1 septiembre, 2014

El cañón del castillo de Palermo que luchó en la Gran Armada

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Esta es la historia de una sola de las piezas de artillería que se conservan en el Museo del Ejército de Toledo. Llama la atención por sus enormes dimensión y peso, y porque está partida en dos. Se trata de una media culebrina de bronce que estuvo a punto de ser fundida una vez quedó obsoleta, para aprovechar el metal, pero se salvó por muy poco. Si las batallas arrojan relatos épicos y dramáticos de los hombres que lucharon en ellas, veremos que una sola de las armas que utilizaron es portadora, también, de una historia realmente asombrosa. Puede contemplarse en el Museo del Ejército.
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¡Menuda hoja de servicios! Escupió fuego en Italia y también se batió en el mar en la segunda mitad del siglo XVI. Viajó a bordo de uno de los barcos de la Grande y Felicísima Armada que lanzó Felipe II contra Inglaterra, la mal llamada Invencible, en 1588. Vamos a recordar sus avatares porque la pieza podrá contemplarse desde el próximo martes 2 de septiembre en el Alcázar toledano, como parte de una muestra fascinante dedicada a las armas que aparecen en los cuadros del Greco, de la que ya informamos en ABC. La exposición es reflejo de una sociedad, en la época del Rey Prudente, que convivía con las armas tanto en batallas, en duelos o como parte del vestuario.

¿Qué es una culebrina?

La media culebrina de esta historia tiene un sobrenombre: “extraordinaria”, tal y como consigna el estudioso italiano Renato Gianni Ridella, un verdadero especialista en la materia que ha seguido el rastro de los movimientos, fundición y compraventa de buena parte de los cañones de la época.

Es extraordinaria por su tamaño. Las culebrinas se diferencian de los cañones por su mayor longitud y alcance, así como la gran velocidad de sus proyectiles, aunque a costa de un mayor gasto de pólvora. Ahora, en una de las salas temporales del Museo del Ejército, se muestra esta pieza impresionante, esta media culebrina de nada menos que 2.413 kilos.

Fue fundida seguramente por Gregorio Il Gioardi en 1575. Y formaba parte de un conjunto de medio centenar de piezas que diferentes artesanos fundieron en aquellos años para defender la fortaleza española de Palermo, el Castel a Mare, del que hoy solo quedan las ruinas. Allí fueron instalados cañones, medios cañones, culebrinas, medias culebrinas, sacres y falconetes pedreros en aquel momento. Curiosamente hay dos de ellos en España: la citada media culebrina del Museo del Ejército y también un sacre producido por el primo de Gregorio Il Gioardi, Dorino Il Gioardi, al año siguiente y que aún se conserva en el Castillo de la Mota de San Sebastián. El resto de las 50 piezas fueron también fundidas por los grandes artesanos de la época, Battista Gandolfo y los hermanos Sommariva, uno de los cuales, Bartolomeo, hizo larga carrera en las cortes de Felipe II y Felipe III en Lisboa, Málaga y Sevilla, después de abandonar su tierra natal.

Las investigaciones de Ridella han podido demostrar que estos cañones fueron requisados de la fortaleza palermitana en 1587, un año antes de partir Armada. Felipe II necesitaba agrupar todos los recursos disponibles para la empresa de invadir Inglaterra y por tanto se formó en el Mediterráneo la llamada Escuadra de Levante. Solo en Sicilia se embargaron seis naves por ese motivo y se armaron con todos los cañones disponibles. Esa es la razón por la que la media culebrina comenzó su periplo en alta mar.

En la única nave de Levante superviviente

En Lisboa se reunió aquella Armada que partiría hacia el Canal de la Mancha a finales de mayo de 1588. Pero aquellos buques y aquellos bravos guerreros hubieron de luchar contra los elementos, como se dolió Felipe II tras el fracaso de su Gran Armada. Tormentas que desperdigaron frente a la Coruña y en el Canal de la Mancha a unos barcos que tardaron semanas en volver a reunirse.

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Las dos piezas de artillería de las que hablamos debieron regresar a España con una de las naves de Levante, tal vez la única que sobrevivió de toda la Escuadra: la Santísima Trinidad de Scala. Alguna más regresó, como la Ragazzona, pero llegó tan dañada que se hundió en mitad de la galerna que azotaba Ferrol. Después de la epopeya vivida en el Canal de la Mancha y el peligroso retorno rodeando Escocia e Irlanda que dejó naufragios por todo el contorno de las islas, aquel barco entró en el puerto de Santander severamente dañado. Casi de milagro, pues llegaba desarbolado y había perdido cuatro de sus seis anclas en la batalla de Gravelinas, cuando los ingleses lanzaron su ataque a la Armada imperial con ocho brulotes en llamas y algunos de los barcos debieron partir los cabos de las anclas para poder salvarse quedando a la deriva. La resistencia de las naves españolas entonces fue digna de mejor final, porque solo se perdieron un par de buques a pesar de la sorpresa y el intenso combate que siguió. El relato de lo sucedido lo ha contado también Ridella a través del testimonio directo del sobrecargo de la Santísima Trinidad de Scala, Battista Gabrielli, hallado por él.

La media culebrina de la que estamos hablando fue de nuevo desembarcada. Volvió a tierra firme, donde había nacido y para lo que se la había fundido. Con sus grandes dimensiones se mantuvo en servicio en Santander hasta bien entrado el siglo XIX. Ahí es nada, bastante más de dos siglos, por no decir casi trescientos años. Un día, por lo obsoleta que había quedado, se recibió la orden de fundirla para realizar nuevas armas, como era costumbre en estos casos. Y bien cerca estuvimos de perder para siempre la memoria de sus días de gloria y de derrotas. Corría 1849 o 1850 cuando llegó a Sevilla, a la Maestranza, para rendir su bronce al fuego del que había nacido.

Pero entonces, el coronel al mando firmó una ordenanza en la que pedía que aquellos cañones que por su decoración, antigüedad y valor histórico pudieran tener otro fin, no fueran destruidos, sino destinados al Museo de Artillería. La orden llegó cuando ya era un poco tarde. La media culebrina “extraordinaria” ya había sufrido un primer corte y se había empezado con el segundo (las partían para facilitar su manejo y fundición).

Afortunadamente, aún así se siguió la ordenanza y partió para el Museo de Artillería. De ahí pasó al Museo del Ejército, cuando estaba en el Salón de Reinos, en Madrid, y ahora en su nueva sede del Alcázar Toledano. Gracias a ello, hoy podemos contar su historia: la de un poderoso cañón que tronó desde la fortaleza española de Palermo. Que después fue enrolada en la Gran Armada, que se batió duramente en Gravelinas; que, después de un periplo increíble, arribó a puerto español para terminar sus días de servicio. Un servicio de 260 años en Santander.

Y hoy puede verse en Toledo, y podemos recordar todo eso mientras la contemplamos, quebrada y fabulosa.

Es solo un pequeño ejemplo, pero es parte importante de nuestra incomparable historia.

Por Manuel P. Villatoro en Espejo de Navegantes – ABC.