3 junio, 2014

Diálogos artísticos a propósito de la modernidad del jardín japonés

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Una muestra en Madrid mezcla pintura, música y ‘performance’ para homenajear al paisajismo nipón

Sería difícil entender la modernidad de Japón sin conocer las aportaciones del arquitecto paisajista Mirei Shigemori (1896-1975). Para el gran maestro japonés, el jardín debía ser un lugar de conocimiento y reflexión y junto al espectador formar una obra de arte única e indivisible. La incuestionable belleza de sus creaciones paisajistas está siempre ligada a la reflexión y al diálogo entre Oriente y Occidente. En sus jardines se funde la experiencia estética con la espiritual de una manera tan fascinante que son pocos los artistas contemporáneos que no se han inspirado en su obra. Toyohara Chikanobu, Lucio Fontana, Yves Klein, Richard Serra, Cildo Meireles, John Cage, Antoni Tàpies, Yoko Ono, o Chiho Aoshima son solo algunos de los ejemplos más conocidos y todos ellos forman parte de Variaciones sobre el jardín japonés, una de las exposiciones más especiales de la temporada que mañana jueves se inaugura en La Casa Encendida y a partir de septiembre estará en la Alhambra de Granada.

Alicia Chillida, comisaria de la exposición, recuerda que tuvo su primera aproximación a un jardín japonés durante una visita a Kioto, en 2001. Era un jardín seco del siglo XV al que solo se podía acceder con la mirada. Delante de sus ojos se fundían la pintura, la arquitectura, la música, el teatro, la jardinería, era uno de esos jardines que Mirei Shigemori renovó enriqueciéndolos con el arte, la filosofía y las religiones europeas.

Así nació Variaciones sobre el jardín japonés, una exposición que, como los jardines, no impone un recorrido para su contemplación. El espectador puede recorrer cada sala o contemplar las diferentes piezas sin perder la esencia del recorrido. Un mural manga ocupa la pared de acceso a las salas. El autor, Iwana (Madrid, 1981), muestra a Promethea, una súper heroína que busca la sabiduría. En medio de espectaculares arreglos vegetales, la chica adorna su pelo con objetos mecánicos y tocados de geisha. A sus pies, las carpas intentan remontar el río para transformarse en dragones. Iwana dice que somos energía libre, hechos para fluir y no para luchar.

Dentro, todas las obras expuestas guardan una relación con los temas explorados en los jardines japoneses. La pieza de Richard Serra, Double Rift I (2012), tiene que ver con los umbrales. Como en los templos sintoístas o en el teatro Kabuki, las puertas dan acceso a lugares sagrados pero también pueden permitir rápidos accesos a mundos aparentemente separados. Al avanzar un paso, el espacio entero se abre a otra cosmología. Serra vivió en Kyoto en 1970, cerca del conjunto de los Templos de Myōshin-ji. La experiencia trastocó el concepto que hasta entonces tenía de espacio, lugar, tiempo y movimiento.

De Antoni Tàpies, un declarado amante de las culturas orientales, se expone una de sus últimas obras, Gratatge Vermell (2008). Sobre un rabioso fondo rojo, el artista catalán pinta en negro una serie de números y letras mezcladas con figuras que podrían formar parte de un jardín japonés. Es un cuadro en el que el gesto sangriento del color ilumina la superficie negra del lienzo. Tàpies quiso mostrar en este pequeño espacio visual la fragilidad del cuerpo e invocar el humilde objeto cotidiano.

La música de John Cage llega con la partitura de Rioanjl 1985. En el texto que acompaña la pieza se puede leer que cada conjunto de dos páginas es un jardín de sonidos. Son los glissandi que deben interpretarse suavemente y, tanto como se pueda, como eventos sonoros de la naturaleza más que como sonidos musicales. La comisaría recuerda que, en un mítico concierto celebrado en 1980, Cage situó micrófonos bajo las hojas de algunas plantas, porque creía que en cada segundo de vida de un vegetal, en su sistema nervioso, se halla un sonido. Durante la última década de su vida, Cage realizó unos 170 dibujos en lápiz sobre papel, a partir de la complejidad del jardín zen de Ryōan-ji, Where R=Ryoanji, (1983-1992), analizando aquello que Japón considera una imagen perfecta de la naturaleza.

La muestra incluye piezas de Richard Serra, Antoni Tàpies y Yoko Ono, entre otros

En este armónico recorrido por esculturas, pinturas, fotografías y música, no podía faltar la performance, la obra artística total. De Yoko Ono se proyecta Cut Piece, 1964, la famosa obra en la que en la que la artista ofrece unas tijeras al público para que vayan cortando trozos de su vestido. Al final, aquella jovencísima Yoko Ono se queda prácticamente desnuda, lo que provocó no pocos escándalos en su momento. Pero como la propia artista puntualizó, la obra podía ser también protagonizada por un hombre. Allí no había más que arte, desafío al ego del autor, y un acto espiritual y tan armónico como los maravillosos jardines de su país.

Por Ángeles García para El País