8 abril, 2013

El Ferrocarril

Joya Manet

Joya Manet

Por Laura Pais Belín

Autor: Édouard Manet

Cronología: 1872 – 1873

Localización: National Gallery of Art, Washington.

Técnica: Óleo sobre lienzo.

En la segunda mitad del siglo XIX el Realismo francés había abierto una puerta nueva en la historia del arte, era el preámbulo de una revolución artística, que daba paso posteriormente a un proceso de ruptura respecto a las tradicionales normas de representación objetiva de la realidad. Los pintores realistas dejaron atrás la búsqueda de la belleza para intentar representar simplemente la verdad, proclamándose discípulos únicos de la naturaleza.

Querían mostrar las cosas tal y como se veían y esa búsqueda de sinceridad les llevó a separarse por completo del arte oficial, alejándose conscientemente de todo convencionalismo.

Ya no había marcha atrás, el destino de la pintura francesa era la renovación, a partir de este momento hubo toda una generación de jóvenes artistas que posteriormente se unirían en este nuevo rumbo de las artes y que claramente apostaron por el cambio.

El artista francés Gustave Courbet había trazado el camino hacia el realismo, en busca de la pura verdad de la vida sin adornos. Y su rompedora visión influyó en las nuevas generaciones que buscaban pintar y recrear el mundo tal y como lo veían. Fue esa búsqueda lo que les llevó a convertirse en verdaderos poetas de la vida moderna, a través de libres pinceladas llenas de luz, color y movimiento, en definitiva pura realidad sin normas que la encorsetaran.

El Ferrocarril

El Ferrocarril

Si hubo un artista que libró la batalla por un arte moderno este sería Manet, considerado hoy en día el artista que supo continuar el camino de los realistas para dar paso a los impresionistas, fue la figura clave que abrió la puerta al rotundo cambio de la pintura francesa de finales del siglo XIX.

Pieza crucial en la génesis de la modernidad, sus ideas se consideraron extravagantes en un momento en el que el Salón oficial y la Academia marcaban las pautas y elegían las normas. Pero lo que no veían los academicistas es que Manet sólo buscaba acercar la vida moderna a la pintura, admirando a los maestros clásicos y siguiendo sus directrices.

Escandalizó por querer defender su estilo, aunque nunca quiso ser revolucionario y de ahí su empeño de lograr el éxito a través del sistema oficial del arte. Deliberadamente buscó su inspiración en los pintores del pasado, en ellos basó su revisión pictórica, una técnica novedosa y clásica pero en un encuadre de escenas llenas de modernidad. Pero en su empeño se dio de bruces con el rígido mundo del salón y las instituciones oficiales, por la sencilla ilusión de mostrar su vocación moderna.

 

Hombre de posición acomodada y miembro de la sociedad parisina más a la moda, fue siempre independiente. Relacionado con el grupo impresionista, considerado por ellos como el gran maestro, la fuente de inspiración o el espejo donde mirarse. Manet nunca sería verdaderamente un impresionista, aunque siempre mantuvo una estrecha relación con muchos de ello. Se negó a exponer con el grupo y a diferenciarse de ellos, pero eso no impidió que su frescura técnica y su independencia, entusiasmaran a las nuevas generaciones que perseguían la renovación.

Realmente la carrera de Manet muestra como la nueva pintura se gestó como un movimiento de oposición y revolución antes las normas que asfixiaban el panorama artístico.

El origen burgués del artista le permitió, pese a sus pocos éxitos comerciales, poder dedicarse a la carrera pictórica, ya que la herencia de su padre le aseguraría independencia económica.

Édouard Manet nacía en París en 1832 en el seno de una familia acomodada, su padre era un alto funcionario del Ministerio de justicia y su madre hija de un diplomático. Recibió una educación esmerada, y desde su niñez mostró sus dotes para el dibujo, en poco tiempo su pasión por las bellas artes aumentó, pero esta elección nunca fue bien vista por su padre que esperaba para él estudios de jurisprudencia.

Cuando terminó la escuela, quizá por despecho, intentó el ingreso en la Escuela Naval, pero tras dos fracasos en las pruebas de ingreso, pudo convencer a su padre para poder probar suerte en el mundo del arte.

En 1849 comenzó sus estudios de pintura en el estudio de Thomas Couture, prototipo de pintor académico de éxito, donde permanecería seis años, con él llegó a tener claros enfrentamientos, pero al que siempre agradecería el haber aprendido en su taller el oficio de pintor, junto con el domino del dibujo y el color.

Complementaba su aprendizaje con continuas visitas al museo del Louvre, sintiéndose atraído principalmente por Tiziano y Giorgione, y entre sus contemporáneos admiraba a Delacroix, Daumier o Courbet.

En la década de los años cincuenta viaja a Italia, Holanda y Alemania para poder estudiar de cerca a los grandes maestros del pasado. Por aquel entonces los museos ya se habían convertido en su verdadera escuela, el lugar donde dejarse llevar por la intuición de lo aprendido. Y finalmente será en dos pintores españoles, Velázquez y Goya, donde encuentre todas las respuestas a sus dudas técnicas. De esta manera mezclando la tradición, con la revolución de Courbet y la escuela realista, el maestro crea su propio estilo con una novedosa técnica que le lleva a la modernidad.

 

Pero en aquella época la suerte del artista se encontraba en manos del Salón, una institución conservadora dominada por los académicos, miembros del jurado que eran nombrados por el gobierno, y desde el año 1857 su poder era más duro y cada vez las cosas se complicaban más para los artistas que no seguían el gusto oficial.

Ellos marcaban las reglas del juego, por ello era en el salón donde se decidían los éxitos pero también los fracasos. Por eso los artistas del momento también tenían claro que era la manera más directa de acceder al triunfo, porque no sólo era darse conocer sino el ser además apreciado por el público.

Y así lo hizo Manet en contadas ocasiones y en muchas fracasó, será en el salón de 1861 el que marque el inicio de su carrera, ya que consigue cierto éxito con la obra “El guitarrista español”, atrayendo a la crítica y a las nuevas generaciones.

Pero aun quedaba mucho camino por recorrer, la gran decepción llegó dos años después, en el año 1863 se rechazaban las tres obras que presentaba. Aunque no sería el único, ya que en aquel año en el salón se llegaron a rechazar las tres quintas partes de las obras presentadas, lo que provocó la sublevación de los excluidos. El revuelo fue tan inmenso que llego a oídos de Napoleón III, que decidió algo totalmente insólito, crear el Salón de los Rechazados para que los excluidos expusiesen sus obras.

La pena fue que pese al beneplácito imperial la crítica fue muy dura y el Salón de los rechazados fracasó. Sin embargo esta anécdota sirvió para que poco a poco se suavizase el severo control del jurado oficial.

En ese tenso ambiente Manet sin pretenderlo se convirtió en el gran escándalo, ya que entre las obras que presentaba se encontraba “Almuerzo sobre la hierba”, la crítica no sólo llegaba por su factura estilística sino por el tema, al incluir en la escena un desnudo femenino en una escena de vida contemporánea, sin ningún pretexto mitológico, una mujer que miraba directamente al espectador sin pudor.

La misma situación se repetía al año siguiente con su obra “La Olimpia” dando el protagonismo de la obra a una refinada prostituta que no aparece idealizada y que con su actitud desafiaba al público, el escándalo fue aun mayor.

Durante tiempo su éxito en el Salón sigue siendo desigual, pero el deseo del triunfo le lleva a presentar anualmente varias obras que son rechazadas sistemáticamente. Hasta que en 1873 consigue el éxito con una de sus obras, su reconocimiento oficial pero no definitivo.

Pero eso no significaba que durante todo este tiempo Manet no hubiese creado un extraordinario repertorio de bellas obras de arte, lo único que ocurría es que tristemente el artista aun no era comprendido. Prueba de ello es que un año antes a ese efímero éxito Manet había creado una de sus obras más fascinantes adelantándose en su tiempo por la frescura y innovación de la composición, era la obra titulada “El ferrocarril”.

 

Desde hacía ya mucho tiempo Manet sentía atracción hacia los temas de la vida moderna y por eso en este lienzo elige como protagonista la estación de Saint-Lazare, anticipándose en algunos años a la obra de Monet. La modelo empleada volvió a ser Victorine Meurent, la amante del fotógrafo Nadar, y una de sus modelos preferidas, protagonista de todos los desnudos escandalosos de su carrera, y la niña era Suzanne, la hija del pintor Alphonse Hirsch, en cuyo jardín fue realizada la obra. Las dos figuras aparecen en primer plano y sus siluetas se recortan sobre el humo del tren y los barrotes precisos y negros. La mujer abandona la lectura para mirar al espectador, haciéndonos partícipes de la escena y mientras la pequeña contempla de espaldas el único rastro del ferrocarril, un denso humo casi blanco.

Exceptuando los detalles, que se ejecutarían en el estudio, la obra se realizaría al aire libre por lo tanto, como defendían los Impresionismo. Mostrando su interés por los contrastes de colores claros y oscuros, acentuándolos por la eliminación de las tonalidades intermedias.

La profundidad del espacio como en mucha de sus obras es corta, pero el magistral encuadre fotográfico le aporta el carácter de pura instantánea robada a la realidad.

Pero si hay algo que destaca en este lienzo es por su increíble destreza técnica, su alta calidad como dibujante crea dos excelentes y bellas figuras, empleando una pincelada algo más suelta y libre que de costumbre. Sobre todo en la figura de la niña, donde la perfecta armonía y ligereza del azul y blando del vestido es utilizada para dar luminosidad a la obra. Aunque continúa interesándose por los detalles, y la pincelada se vuelve más compacta en ciertos elementos como el libro, las flores del sombrero o el perro, réplica del de la “Venus de Urbino” de Tiziano. Tras la verja aparecen las vías, las señales y los edificios a través del vapor, creándose así un sublime efecto atmosférico.

Ejemplo claro de la representación fresca y directa de la vida moderna. Era lo que los críticos veían como ignorancia o mala técnica, porque desconocían las ansias de un pintor que buscaba crear la sensación de cuerpos sólidos mediante juegos de luz y sombra, ya que a pintar al aire libre los volúmenes parecían planos, como simple manchas coloreadas de vida.

 

 

La obra fue presentada en el Salón de 1874, obteniendo numerosas críticas, la más destaca era que no se sabía a que género artístico pertenecía. El único elogio recibido fue su utilización y especial interés por la luz.

Hasta el año 1881 esta situación se repitió constantemente, pero por lo menos este año consigue una medalla que le permitirá eludir a partir de entonces al jurado. Y al año siguiente su amigo Antonin Proust, ministro de Bellas Artes le propone como Caballero de la Legión de Honor.

Pero los reconocimientos llegaban demasiado tarde y aunque Manet pintaría hasta el final de sus días, enfermaba de ataxia y tras sufrir la amputación de una pierna, moría en el año 1883 con tan sólo 51 años.

Pocos meses de su muerte sus lienzos se cotizaban a la alza y se celebraba y su obra se reconocía de forma oficial, tal como siempre deseó el maestro. Un año antes de su muerte un crítico le trasmitió la felicitación del ministro de Bellas Artes y Manet respondía “Podía haber sido él quien me condecorara. Hubiera sido mi fortuna; ahora es demasiado tarde para reparar veinte años de fracaso”

El gran observador de la vida moderna, escandalizó y fascinó a partes iguales, pero con él llegó el cambio y la ruptura. Preciso, sencillo, original y terriblemente realista, Manet se caracterizaba por tener una visión directa del mundo que le rodeaba sin grandilocuencias y alejado de trivialidades. No es un pintor de denuncia y menos de historia, consciente de ser un innovador sólo buscó renovar pero sin renegar de la tradición que tanto respetaba, por eso quizás en su obra se respira simple y directa franqueza.