22 marzo, 2013

Cine español: el hilo que une a Quevedo y Goya con Berlanga

Imagen irrepetible, «Un perro andaluz», de Luis Buñuel

Se suele caer en la tentación de considerar el cine español como algo teñido por los acontecimientos del último mes, las últimas películas, los éxitos o fracasos recientes o incluso la última ceremonia de los premios Goya, pero la realidad es que para encontrar la esencia del cine español, o de lo español en el cine, hay que ponerse unas imaginarias gafas de 3D y verlo en profundidad, en todas sus dimensiones y a lo largo de todo un siglo del que ha sido no sólo testigo sino también parte y arte de la evolución de un pueblo. Traía forma de espejo ya en su misma cuna y hasta en la considerada primera película hecha por un español podría apreciarse el distintivo de la denominación de origen: «Salida de Misa de doce del Pilar de Zaragoza», de Eduardo Jimeno, en 1896, unos meses después de que los franceses inauguraran el cinematógrafo saliendo de una fábrica.

Teatro, literatura, pintura

La esencia del cine español ha estado en su teatro, en su literatura, en su pintura, que evidentemente fueron siempre un paño empapado de nuestro particular espíritu, de tal modo que no es difícil establecer una línea ética y estética que enlaza a Quevedo con Goya con Valle y con Berlanga. Y estirándola y quebrándola, aún con Almodóvar. Los primeros destellos de peculiaridad en nuestro cine vinieron tan pegados a la literatura y a la pintura, que un personaje tan inabarcable como Buñuel tuvo la intuición de aliar estilo y generación para hacer«Un perro andaluz» y «La edad de oro» situando al cine español varias horas por delante del reloj del séptimo arte. El Buñuel en Hollywood, el Buñuel en México o el Buñuel en Francia no es sino un modo muy singular de anclar la mirada de lo español en el cine en una ida y vuelta casi perfecta.

Los avatares del siglo XX impulsaron en su segundo tercio un tipo de cine igualmente pegado al espíritu de la época y las circunstancias, alrededor fundamentalmente de una productora, CIFESA, que reproducía, a su modo, los valores industriales que funcionaban en Hollywood y los morales que imperaban en el régimen de Franco, y en el que apuntaron directores tan irrepetibles como José Luis Sáenz de Heredia, Rafael Gil o Juan de Orduña, y otros tan inclasificables como Edgar Neville o Ladislao Vajda, quien con «Marcelino, pan y vino» abrió una ventana desde la que se veía el mundo.

Un encuentro clave en la historia del cine español es el de José Luis García Berlanga y Rafael Azcona, que encontraron ese hilo que ataba en un mismo nudo al pícaro de la literatura con la sordidez de la pintura goyesca y ese esperpento y aire de ruedo ibérico con el que urdieron de modo modernísimo y neorrealista películas como«Plácido» y «El verdugo», que son la huella imborrable de una época, de un país, de un estado de ánimo y de un espíritu lleno de humores y negruras. En ningún otro sitio se verá con tanta claridad lo que fueron los años cincuenta y la eclosión de los sesenta como en estas películas, y el tiempo las conservará como su mejor testimonio de entonces. Del mismo modo que resulta esclarecedor para entender los años ochenta en nuestro país entrar en el cine de Pedro Almodóvar, que absorbe como una esponja los anhelos, prejuicios, miedos y esperpentos de una sociedad en pleno brote.

Y mientras Berlanga y Azcona empapaban su celuloide de «realidad cóncava» y en el cine español alumbraban nuevos nombres comoSaura, Camus, Picazo o Armiñán, un personaje llamado Samuel Bronston decide instalar en España una sucursal de Hollywood con unos grandes Estudios donde trabajaría Nicholas Ray, Anthony Mann, David Niven, Charlton Heston, Cary Grant, Ava Gardner o Rita Hayworth y que dejaría títulos como «55 días en Pekin», Rey de Reyes» o «El Cid» o «La caída del imperio romano».

En coincidencia con la llamada Transición, el cine español se puso rápidamente en hora y estuvo muy atento y esponjoso con esos mismos anhelos y turbaciones, y podría fijarse en el nombre de Alfredo Landa, un actor que es un mundo entero, la importancia, cercanía y visibilidad de un arte que supo esperar y animar al público a ensayar un salto hacia otro lugar. O José Luis Garci, que barría por dentro las pelusas de aquella sociedad con títulos como «Asignatura pendiente» o «Solos en la madrugada».

La influencia de Pedro Almodóvar, de su olfato y su talento cinematográfico, cambió el modo de hacer cine en España en las últimas tres décadas. Esa mezcla de humor, pasión e irreverencia ha dado frutos muy diversos y singulares, como Álex de la Iglesia o, con personalidad estratosférica, Santiago Segura, y también ha permitido subrayar el cine español en todo el mundo, sólo conocido por la importancia de Luis Buñuel y por la de algunos ganadores de Oscar, como Gil Parrondo, el propio Garci, Fernando Trueba, Alejandro Amenábar, Alberto Iglesias, Javier Bardem o Penélope Cruz, además, claro, de Pedro Almodóvar que lo ha ganado en un par de ocasiones y apartados.

La actualidad del cine español es muy compleja y se debate entre las angustias del mercado interior y las ventajas y posibilidades del exterior, y hay una generación de cineastas que han encontrado la puerta para entrar a la gran industria. Es el caso de Rodrigo Cortés y «Enterrado», de Juan Antonio Bayona y «Lo imposible», de Juan Carlos Fresnadillo y «28 días después» o de Jaume Collet Serra y «Sin identidad», unos cineastas que cultivan un tipo de género en principio poco apropiado para la esencia de nuestra cinematografía, pero que han trazado un carril más al camino abierto por Alejandro Amenábar, Antonio Banderas, Javier Bardem o Penélope Cruz.

Y en esa aparente discordancia entre el cine «pequeño» y el cine «grande» busca su equilibrio y su lugar una cinematografía que nació al salir de Misa, que ha alcanzado en diversas ocasiones una increíble madurez y que aún se comporta a veces como un chiquillo.

Por Oti Rodríguez Marchante de ABC.