3 julio, 2018

Del ‘Ecce Homo’ al ‘San Jorge triste’: “No son restauraciones, son señoras con Titanlux”

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Aunque muchos artistas locales tratan de echar una mano a la hora de recuperar obras antiguas, los restauradores insisten en que no es un trabajo que pueda hacer cualquiera; estas son algunas

“Ay, Dios mío”, dice la restauradora Marta Uriarte al ver el nuevo rostro que preside el retablo de la Adoración del Cordero Místico de los hermanos van Eyck. El cordero ha cambiado completamente su expresión, que Uriarte califica de “hiperdiabólica”. Si bien el resto de la obra cuenta con un acabado muy fiel al original y ha sido restaurada por profesionales del Instituto Real del Patrimonio Artístico de Bélgica, los nuevos morros del carnero se han difundido rápidamente por redes sociales, uniéndolo a la lista de horrores que encabeza el Ecce Homo de Borja y a la que hace poco también se ha apuntado la escultura de San Jorge de la iglesia de San Miguel de Estella.

Uriarte conocía la escultura de San Jorge -lo dice en pasado, ya no parece ni la misma- y el resultado final solo puede calificarlo de dramático. “Me parece un delito”. A la escultura, que muestra a San Jorge con armadura, a caballo y luchando contra un dragón, le queda poco de la talla original. Fue el párroco de la iglesia el que encargó el trabajo a una profesora de manualidades de Estella. Decimos “trabajo” porque, insiste Uriarte, algo así no puede calificarse como “restauración”.

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“Lo primero que me chirría es que las sigan llamando restauraciones fallidas. No son restauraciones, eso es alguien que llega y repinta sin formación de restauración”, asegura sobre el Ecce Homo y el San Jorge. Afirma que es como el intrusismo de toda la vida. “En este caso, la profesora que lo hizo no tiene esta formación. Nosotros estudiamos durante cuatro años y es una carrera bastante intensa y variada, desde arte hasta química, es muy completa. No todo el mundo se puede permitir el lujo de decir que restaura.”

El propio alcalde de Estella, Koldo Leoz, pareció darse cuenta del error: “La restauración deja bastante que desear”, explicó a Efe. “Se realizó sin el conocimiento del Ayuntamiento desde luego y supongo que sin conocimiento de los técnicos competentes en la material del Gobierno de Navarra, porque imagino que habrían aconsejado otro tipo de restauración”.

El propio alcalde de Estella, Koldo Leoz, pareció darse cuenta del error: “La restauración deja bastante que desear”, explicó a Efe. “Se realizó sin el conocimiento del Ayuntamiento desde luego y supongo que sin conocimiento de los técnicos competentes en la material del Gobierno de Navarra, porque imagino que habrían aconsejado otro tipo de restauración”.

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“Esto pasa todos los días”
Si Uriarte insiste en que estos trabajos no son restauraciones, es por algo. “La culpa no es de la profesora que restauró el San Jorge, es del párroco que se lo encarga. Pero esto pasa todo los días”, afirma la restauradora, que ha podido visitar muchas iglesias españolas. “Hay como una corte de señoras, sobre todo en los pueblos, que igual que limpian o planchan, te pintan un Ecce Homo. Si todos los domingos le sacas brillo al oro del retablo, al final se lo quitas”, explica. Son los párrocos quienes impulsan estas actividades, pidiéndoles que pinten la cara de la virgen “o que la pongan rubia, que es más mona”. “Son señoras que dicen ‘tengo un bote de Titanlux’ o ‘tengo purpurina del Leroy Merlin’”, ejemplifica Uriarte. Estos apaños suponen casi el 50% del trabajo de los restauradores, que tienen que repintar las tallas que, con toda su buena intención, se lanza a hacer la gente del pueblo.

Hay como una corte de señoras, sobre todo en los pueblos, que igual que limpian o planchan, te pintan un Ecce Homo

Que sean los asiduos a la iglesia quienes se encargan de intentar recuperar estas obras no se hace solo como un favor, sino también porque un restaurador es más caro. “No tenemos ningún tipo de regulación ni de convenio, así que bajamos el precio un poco más porque lo que queremos es trabajar.” Uriarte insiste en la importancia de contratar a alguien cualificado para restaurar: algo que tienen en común todas estas obras es que no se respeta el original. “Un restaurador no pone nada de él”, explica como norma fundamental. “Si hay algo de lo que tienes datos, por ejemplo, de la posición de la mano de la Virgen que ahora no se ve, siempre tiene que haber una diferencia clarísima entre el original y lo que se integra. No pones nada de tu cosecha y no creas nada”, insiste. “Un restaurador no es un pintor”.

El estropicio del San Jorge podría tener solución de, como mínimo, dos meses de trabajo, aunque Uriarte explica que no se sabe hasta que se empieza a probar. “Depende de con qué lo hayan hecho es imposible de quitar o no. Usamos disolventes, pero a veces es imposible. El San Jorge está tan mal que algo se podrá recuperar, pero magia no podemos hacer”. En concreto, esta escultura del siglo XVI está muy documentada, añade, y se puede ver lo que había debajo. “Siempre habrá datos, pero si lo han hecho con pintura acrílica muy mala, el pobre restaurador al que le toque arreglarlo ya puede soñar”.

Otros “atentados contra el Patrimonio”

Aunque estas son las no-restauraciones que más se han señalado entre risas, incluso elevando el Ecce Homo de la jubilada Cecilia Gimeno al estatus de icono pop, han trascendido otros casos. Uno de ellos es el intento de restauración del Niño Jesús de Ontario por parte de una artista local. La imagen había sido decapitada un año antes y ante la falta de presupuesto del párroco, una mujer llamada Heather Wise se ofreció a hacerlo. La estatua era de mármol blanco, pero ella utilizó arcilla. El resultado se parece a cualquier cosa menos al niño Jesús.

Algo más local es lo ocurrido con el conocido ‘El caballero de la mano en el pecho’ de El Greco, tan terrible que llegó hasta el Congreso de los Diputados en 1996. Después de la actuación del restaurador Rafael Alonso, el fondo negro desapareció y transformó en gris. Peor suerte corrió una talla del siglo XVII de San Miguel Arcángel en Peñaranda de Bracamonte. Otra vez, no fue un restaurador el que trató de devolverlo a su estado original, sino un aficionado que transformó por completo el color del pelo, cara y la ropa. El resultado fue calificado como “un nuevo atentado contra el Patrimonio”.

Por Paula Cantó para EL CONFIDENCIAL