2 julio, 2013

Cuando el lienzo es la ciudad

Suso33

En Madrid hace tanto ruido que la mirada desconecta, pero las paredes, si te paras un momento a escuchar, hablan. Están llenas de palabras, guiños, juegos de colores y perspectivas, humor y crítica social. Unas veces evidente y bonito, otras feo y difícil de ver, es el arte de la calle, libertario y ácrata. Y tienes que darte prisa en ver, porque lo borra el tiempo, el Ayuntamiento o la falta de respeto. La calle, muy igualitaria además de cruel, es compartida y muchas veces disputada por jóvenes recién llegados que ensayan o copian, se equivocan o aciertan. Siguen las huellas de artistas consagrados que, a pesar de haber entrado en el circuito del arte, aún necesitan muros en los que trabajar a hurtadillas, sintiéndose fuertes, retadores, libres.

En el paisaje del arte urbano local, lo primero que llama la atención es una casi total ausencia de obras a gran escala, solo un par de medianeras de Blu y de SAM3, hechas para la Noche en Blanco de 2010, cuando en Cartagena o Valencia se cuentan por decenas. Tabacalera, Campo de la Cebada, el Patio Maravillas y Esto es una Plaza, todos espacios de iniciativa ciudadana, son otras islas donde el gran formato emerge en medio de un páramo de prohibiciones. A ellas se acaba de sumar esta semana un gigante de 1.800 metros cuadrados titulado Evolución. Ocupa una de las fachadas del pabellón 12 de Ifema, creado por Suso33, Aryz, SAN, Herbert Baglione, Okuda y Sixe Paredes dentro del festival Mulafest. En el mismo marco y también permanente, Boa Mistura ha hecho una intervención en el suelo, una alfombra de geometrías entre las naves 12 y 14.

Padu

Guillermo de la Madrid, autor del blog Escrito en la pared e ideólogo de Madrid Street Art Proyect, que promueve talleres y safaris de arte urbano, sostiene que se debe a que “Madrid es hostil”. “Da mucho que pensar la gran cantidad de amigos a los que esta ciudad ha echado como El Tono, San, 3ttman”, añade Suso, para pronunciar, de nuevo, la palabra “hostil”. Pero la falta de apoyo, o incluso rechazo, no es solo institucional.

Remebe, uno de los miembros todavía en activo del grafiti autóctono de los ochenta, sostiene que entonces se percibía como “un movimiento bohemio e incluso romántico, pero al masificarse ya no se ve con tan buenos ojos”. “Antes, la gente se paraba a preguntar cuando te veía pintando y te pedían una firma. Ahora lo más habitual es que llamen a la policía”, se lamenta. “El grafiti hoy puede salir muy caro”, remacha. Las multas, tras ser multiplicadas por cinco en 2009, ascienden a 3.000 euros y, en caso de ser reincidente, 6.000, a las que se añaden el coste de limpieza.

Sí, ya han pasado 30 años…

… desde que unos cuantos chavales se convirtieron por vez primera en escritores, “haciéndose a ellos mismos, sin contacto con el exterior, creando un estilo con tipografía, filosofía y reglas propias”, relata Remebe, uno de los apenas media docena de flecheros o miembros del grafiti autóctono de Madrid que siguen activos. ¿Qué queda de aquello? “El poso, los cimientos de hoy”. ¿Y qué más? Una firma y un dilema. El muelle de la calle Montera como testigo de una época “rodeada de una inocencia, originalidad y frescura” y la duda de si el arte urbano, efímero por definición, se puede (o se debe) conservar.

“Esta firma de Muelle [padre del movimiento y muerto en 1995] es lo que se denomina un grosor y es el único que queda de ese tamaño y características en el centro”, explica Remebe, firme partidario de preservarlo. Amigos y seguidores, junto con expertos y técnicos, pidieron al Gobierno regional que lo declarara Bien de Interés Cultural en 2010. La Comunidad no lo consideró con entidad suficiente pero derivó el asunto al Ayuntamiento, que le colocó una protección provisional. Y ahí sigue la malla verde, sin que el Consistorio se decida a dar ningún paso más.

“No tenemos recursos jurídicos suficientes para protegerlo porque las competencias son de la Comunidad”, sostiene el director general de Patrimonio Cultural, que se pregunta, dentro de un debate abierto en todo el mundo, si trasladarlo a un museo no sería una traición al espíritu mismo del grafiti. “No hay ninguna decisión tomada”, concluye, mientras la plataforma prepara el enésimo acto para salvar al último muelle el 30 de junio en el Campo de la Cebada.

En 2012, se abrieron 63 expedientes por sacar el spray en la vía pública. Además de castigar el arte urbano, Madrid le pasa el plumero. El año pasado, según los datos oficiales, se limpiaron 1,3 millones de metros cuadrados a seis euros cada uno. Sí, un total de 7,8 millones de euros. A diario, un batallón de 110 personas sale rodillo y agua a presión en mano para dejar los muros como una patena o, más bien, parcheados en colores apenas similares a los originales y que al final provocan el efecto visual del triste payaso pobre, remendado y deslucido.

Las multas, tras ser multiplicadas por cinco en 2009, ascienden a 3.000 euros y, en caso de ser reincidente, a 6.000, a las que se añaden el coste de limpieza. En 2012, se abrieron 63 expedientes, cinco al mes. Además de castigar el arte urbano, Madrid le pasa el plumero. El año pasado, según los datos oficiales, se limpiaron 1,3 millones de metros cuadrados a seis euros cada uno. Sí, un total de 5,7 millones. A diario, un batallón de 110 personas sale rodillo y agua a presión en mano para dejar los muros como una patena o, más bien, parcheados en colores apenas similares a los originales y que al final provocan el efecto visual del triste payaso pobre, remendado y deslucido.

“¿Hostil? Esa palabra es muy dura, excesiva quizá”, reacciona incómodo José Francisco García López, director general de Patrimonio Cultural del Área de Las Artes del Ayuntamiento, que sostiene que “este fenómeno necesita ir integrándose en la legalidad” y que la intención política del PP local es “darle cauces”. “Entendemos que es un arte y, por tanto, valioso. El buen grafiti mejora el paisaje y el patrimonio urbano”, declara, para matizar que, como toda manifestación artística, “lo hay de mejor y de peor calidad”. Levantando parte del cerrojo impuesto desde hace años al arte urbano, García López anuncia: “Vamos a abrir espacios de creación urbana que se incorporen al patrimonio cultural de la ciudad. Queremos que los buenos artistas urbanos trabajen en Madrid en un proyecto de activación”.

Para ello, se ha creado una Oficina de Gestión de Muros, que comenzará a operar “como muy tarde en septiembre”. “El proyecto, parte del Plan Estratégico de Cultura municipal de aquí a 2015, ya está aprobado y desarrollado”. Consiste en “seleccionar a artistas madrileños y también extranjeros para invitarles a que intervengan” en paredes legales. Serían, en una primera fase, “de cinco a diez medianeras o muros de gran impacto visual situados en espacios que requieran de una rehabilitación y mejora estética”. La Comisión de Paisaje Urbano, integrada por técnicos y cargos directivos de Patrimonio, Medio Ambiente, Urbanismo, Vías y Espacios Públicos, entre otros departamentos, será quien determine quién, cómo y dónde a partir de una propuesta de la Dirección General de Patrimonio.

La lista de candidatos y lugares, que se avecina espinosa y hasta explosiva, ya está elaborada, aunque el director se reserva los nombres. Según García López, “se ha contado con la opinión de colectivos y expertos nacionales e internacionales” y no responde “a caprichos sino a criterios objetivos y razonados”. “Elegir es crear agravios”, admite. ¿No resultan contradictorios los discursos de Las Artes y Medio Ambiente? “No, son perfectamente coherentes. Al igual que no se puede jugar un partido de fútbol en plena Castellana, el arte tampoco puede manifestarse en cualquier sitio que no esté previsto ni establecido”, opina el director, que añade, por si quedaba alguna duda, que el régimen de sanciones se mantendrá.

Kappa

Mientras llega el maná, si llega, el arte urbano que se puede hacer y que de hecho se hace viene determinado por esta estrechez de espacios y actitudes. “Las intervenciones son rápidas, discretas y pequeñas”, explica De la Madrid, que recomienda recorrer con calma Lavapiés, Malasaña, Tetuán y Huertas. “La que más pierde en esta guerra [entre el rodillo que limpia y el spray que mancha] es la ciudad. La principal razón por la que hacemos feísmo ilustrado es que, aunque sepamos cómo hacerlo bonito, no nos dejan hacerlo mejor, no puedes pintar más de cinco o diez minutos sin ponerte en riesgo”, reflexiona Ruina, artista entre cínico y tierno que pinta retratos con un seis y un cuatro, corazones palpitantes y coronas con lemas como Enjoy the crisis o Hey hey hey que trabaje el Rey.

“Sin espacios donde expresarnos como artistas, con canales corrompidos o despreciables como ciudadanos y en el umbral de la pobreza como trabajadores, ¿se pueden hacer grandes, optimistas y coloridos murales de adorno? La respuesta es no”. A su juicio, “esta ciudad merece un grafiti feo, agresivo, rápido, cerrado y contestario, aunque los ciudadanos merezcamos otra cosa”.

Ruina, que suele operar con Sabek y el dúo Laparesse, se considera un “provocador, un comunicador y un urbanista de baja intensidad”. “Construimos la ciudad desde abajo, la hacemos colaborativa, abierta, viva, la hacemos respirar. ¿Hay algo más urbano que hacer ruido, molestar, hablar alto y fuerte, darse codazos?”. Siguiendo este razonamiento, lejos de ser incívicos, los artistas urbanos serían “ciudadanos participativos”.


Suso33: Los Elegidos. Nach feat. Akhenaton & Talib Kweli.

Suso33, precursor de un postgrafiti que ha trascendido y desbordado hacia lo que llama “pintura escénica en acción”, se ríe de la ficticia dicotomía ilegal-legal, parodia la imagen del grafitero transgresor con su traje de superhéroe y se declara cansado de que le pregunten siempre por el chiché de la clandestinidad mientras se ignoran los aspectos plásticos y estéticos. También está hastiado “del circuito del arte”. “Me hacen propuestas obscenas, me tratan como una puta sofisticada, sin amor ni respeto, pero en la calle no tengo que darle cuentas a nadie, me siento libre”, proclama mientras llena la ciudad de ausencias, “sombras antropomórficas de cuerpos que no están”, a veces humanos, a veces demonios, a veces ángeles.


Neko: One Army from Bandiz Studio on Vimeo.

Porque Suso sigue “muy al pie del cañón” y no entiende por qué “la gente se sorprende” de verle todavía en la calle, “haciendo cosas de manera autónoma, independiente y sin permiso”. Es su modo de decirse que no ha perdido el rumbo. El artista, que llevando el grafiti a sus últimas consecuencias y para desesperación de los galeristas usa tinta que se borra, ve el panorama “como una rueda que da vueltas y que se vuelve a repetir”, mientras garabatea en una hoja la diferencia entre tags o firmas, grafiti, street art y arte urbano.

Las aguas tormentosas que van de uno a otro movimiento las surfea con estilo Neko, que lo mismo hace grafiti a lo bestia arrojando a una pared litros y litros de pintura con un extintor de agua como que se apropia de las marquesinas para introducir mensajes subversivos o neones de color. Es el hijo rebelde de Don Drapper, una marca que no vende nada, una “esponja” cuya escuela va “desde una lata de Coca-Cola a un libro de arte”, que no puede dejar de explorar en busca de “sensaciones y experiencias al límite” y que necesita “hacer cada día una cosa”. Para este artista de 29 años de gafas hipster y cuerpo ultratatuado, todo tiene un nexo. “Es pasión, es desobediencia, es sin permiso de su propietario, es ejecución ilegal, pero no como cliché ni en sentido peyorativo sino como desobediencia civil, no es negativo ni destructivo ni explota ni hiere”, suelta a borbotones en un discurso veloz y difícil de seguir.

Mientras para algunos la ilegalidad es la principal motivación, otros la han abandonado. “Hace años que pinto con permiso”, declara Dourone, a quien muchos niegan el derecho a ser llamado artista urbano. Empezó “a hacer letras a los 12 años”, a los 16 se pasó a la ilustración y ahora, a los 28, hace campañas para marcas y pinta fachadas por encargo mientras desarrolla su proyecto personal, el Street Museum. El último de sus cuadros al aire libre es El hombre sin aliento, en la calle de Valderde. “Quien disfrute haciéndolo así pues muy bien, pero yo. Mi obra no se puede hacer rápido”, concluye.

En un punto intermedio se encuentran los vitalistas Boa Mistura, cinco amigos de Alameda de Osuma —el arquitecto Javier Serrano (Pahg), el ingeniero Rubén Martín (rDick), el publicista Pablo Purón (Purone) y los licenciados en Bellas Artes Pablo Ferreiro (Arkoh) y Juan Jaume (Derko)— que empezaron en la calle a los 13 años y “de la misma manera que todos, vandalismo y repetición de la firma”. Pero “fueron avanzando hacia los murales y la relación de la obra con el espacio” hasta abrir un estudio en 2001. Aunque colaboran con instituciones, tienen “obras comisionadas” por empresas, dan cursos y les ceden paredes, siempre vuelven a la calle.

Ritmo urbano de RTVE. Capítulo 15: Boa Mistura.

“Nada de ilegales o a escondidas, pintamos sin capuchas y a plena luz. Hacemos lo que sentimos y somos felices haciéndolo y no creemos que tengamos que pedir ni permiso ni disculpas”, dice Javier con contundencia, pero con maneras de gentleman. Lejos de tenerse por vándalos, y eso que les abrieron expediente “por intervenir con gris sobre un muro parcheado en gris”, piensan que, como “artistas urbanos”, tienen una “responsabilidad con la ciudad”. Rescatan “rincones olvidados por sus dueños” haciendo el “menor daño”, nada de ácido en cristal, nunca en el granito. Conscientes de que se les censura que lo hagan bonito y que vivan de ello, Javier comenta entre risas que los cinco tienen “un defecto, pagar el alquiler y comer”. “Dentro del arte urbano hay quien prefiere tener una doble vida, banquero de día y artista de noche. Nosotros los somos las 24 horas”.

‘Sía’, una de las mujeres de de Por Favor. / SAMUEL SÁNCHEZ

Pero incluso hay quien no se considera ni artista ni urbano. Es el caso de Por Favor, que coloca cuadros de laetitias y umas y que ha inventado una sorprendente tipografía de forma de onda. Tiene 40 años y no empezó de niño, sino hace tres. Al principio, trasladaba lo que veía a la red, “ya fuera de un desconocido o de un superfigura”, hasta que acabó por animarse, explica con mucha sinceridad, sentido común y honradez desde el Keller, el taller de arte urbano de Tabacalera.

Tomó el nombre de su primer icono, la enfermera que pide silencio, a la que puso a hacer pompas, empuñar un arma o volar al espacio. Muy comprometido, no quiere enquistarse en la crítica. “Para hacer una plantilla a Cospedal tengo que pasar un mes viéndola. Después, necesito un ola k ase para salir de la tristeza”, confiesa.

Padu Atocha

Lo mismo le ocurre a Padu, artista de humor fino y de inspiración pop que alterna estética, juego y protesta. Padu es el rey de las intervenciones en señales y cajeros. Transforma el oso de Caja Madrid en un ladrón de tebeo, con pistolita y antifaz, al tiempo que aprovecha el rectángulo de los prohibidos para rendir homenaje a Tiburón o al casete, para bombardearlos de lunares o para poner al peatón de los pasos de cebra a bailar el moonwalker. También juega a Pacman con los semáforos y convierte los cedas en rendidas declaraciones de amor a Tierno Galván.

Aunque parezca de lo más inocente, modificar señales es una falta muy grave castigada con multas de 3.000 a 20.000 euros. A pesar de lo que se juega, Padu sale de día, “llamas menos la atención”. ¿Por qué unos días toca jugar y otros ir a por un banco? “Pues depende del estado de ánimo, hay días que te levantas muy cabreado”, admite. ¿Pueden unos lunares ser una protesta? Hoy en día, cambiar algo de color está transformándose en peligrosa crítica social.

Por Victoria Torres Benayas en El País.