14 septiembre, 2015

EEUU descubre la Casa de Alba

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El cuaderno de bitácora de Cristóbal Colón (el original, no la copia que se muestra a los visitantes del Palacio de Liria) se exhibe con todas las medidas de seguridad que su importancia histórica requiere en una vitrina blindada débilmente iluminada en la quinta sala de la exposición ‘Tesoros de la Casa de Alba: 500 años de coleccionismo’, que desde el 11 de septiembre y hasta el 3 de enero de 2016 acoge el Meadows Museum de Dallas. Es la segunda vez que este documento está en el continente americano. La primera fue cuando el almirante desembarcó en el Nuevo Mundo y dibujó, con trazo preciso, a mano, en ese mismo cuaderno, el perfil de la isla de La Española (Haití), en octubre de 1492. La trascendencia del documento sobrecogió a los trabajadores del museo cuando montaban la exposición. “Les paralizó -explica Mark Roglán, director del centro- Tiene que ver con la historia; no con el arte. Forma parte del ADN de la cultura americana”.

También vuelven a América la lista escrita por el puño y letra de Cristóbal Colón con los nombres de los marineros que le acompañaron en el primer viaje; 40 navegantes y grumetes que trajeron las tres carabelas hasta lo que pensaron que sería las indias, así como el Real Decreto de los Reyes Católicos que otorga a Colón el título de almirante, virrey y gobernador de las islas y la tierra firme del mar Océano (1494). “El archivo de la Casa de Alba contiene 22 documentos de Cristóbal Colón de los únicamente 50 que se conservan en el mundo”, asegura Fernando Checa, ex director del Museo del Prado y comisario de la muestra que se compone de 130 piezas, 30 más de las que pudieron contemplarse en la exposición del año pasado en Madrid.

¿Cómo ha conseguido un museo privado como el Meadows, conocido como “el pequeño Prado” por su extensa colección de arte español, que la Fundación de la Casa de Alba acceda a que sus tesoros (entre ellos un delicadísimo Fra Angélico que la difunta duquesa siempre se negó a prestar) salgan de los palacios de Liria (Madrid), Dueñas (Sevilla) y Monterrey (Salamanca)? Algo de dinero hay de por medio, se entiende, aunque la elegancia de los implicados impide que refieran cuánto, pero también la disposición del 19º duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart, a permitir que “la gente disfrute de la colección”.

Al duque no le gusta que se generalice sobre quién se está encargando de la Fundación. “Voy a abrir al público el palacio de Dueñas a finales de otoño”, explicó en primera persona del singular en Dallas, ante un reducido grupo de medios de comunicación españoles, entre ellos EL MUNDO, invitado por la Fundación Meadows para asistir al último gran acontecimiento de su 50 aniversario.

“Ser duque no es cómodo”, añadía el aristócrata, que aseguró que, tras su paso por Dallas y después por el First Center for the Visual Arts de Nashville (Tenneessee), la muestra volverá a casa. “Liria está muy vacío sin sus cuadros”, comentaba. De momento no se plantea volver a sacar la colección de nuestras fronteras: “Está todo catalogado, pero hay que seguir restaurando cuadros; es necesario mantener, ordenar y conservar lo que hay”. Y comprar tampoco está entre sus prioridades: “Qué más quisiera yo que seguir comprando, pero primero hay que poner en orden las propiedades de la fundación y equilibrar las cuentas; no puedo hacer en ocho meses lo que no se ha hecho en 10 años…”.

“Su excelencia”, según el tratamiento del protocolo texano dispensado al duque de Alba, se mostró feliz con el resultado del esfuerzo de selección Fernando Checa y del autor de la musealización, el arquitecto Francisco Bocanegra. Aunque el dress code de la fiesta invitaba a lucir medallas (y muchos de los patronos llevaban prendida la orden de Isabel la Católica), el duque vestía un sencillo smoking con botonadura de zafiros. Tampoco el duque de Arjona, Cayetano Martínez de Irujo, que acompañó a su hermano a Dallas, llevaba medalla alguna. Quien no estuvo en Dallas pese haber sido invitado fue el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, al que, por otra parte, el protocolo estadounidense tampoco habría podido ubicar convenientemente entre una sociedad civil profundamente concienciada de la importancia de apoyar a la cultura con donaciones tan desinteresadas e importantes como la que dio lugar hace 50 años a la creación del Meadows Museum.

Quedó demostrado en la cena de gala ofrecida por la fundación en honor al duque de Alba, en la que tomaron la palabra el representante de la universidad metodista a la que pertenece la fundación, diversos donantes y los responsables de la conmemoración del 50 aniversario y del museo (Mark Roglán) además de un obispo que bendijo la mesa, y un único político: el alcalde de Dallas, que igual que todos los anteriores tuvo palabras emocionadas de agradecimiento hacia el aristócrata. “Usted forma parte ahora de ese exclusivo grupo que nos ha traído maravillosas obras de grandes artistas y nos ha permitido sentirnos un poco más sabios. Gracias por su generosidad”.

“Estoy muy feliz de que parte de la colección de la Casa de Alba haya salido por primera vez de España”, dijo el duque durante su discurso en inglés, en el que añadió: “Esta herencia es universal y mostrarla a la sociedad es un deber”.

La historia artística de los Alba

La organización de la exposición no es ni cronológica ni por escuelas artísticas, sino que se organiza en torno a la historia de las dos familias que conducen a la actual dinastía y del camino paulatino a través del cual van coleccionando: los Álvarez de Toledo, desde finales de la Edad Media y hasta el siglo XIX, y los Barwick, que toman el testigo cuando la 13 duquesa de Alba, Teresa Cayetana (la que pintó Goya), muere sin descendencia en 1802.

“Los Barwick -explica Fernando Checa- son descendientes de Jacobo Estuardo. De hecho, su primer hijo bastardo reconocido fue el primer duque de Barwick”. Tras morir la duquesa de Alba en 1802, Carlos Manuel Fitz-James Stuart se convierte en el 14 duque de Alba, y esta es la rama de la familia que llega hasta nuestros días.

Lamentablemente, tras la muerte de la 13 duquesa, su importante colección de arte barroco se dispersó y de los más de 3.000 cuadros (entre ellos, por ejemplo, la ‘Venus del Espejo’ de Velázquez) sólo quedó una treintena. El nuevo duque, afortunadamente, era un coleccionista consumado y compró muchísima pintura por toda Europa.

En la primera sala de la exposición, además del timeline familiar, se encuentran los documentos de nobleza de los Alba. En la segunda sala hay dos retratos del tercer duque de Alba (uno de ellos tradicionalmente atribuido a Tiziano ha sido recientemente reconocido como obra de Antonio Moro por el propio Fernando Checa, “sin que el duque se haya enfadado por ello”), y una de las joyas de la muestra: la Biblia de los Alba, la primera traducción del hebreo al castellano realizada por un rabino de Toledo. Se trata de un códice del siglo XV con 300 ilustraciones miniadas y seis a toda página que, a día de hoy, “es el libro más importante que hay en todo el estado de Texas”, reconoció Mark Roglán.

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Las salas tres y cuatro están dedicadas a la pintura barroca que entró en la casa de Alba tras el matrimonio del duque con la hija del marqués del Carpio (entre ellos dos importantes paisajes de José de Ribera, de los cuatro únicos paisajes que existen de la pintura española del siglo XVII), y la quinta, como dijimos, a los documentos de Colón, que llegaron a los Alba tras emparentar con la familia Veragua, descendientes del almirante. En la sexta sala se recogen las primeras obras coleccionadas por los Berwick, mientras que en la séptima puede contemplarse el famoso retrato de la duquesa que pintó Goya, además de un cuadro de Murillo comprado por la madre de ésta, entre otras obras.

RECUPERANDO LA COLECCIÓN

La octava sala está dedicada al primer duque de Berwick y Alba, Carlos Miguel, y a sus esfuerzos para volver a nutrir de arte la colección esquilmada, para lo que viajó por toda Europa adquiriendo piezas valiosas de la pintura romana, napolitana, florentina y holandesa del siglo XVII, veneciana del XVI… Aunque su principal adquisición fue un delicado Fra Angélico (‘La Virgen de la granada’, pintura transportable muy infrecuente en este autor del que sólo hay tres obras similares en España: la del Prado, la del Thyssen y la de la Casa de Alba) y una Magdalena de Andrea Vaccaro.

Las última galería comienza con la herencia de Eugenia de Montijo, que fallece en Liria y deja a su sobrino, el duque de Alba, buena parte de su colección (en el palacio madrileño hay dos salas decoradas al estilo francés). El principal cuadro es la Marquesa de Lazán, otra obra maestra del retrato neoclásico de Goya. También son importantes las artes decorativas, el cuadro de la duquesa de Medinaceli, de Madrazo, que está habitualmente en Dueñas y el retrato de la emperatriz pintado por Winterhalter, que era el pintor de moda neobarroco. El legado de Eugenia de Montijo incluía muebles de estilo imperio, como la mesa de despacho de estilo Napoleón III, que es la pieza más importante de muebles de la casa de Alba.

El padre de la última duquesa de Alba era amigo de artistas que le retrataron, como Joaquín Sorolla, Benlliure, Sargent… Pero el duque Jacobo coleccionaba además pintura antigua, como la copia de Rubens del original perdido de Tiziano del retrato del emperador Carlos y su esposa Isabel, comprado en Inglaterra en 1936, así como la primera edición del ‘Quijote’.

De Cayetana quedan el retrato pintado por Zuloaga, el busto de Benlliure y unos ejemplos de lo que Cayetana coleccionó: Renoir, Boudin y Fantin-Latour. “La exposición recoge la historia de la familia a través del coleccionismo y es un canon de lo que es la colección de la Casa de Alba”, señaló Fernando Checa.

Esta impresionante muestra merecía el recibimiento que Texas le otorgó en el Meadows, bajo una inmensa carpa, con música sinfónica en directo y rematada con un impresionante castillo de fuegos artificiales. Hace muchos años que a “su excelencia ” el duque de Alba no le reciben de esta guisa, y mucho menos ‘infieles’ como los que temblaban al oír su católico nombre en Flandes. Pero la biempensante y culta sociedad de Dallas representa un nuevo mundo y la de Alba ya es una nueva historia.

Por Esther Alvarado en El Mundo.