecisión, pero es capaz de actuar con sorprendente energía en ocasiones. Pertenece al partido americano, es popular, y querido por las tropas; y es decididamente un celoso y fiel defensor de la Reina, aunque en ocasiones su conducta haya sido bastante perjudicial a su causa” .

Faltaría en toda esta relación de menciones, el del autor de este Recuadro, el cual, sin entrar en más profundidades, trascribirá un párrafo de la introducción a su tesis:

ESPARTERO, UN GENERAL DIFERENTE

“Espartero no fue un general más del siglo XIX de los que alcanzaron la jerarquía de capitán general, se diferencia de los demás en un hecho esencial, todos menos él, alcanzaron este grado por su comportamiento político, mientras que él, siendo capitán general, por sus méritos castrenses, fue cuando intervino políticamente. Incluso podría indicarse aún más, todos los generales fueron líderes de partidos y todos gobernaron intentando alcanzar los objetivos políticos fijados en los programas de sus organizaciones, es decir fueron “hombres de partido”, pero el general Espartero, siendo líder carismático del partido progresista se puede considerar un “político de estado”, porque siempre antepuso los intereses generales, los intereses de la nación, a los de su propia ideología, siendo paradigmáticas sus tres renuncias, la primera en 1843, al no querer iniciar una nueva guerra civil, la segunda en 1856 y la tercera en 1870 al no aceptar la corona del reino de España”.

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