6 octubre, 2011

El Cid: Episodio I

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1_CidEscribir sobre don Rodrigo Díaz de Vivar entraña una cierta dificultad, porque en él la leyenda y la realidad se reparten a partes iguales, incluso ha habido momentos en donde se ha llegado a dudar de su existencia, aduciéndose que el personaje surge históricamente muchos años después, de tal forma que siendo un “infanzón” castellano, su repercusión de la vida medieval de la península Ibérica a finales del siglo XI, no fue tan trascendente como la épica nos la ha hecho ver.

Tampoco encontrará el lector, en esta columna y en las que le seguirán, una narración más o menos pormenorizada de la vida del héroe español, sino lo que se pretende es plantear una imagen del Cid desde ángulos diferentes, a través de los cuales se entenderá mejor la historia de España.

En los libros de texto, al relatar la historia de España, ya de por sí muy reducida a causa de la historia provinciana de las autonomías, el Cid Campeador es de los pocos héroes que aparecen, quedando difuminada su importancia y su relación con los distintos reinos cristianos. Podemos afirmar que nuestro soberano Don Juan Carlos I tiene gotas de sangre del Cid, porque se perpetuó a través de sus hijas que casaron con miembros de la realeza del reino de Navarra y del condado de Barcelona, haciéndolo su hija María con Ramón Berenguer. Rodrigo Díaz de Vivar tuvo siempre una espina clavada en su corazón, el que su propio rey, Alfonso VI de Castilla y León, no le concediera el título de conde, manteniéndose como infanzón durante toda su vida.

En un libro del siglo XIX titulado Crónica del famoso cavallero Ruydiez Campeador, prologado por el catedrático de la Universidad de Berlín D.V.A. Duber y editado en 1844, siendo una reedición de otro de 1512, ordenado su publicación por Fernando hermano y sucesor de Carlos V, se reconoce al Cid como antepasado de estos dos emperadores españoles, y se dedica la edición del XIX al emperador de Austria y rey de Hungría, Fernando I, también como descendiente de don Rodrigo Díaz de Vivar, vislumbrándose con ello el reconocimiento a su figura de tan ilustres personajes.

De esta forma y como una nueva perspectiva de la figura del que consideramos un héroe castellano exclusivamente, se perpetuó a través de las coronas catalana y Navarra y prácticamente todas las familias reales europeas llevan su sangre, con lo que debe ser considerado de este último carácter.

Figura_2_Cartel_peliculaPudo ser rey de Valencia, el Papa de Roma, el único que podía otorgar tal título estaba predispuesto a hacerlo, ¡tantos eran sus servicios a la Cristiandad! Similares, aunque con menor “publicidad mediática” a la gesta de Godofredo de Buillón conquistador de Jerusalén. Urbano II, predicador e impulsor de la Primera Cruzada, estaba atento a las conquistas del Campeador, alentándolo a que abriera un nuevo frente en la guerra contra los infieles.

Con ello se hace ver que la conquista de Valencia estaba relacionada con la conquista de Jerusalén, dos grandes gestas cristianas de finales del siglo XI, de hecho Valencia fue tomada en 1093 y Jerusalén seis años más tarde.

Don Ramón Menéndez Pidal, el historiador que mejor ha conocido la figura del Cid, nos habla de fuentes casi coetáneas al Campeador, como el Carmen Campidoctores, la Historia Roderici, y por supuesto el Poema del Mío Cid, de autor desconocido, aunque se recoge el nombre de “per abbat”, sin que se sepa si es un monje, siendo seguro que como máximo era un copista, para demostrar y hacer ver la realidad de si figura.

Los que tuvimos la gran suerte de estudiar el bachillerato según la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de don Joaquín Ruiz-Jiménez y Cortés, con su adaptación posterior: “Plan de Bachillerato de 1957”, conocimos muy bien la figura del Cid Campeador, al tener el Poema del Mío Cid como libro de texto, creo recordar en sexto curso. El libro que desgraciadamente perdiera, se dividían las páginas en castellano antiguo y otra, su traducción al actual, teniendo los alumnos que leerlo en el primero, dándole la entonación que presumiblemente se daba a los poemas épicos.

[NOTA INTERMEDIA: La afirmación anterior no tiene ninguna connotación política. Ruiz-Jiménez fue posteriormente Defensor del Pueblo con la Constitución de 1978]

Algunas escenas quedaron de forma imperecedera en la mente de aquellos estudiantes, algunas de ellas sobrecogedoras, como la expulsión del Cid del reino, dándole el rey escasas jornadas para abandonarlo y prohibiendo a todos sus súbditos que le atendieran. Se puede revivir mentalmente la estampa de la niña que se acerca al Campeador, porque todos tienen miedo a hacerlo:

La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:
“Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,
el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,
con severas prevenciones y fuertemente sellada.
No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,
porque si no perderíamos los haberes y las casas,
perderíamos también los ojos de nuestras caras.
Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.
Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas.”
Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.

Figura_3_Cid_Buenos_AiresOtras obras más tardías, como el Poema de la conquista de Almería, la Estoria de España, y algunas otras, entre ellas de procedencia árabe, pueden considerarse fuentes fiables sobre la figura de Rodrigo Díaz de Vivar.

Hay narraciones e historias sobre don Rodrigo Díaz de Vivar más lejanas, de trescientos y cuatrocientos años o más años, siendo muestra la historia antes citada de 1512 y otras más surgidas en los siglos XVIII y XIX, dentro de espíritu de dichos siglos de volver intelectualmente a la gloria de la época medieval.

Hoy en día, la figura del Cid sigue siendo de actualidad entre los intelectuales, aunque con reducida incidencia en la sociedad. Meritoria es la novela El Cid de José Luis Corral Lafuente, editada por Edhasa. Este autor es profesor de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza, narrando los hechos novelados con bastante rigor histórico.

La poesía épica ha sido muy generosa con El Cid, siendo numerosos los poemas que cantan sus gestas, siendo como es lógico el más famoso y apreciado el ya citado Poema del Mío Cid. Veamos algunas pequeñas muestras del trato dado por los poetas:

Del Romancero

Los que dicen mal del Cid
Ninguno con verdad habla,
Que el Cid fue buen caballero
De los mejores de España

De un libro del siglo XIX: Juan de Arolas, Valencia, 1860

A la torre del Alcázar
A Gimena el Cid subió,
La que viendo tantas tiendas
De tal lujo y tal valor

Tantos corceles de guerra,
Tanto ginete y peón,
Abatida en su flaqueza
Daba indicios de temor

Hasta que esforzóla el Cid
Y en esta guisa le habló −
Cuanto más moros veáis
Más ganancia tengo yo −

Figura_4_Cid_San_Diego_USAAl teatro, también ha sido llevada la figura del Cid, siendo memorable Las mocedades del Cid de Guillén de Castro, en donde, por ejemplo, presenta la lealtad a su rey:

¿Qué vasallo mereció
ser de su Rey tan honrado?

Más reciente, el poeta Manuel Machado en su poema Castilla, quiso cantar la figura del Cid, en una poesía recitada por la boca de muchos niños:

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga.

El Cid nunca fue vencido en la batalla: ¿era un genio del arte de la guerra medieval? Tuvo a sus pies casi un tercio del territorio musulmán de la Península: ¿Por qué no quiso ser rey?, estos y otros interrogantes, se pretende exponer sobre esta figura única de la Historia de España, un héroe que ninguna región española puede presentar como suyo, porque lo fue de todas.

Rafael Vidal
Málaga, 30 de abril de 2011