5 abril, 2011

El fiasco de Chillida-Leku tras un sueño de diez años (El País)

Recorrido por los avatares de un museo cerrado por la crisisy la incapacidad de aplicar fórmulas para ser viable.

“Era un placer ver su ilusión. Le dije que lo que hacíamos era un derroche social que existiera y que lo viéramos cuatro”. El arquitecto Joaquín Montero apoya sus codos sobre la mesa de su estudio, ubicado en San Sebastián. Le cuesta analizar el cierre de Chillida-Leku. No en vano, trabajó junto a su amigo Eduardo Chillida en la confección del museo. Vivió con él cómo cada obra encontraba su sitio, cómo el caserío Zabalaga adquiría la forma que Eduardo soñó y cómo un día 17 de septiembre de 2000 Chillida-Leku abría sus puertas.

Hasta que Chillida conoció Zabalaga, realizaba obras por encargo. Tras el flechazo con el caserío de Hernani en 1983, comenzó a elaborar piezas de gran formato pensadas para este lugar y, posteriormente, buscó pacientemente los espacios para cada creación. “Nos planteamos qué hacer con cada parte. El único objetivo era el de la excelencia. No había ni plazos, ni restricciones económicas. No sé si se gastó mucho o poco. Se gastó lo que se tenía que gastar”, considera Montero.

Diez años después, los gastos precipitaron el cierre de Chillida-Leku. En una década, el museo acumuló un déficit de dos millones de euros, cifrado en 500.000 euros solo en 2010. De hecho, estos gastos propiciaron que, por primera vez desde la muerte de Eduardo Chillida en 2002, su familia, propietaria del museo, sacase a la venta un conjunto escultórico de 12 obras o que vendieran tres piezas por 3,3 millones en la londinense casa de subastas Christie?s para poder sufragar los costes de mantenimiento del centro.

La crisis hundió definitivamente a Chillida-Leku, que acogía año a año menos público. El boom inicial fue diluyéndose con el paso del tiempo. Hasta 2005 el museo atendió a una media de casi 90.000 turistas anuales. Sin embargo, esta cifra se redujo a partir de este año, llegando a los poco más de 60.000 visitantes de 2010. Solo en la pasada Navidad, el Aquarium de San Sebastián registró 15.000 entradas, un cuarto de las visitas contabilizadas el pasado año en Chillida-Leku. El flamante Museo San Telmo, de su lado, espera 140.000 espectadores en su primer año. El consabido monográfico espíritu de Chillida-Leku es quizá la explicación a unas cifras de visitantes tan pobres.

Sin embargo, Chillida-Leku programaba exposiciones temporales, amén de muestras en el exterior. Los primeros años de vida de Chillida-Leku fueron pocas: una exposición en el exterior en 2000 y dos en 2001. Tras asentarse, el museo aumentó esta cifra, que se mantuvo en torno a seis exposiciones temporales y en el exterior hasta 2009. El fatídico año pasado Chillida-Leku ofreció una muestra temporal y dos fuera del recinto de Hernani. Todo un indicador de la pesadilla en la que se había sumido el sueño de Eduardo Chillida. Un sueño que permaneció más tiempo en obras, 13 años, que abierto, una década.

Pese a que el museo fue concebido como monográfico, se pensó desde el principio en edificar un edificio para exposiciones temporales como forma de dinamizar Chillida-Leku. Finalmente, nunca se ha llevado a cabo. Así lo indica Montero, que vivió de cerca la relación de Eduardo Chillida con artistas de su época como Antoni Tàpies o Alberto Giacometti. “Sería constructivo que la Fundación Chillida-Leku tratase de exponer la relación de Eduardo con su tiempo y ayudaría a que su obra se mostrase en el extranjero. Estoy convencido de que Eduardo habría estado encantado de hacer una exposición con Gabriel Orozco”, añade Montero.

Pero no fue así. Puede que, como sostiene el escritor donostiarra Fernando Aramburu, algo debiera haber cambiado para que una mayor asistencia de público contrarrestase las pérdidas. “Quizá no fuera un mal paso que la Fundación Chillida-Leku promoviera una comisión de expertos encaminada a insuflar nueva vida al museo, con actividades nuevas y diversas y limitando los gastos hasta lograr una gestión viable”, mantiene el escritor. Congresos, reuniones de empresa o celebraciones, tal vez, que permitieran obtener otra vía de ingresos para afrontar los gastos.

Viabilidad era, precisamente, lo que Gobierno vasco y Diputación buscaban con su propuesta de rescate. Una posibilidad de continuidad que se traducía en 80 millones por la adquisición del conjunto escultórico y de los terrenos de Hernani. Una propuesta por la que las instituciones pasaban a gestionar el museo junto a la familia. Aire en forma de dinero para un centro asfixiado por la crisis. Oxígeno que los Chillida no respiraron al considerar que no se asumía la principal condición que habían establecido desde conversaciones con la anterior administración: mantener un “voto de calidad” ante cualquier decisión que se tomase en Chillida-Leku.

Esta puntualización era la forma con la que la familia -que hace dos semanas contrató por primera vez en estos diez años a una agencia para manejar su comunicación- buscaba asegurarse de que la obra de Eduardo Chillida no estuviera expuesta a la inestabilidad política y de que no se dispersase. En 2009, no obstante, la familia Chillida aceptó una oferta de la anterior administración por 112 millones que no se materializó por el cambio de Gobierno y la crisis económica. En este caso, los Chillida estimaban que el planteamiento, 32 millones superior al actual, mantenía vivo el espíritu del museo.

Las instituciones actuales, en su posición, opinan que el dinero público conlleva inherentemente gestión pública, aunque recalcan que en todo caso se habría respetado el derecho “moral” de la familia. Sea como sea, familia, Gobierno vasco y Diputación guipuzcoana mantuvieron desde que se anunció el cierre de Chillida-Leku una única reunión, celebrada de manera informal en una inauguración de una plaza en Vitoria.

No cabe duda de que pocos museos ofrecen rédito. El cierre definitivo de Chillida-Leku pone de manifiesto la cada vez más difícil gestión de las infraestructuras culturales, a las que la crisis ha arrojado por un precipicio al que ya estaban asomadas. “Realmente, pienso que el problema del museo es el de la familiaridad. Conozco a guipuzcoanos que todavía no han ido”, abunda Montero.

Los poco más de 60.000 visitantes que se acercaron a Chillida-Leku en 2010 hallaron, además, las entradas más caras de todos los museos de Euskadi, con un precio de ocho euros y medio, frente a los ocho que cuesta entrar al Guggenheim, los seis que valen los boletos del Museo de Bellas Artes de Bilbao o Artium o los cinco euros de la entrada del nuevo Museo San Telmo.

Quizá Chillida-Leku necesitase repensar su fórmula y plantear nuevos usos y actividades. Quizá, tal y como mantiene Fernando Aramburu, sea lógico que los Chillida “no puedan y no quieran seguir sosteniendo un museo cuya gestión conforma un déficit recurrente”. Quizá, como abunda el escritor, no sea sensato que las instituciones se hagan cargo de este déficit y lo prolonguen. Quizá recurrir a dinero público conlleve algunas cesiones. Quizá, cree Montero, “parece imposible que Chillida-Leku no siga”. Los sueños, tarde o temprano, siempre acaban. El de Eduardo Chillida con Zabalaga también. ¿Quizá terminó años antes?

De la repercusión de los primeros años al cierre definitivo

– Ensimismamiento con Zabalaga: en 1983, Eduardo Chillida y su esposa Pilar Belzunce visitaron por primera vez la finca de Zabalaga, en Hernani, y quedaron fascinados por un caserío en ruinas que se erigía allí. Chillida consideró que era el lugar idóneo para albergar sus esculturas durante el proceso último de oxidación. Hasta entonces, Chillida creaba las obras por encargo. Desde que conoció Zabalaga, comenzó a componer para Chillida-Leku. En 1984, la pareja adquiere la finca y restaura el caserío con la ayuda del arquitecto donostiarra Joaquín Montero.

– Inauguración: el 17 de septiembre del año 2000 Chillida cumple su sueño e inaugura el centro oficialmente con la visita de los Reyes, del entonces canciller alemán, Gerhard Schroeder, y el lehendakari Ibarretxe.

– Primeros años: en los tres primeros meses de existencia, Chillida-Leku fue visitado por 20.000 personas, aproximadamente. En 2002, Chillida falleció en su casa de San Sebastián. No obstante, la actividad continuó. Entre septiembre de 2002 y 2003, Chillida-Leku registró 94.587 visitas, más que en ningún otro año. En 2003, de hecho, el museo programó tres exposiciones temporales y cuatro en el exterior, una cifra superior a la del resto de años.

– Comienzo del declive: tras un primer lustro de éxito, la repercusión de Chillida-Leku empieza a decaer. En 2005, el director del museo, Luis Chillida (hijo de Eduardo Chillida), urge al Gobierno vasco y a la Diputación de Guipúzcoa a colaborar con la familia para garantizar la supervivencia del museo. La cifra de visitantes comienza a decaer año a año. En 2008, visitan Chillida-Leku 70.000 personas. En este periodo, comienzan las conversaciones con las instituciones. Los Chillida reclaman mantener un “voto de calidad” ante cualquier decisión que se tome con el centro y se oponen a que Chillida-Leku acoja exposiciones que no se correspondan con el “espíritu” monográfico del centro. En 2009, la anterior administración ofrece 112 millones para salvar el museo. A falta de firma, el cambio de Gobierno y la crisis económica frenan el acuerdo.

– El adiós se acerca. El 1 de diciembre de 2010 la familia Chillida anuncia un ERE temporal y el cierre del centro a partir del 1 de enero de 2011. El mundo de la cultura reacciona al momento pidiendo a las instituciones un rápido rescate. La noticia de la clausura de Chillida-Leku desencadena un efecto llamada: el centro triplica sus visitas. Los Chillida ponen a la venta por primera vez desde la muerte de Eduardo Chillida 12 esculturas monumentales en la casa de subastas Sotheby?s para aliviar el déficit que sostienen, cifrado en dos millones de euros. El Gobierno y la Diputación presentan a los Chillida un estudio con una batería de propuestas, aunque aún no existe ninguna oferta en firme.

– Cierre definitivo. El 18 de marzo los Chillida emiten un comunicado -enviado a las instituciones sólo una hora antes que a los periodistas- en el que anuncian el cierre definitivo del museo tras fracasar las negociaciones con el Gobierno y la Diputación. Desde el 1 de diciembre la única reunión que mantuvieron fue de forma informal en la inauguración de una plaza en Vitoria. La familia rechaza una oferta de 80 millones por los terrenos y el conjunto escultórico. Aducen que el dinero no es esencial y que la oferta no respeta la condición del “voto de calidad”. Euskadi pierde así a uno de sus referentes culturales.

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