12 febrero, 2015

El electricista de los 271 ‘picassos’

picassos

Pierre Le Guennec se puso en contacto con la Picasso Administration para certificar la autenticidad de unos dibujos. Corría el año 2010. Después de un par de intercambios por correo, se presentó en la oficina de Claude Picasso, hijo del pintor malagueño, con una maleta de ruedas. Ante la mirada asombrada de los presentes, sacó de ella lo que se convertiría en el mayor descubrimiento de un conjunto de piezas del autor del Guernica: 180 obras sueltas y un cuadernillo con 91 bocetos.

Le Guennec, jubilado de 75 años, fue el electricista de Picasso (1881-1973) en sus últimos años de vida. Desde el principio aseguró que este extraordinario tesoro, valorado en más de 60 millones de euros, fue un regalo que le hizo el pintor en vida. Los herederos, sin embargo, no le creyeron y consideraron inverosímil tal donación. En consecuencia, denunciaron a Le Guennec y a su esposa Danielle, de 71 años, por receptación de bienes robados.

Cinco años después del deslumbrante hallazgo, el juicio sobre el rocambolesco caso arrancó este martes en el tribunal correccional de Grasse, en el sureste de Francia. Y se inició con los testimonios de los dos acusados, que se enfrentan a una posible condena de hasta cinco años de cárcel y una multa de 375.000 euros. Continuará este miércoles y este jueves, con los relatos de los demandantes, entre los que se encuentran Claude y Maya Picasso, hijos de Picasso, y Catherine Hutin-Blay, hija y heredera de Jacqueline, la viuda del creador.

Las 271 obras, que el pintor realizó entre 1900 y 1932, periodo clave en la consagración del artista, incluyen nueve collages cubistas de gran valor, seis pequeños óleos, 28 litografías y dibujos más personales, como retratos de sus musas Olga y Fernande. “Hay obras extremadamente importantes que faltan al relato de la historia del arte y que permiten destacar momentos muy importantes”, dijo a la prensa al inicio del juicio Claude Picasso, encargado de velar por la herencia de su padre. “Es pronto para decir lo que ocurrirá pero está claro que todos los historiadores de arte tienen interés en poder verlas, puede que en un museo”, añadió.

El acusado reiteró, ante la jueza Catherine Bonnici, su versión de los hechos. Fue Jacqueline Roque, la última esposa de Picasso, quien un día —posiblemente de 1971, aunque no recuerda con certeza el año— le entregó un cartón y le dijo “esto es para usted”.

El empleado, quien trabajó en la villa Notre-Dame de Vie de los Picasso, en Mougins (cerca de Grasse), desde 1970 hasta la muerte del pintor en 1973, no le dio mayor importancia. “Abrí una caja con dibujos rasgados, ni siquiera lo miré todo”, señaló. “Para mí, una obra es una pintura. No tenemos pinturas, es un regalo sentimental”, añadió.

El botín permaneció así aparcado en el garaje de la modesta vivienda de los jubilados, en los Alpes Marítimos, durante casi cuatro décadas. Colocado en una estantería, no lo abrió de nuevo hasta el año 2009.

Le Guennec, que padece una grave enfermedad, explicó que quería dejarlo todo identificado de cara a la herencia para sus hijos. Ahí fue cuando se puso en contacto con la Picasso Administration por iniciativa propia, lo cual probaría su buena fe, de acuerdo con esa versión de los hechos. Llegó a elaborar una lista de las piezas, con la ayuda de su hermanastro, galerista y hoy fallecido, según reveló en el tribunal.

El objetivo de la defensa consiste en demostrar que el electricista era más que un simple empleado y que la pareja tenía una relación de cercanía con los Picasso. “El señor y la señora confiaban en mí, me llamaban primito”, afirmó en el tribunal.

Le Guennec siguió trabajando para la viuda de Picasso hasta que esta se suicidó en 1986, según indicó. Jacqueline incluso le prestó 540.000 francos (unos 140.000 euros) para que pudiera sacarse una licencia de taxi en 1983. Si bien el préstamo evidencia la buena relación entre ambos, la acusación llamó la atención sobre el hecho de que el empleado pidiera dinero a Jacqueline cuando supuestamente esta le había entregado un tesoro por un valor mucho mayor.

El conjunto del relato no convence, por lo tanto, a los herederos del pintor. Apuntan a lo que definen como incoherencias. En particular, al hecho de que los dibujos carecían de dedicatoria, algo inhabitual. “No es posible. Firmaba Picasso, ponía la fecha y el lugar, para que luego no hubiera líos”, explicó así Maya Picasso a la cadena France Info. “Sobre todo, mi padre nunca daba retratos de sus hijos y de sus amores”, añadió.

A los pocos meses de iniciarse la investigación, el descubrimiento del vínculo del electricista con otro empleado de los Picasso, sospechoso de haber robado también casi 200 obras del pintor, dio más argumentos a la acusación y un nuevo giro al caso. Maurice Bresnus, apodado Nounours (osito), casado con la prima hermana de Le Guennec, fue el chófer del pintor de 1967 a 1973 y fue él quien recomendó al electricista.

Una investigación abierta paralelamente a la de Le Guennec concluyó que la mayoría de las piezas que tuvo en su posesión Nounours eran robadas. Pero el interesado murió en 1991 y su viuda en 2009, por lo que la causa no prosperó.

Finalmente, la justicia decidió juzgar a la pareja Le Guennec por receptación de obras robadas, sin determinar a los responsables del hurto. “Poco importa que no se haya identificado al autor del robo. Pierre y Danielle Le Guennec conocían su origen fraudulento”, concluyó así la ordenanza del juez. En la sala del tribunal, el letrado de Claude Picasso, Jean-Jacques Neuer, fue mucho más allá en su implacable interrogatorio al electricista. “Estamos ante un blanqueo internacional de obras de arte. Las obras se le han entregado a él porque tuvo relación con Picasso”, lanzó el abogado.

Por Ana Teruel en El País.