1 junio, 2015

Edvard Munch frente a Vincent Van Gogh

VAN-GOGH

Aunque coincidieron en el tiempo Vincent Van Gogh (1853-1890) y Edvard Munch (1863-1944) no llegaron a conocerse personalmente. Supieron uno de la obra del otro y, en momentos distintos, pasearon por los mismos escenarios (París, Amberes). Fueron hombres atormentados con episodios de locura que, con estilos muy diferentes, plasmaron paisajes similares: noches estrelladas, campos de trigo o una pasión desmedida por el autorretrato. El juego entre las similitudes y diferencias entre uno y otro, es el tema de la exposición Van Gogh + Munch que hasta el 25 de septiembre se puede ver en el Munch Museet de Oslo. Son un centenar de obras de ambos maestros que en octubre viajaran a Ámsterdam como parte del extenso programa de celebración del 125 aniversario del pintor neerlandés.

Aunque para algunos la mezcla de la obra de ambos artistas sea como batir agua con aceite, lo cierto en que tanto en Noruega como en los Paises Bajos o Alemania se les considera como los auténticos padres del Expresionismo. Magne Bruteig, comisario de la exposición, ha querido ahondar en esas aproximaciones que van más allá de lo puramente formal.

El recorrido está organizado de manera que, a la vez que se van mostrando los grandes temas de Van Gogh (Los comedores de patatas, 1885) o de Munch (una versión al pastel de El Grito, de1893) por separado, se lleva a los visitantes a pequeños escenarios en los que se confrontan temas comunes. Uno de los momentos cumbre de la exposición es poder contemplar como cada uno de ellos vio su propia Noche Estrellada. La de Van Gogh, La noche estrellada sobre el Ródano (1889), es una vista exterior nocturna desde la ventana del cuarto del sanatorio mental de Saint-Rémy-de-Provence en el que estuvo recluido. Considerada una de sus obras más inquietantes, las nubes y las estrellas se retuercen en medio de un cielo añil roto por el blanco.

La Noche estrellada de Munch, pintada entre 1922 y 1924, es una reflexión sobre su propia sombra en la que en primer término aparecen dos personajes de trazos difusos que se funden con un amenazante paisaje nocturno contemplado desde su casa de Ekely, en Oslo.

Otro de las grandes momentos de confrontación lo forman La casa amarilla de Van Gogh expuesta por vez primera junto a La enredadera de Virginia roja de Munch. Aquí el tema a compartir es el tratamiento del color como el elemento principal de la composición. La intensidad de la angustia mental que ambos maestros padecían, la mostraban a través de una distorsión ilimitada del color y de las formas

El tercer encuentro creativo está formado por El Puente de Trinquetaille (1888) que Van Gogh pintó en Arlés y una versión en pastel de El Grito, una de las obras más famosas de la historia del Arte, pintada por primera vez en 1893, considerada por muchos como la Gioconda de Munch. Las dos obras tienen en común, según el comisario, a los personajes desdibujados y nebulosos que pueblan la tela. Van Gogh pone a varios hombres o mujeres caminando por los alrededores del puente. Munch, en cambio, solo retrata a una figura femenina con la cabeza entre las manos con tal mueca de angustia que el espectador puede sentir un dolor que va mucho más allá de lo físico.

El Grito, del que Munch hizo cuatro versiones en pintura y varias más en aguafuerte, litografía o xilografía, forma parte de una serie de cuadros que nunca llegó a realizarse de manera completa, titulada El Friso de la Vida. Quería hacer un gran poema sobre el amor y la muerte. La mujer que protagoniza El Grito recuerda a un personaje femenino habitual en obras de Gauguin, lo cual da pie a la exposición a incluir una decena de obras de artistas que participaron la misma estela creativa de Van Gogh y Much: Seurat, Toulouse Lautrec, Monet, Manet, Millet y Gauguin.

Por Ángeles García en El País.