27 mayo, 2013

Creadores desde dentro

Fernando Mastretta

Pueden estar en cualquier parte: en oscuros sótanos, olvidados garajes, amplios y vetustos pisos de techos altos, o recoletas viviendas de reluciente parqué y níveos muebles de diseño. Ahí dentro están, rompiéndose el corazón, el cerebro y los sentidos para expresarse creando. Desde el pasado miércoles hasta el domingo, mediante la iniciativa Open Studio, el público puede visitar en persona los estudios de los artistas y conocer de primera mano su arte y, sobre todo, sus procesos y neuras creativas. Busque en el plano o la web de Open Studio (http://openstudio.es/). Puede que alguno se esconda en su edificio.

Esta es la segunda edición del evento: “El éxito de la primera fue una sorpresa porque era como una edición cero, de prueba”, explica María Eugenia Álvarez, una de las organizadoras, “pero en cuatro días tuvimos 6.000 visitantes. Algo muy bonito de ver fue la generosidad entre los artistas, cómo se apoyan, se ayudan, cómo se aconsejan”. En esta iniciativa, que busca acercar la misteriosa figura del artista al ciudadano de a pie (pero también al sospechoso habitual), se mezclan nombres emergentes con otros ya bien asentados como Daniel Canogar, Juan Ugalde o José Manuel Ballester. Y este año presentan novedades como la participación del museo Thyssen Bornemisza en las sesiones Open Storage, en la que los museos (otros son el Reina Sofía o el Centro de Arte Dos de Mayo, entre otros) abren sus almacenes o talleres de restauración a los visitantes.

También se ofertan visitas guiadas en las que un especialista guía al explorador del arte por alguna ruta de galerías (algunas transcurren por el centro de la ciudad, otras llegan, saltando de estudio en estudio, hasta El Escorial), o el premio Producción Artística Fundación Banco de Santander, que otorga 3.000 euros para la producción de una obra y una residencia de tres meses a un artista menor de 35 años. En esta edición se cuentan 34 estudios que albergan 83 artistas.

Juan López

En Open Studio uno puede visitar, por ejemplo, el sótano donde trabaja Cristina Garrido. Allí la artista explica algunas de sus obsesiones como el color blanco (en una de sus acciones clandestinas recubrió de sábanas blancas varios muebles en un Ikea) o la extrañeza por el cambio en el valor de cambio de las cosas (como suele ocurrir en el volátil mercado artístico): así interviene pintando sobre boletos de lotería aún vigentes o sobre postales de obras de arte. En el luminoso estudio de Laramascoto, practican un arte que mezcla los últimos avances tecnológicos (trajinan entre códigos de programación y variados cachivaches) con cierto primitivismo (pantallas y carboncillo, proyectos de enormes tótems fabricados con pantallas). Es la primera vez que abren sus intimidades al público: “No solemos recibir muchas visitas aquí”, explica Beatriz Coto, “pero es muy interesante mostrar al público nuevas propuestas que no conocían y, sobre todo, mostrar todo el trabajo que hay detrás, que muchas veces no se aprecia en la pieza final”.

El artista Juan López recibe en el despacho de su casa, donde trabaja: “Mi obra es muy efímera, algunas piezas solo duran unas horas. Lo único que me queda es la documentación, ni siquiera tengo un taller propiamente dicho. No generar más objetos innecesarios es una forma de posicionarme en contra del mercado del arte”. Lo suyo son intervenciones sobre arquitecturas, muros, calles, aunque, quizás, dando otra vuelta de tuerca a lo que se considera arte urbano. “Me gusta esta iniciativa porque puedo explicar mi obra a gente que no la conoce y, si la conoce, puedo profundizar en ella, conocer sus opiniones”, cuenta, “y también porque puedo darme a conocer entre coleccionistas o comisarios extranjeros que vienen de visita”.

Algunos tienen artistas invitados, como Fernando Mastretta, que mezcla sus obras con las de Maíllo y José Díaz. Fue profesor suyo y les acoge porque “con las nuevas técnicas, no se encuentran muchos pintores entre los artistas jóvenes. Nosotros tenemos que trabajar la tradición y los materiales de siempre, lo que tenían en el Barroco, buscando extraer nuevas ramificaciones a partir de eso”.

Se puede encontrar de todo: como cada hogar, cada taller es una sorpresa. Unos coleccionistas, que prefieren no identificarse, cuentan: “Nos gusta venir a estas iniciativas para salir del circuito cerrado de los galeristas y conocer nombres y corrientes nuevas. En otros países se potencia más lo emergente, pero aquí parece que estamos enrocados en los mismos nombres. Y, por supuesto, la cercanía hace que aumente tu sensibilidad y amor por el arte”.

Por Sergio C. Fanjul en El País.