14 septiembre, 2015

Cataluña vive en Madrid

longoria

Cataluña reside en Madrid. No toda, claro. Pero sí una sustanciosa cuota. Gran parte de los principales artistas y urbanistas catalanes halló aquí espacio y aliento para asentar su merecida fama desde el siglo XIX. Las 111 históricas leguas que durante siglos han separado a Madrid y Barcelona desaparecen, precisamente, al hablar de Ciudad y Cultura, que resultaría muy poco comprensible sin incluir las aportaciones, colaboraciones y complicidades que gerundenses, ilerdenses, tarraconenses y barceloneses han legado a la geografía humana, al arte y la política de la ciudad. Prueba de ello son, hoy mismo, los guiños políticos que se cruzan Ada Colau y Manuela Carmena, alcaldesas, progresistas ambas, de Barcelona y Madrid. O el debate sobre Cataluña convocado por el Ateneo de Madrid este martes.

Las vías públicas se encuentran trufadas de menciones a Cataluña, como la plaza de su nombre, la de Dalí, la de Joan Miró o la de la Sardana, en el Retiro, presidida por una estatua de Jacinto Verdaguer, que durante años congregaba cada domingo a los aquí residentes para bailar juntos su ancestral danza. La planificación urbanística madrileña fue obra, a partir de 1948, del arquitecto, gerente e ideador de COPLACO, Carlos Trías, que contó con otros catalanes como Antonio Perpiñá, que proyectaría gran parte del polígono Azca o José Antonio Coderch, autor del edificio Girasol.

En el terreno del Pensamiento, el filósofo conservador Eugenio D’Ors posee el monumento personalizado mejor situado, quizá, de Madrid: enfrente del museo del Prado, con fuente y un muro ilustrado con frases suyas. Por cierto, un hijo de D’Ors fue arquitecto municipal de Madrid, villa cuya topografía contiene numerosos hitos escultóricos de autores catalanes, tratados en fundiciones como la creada en Barcelona por Benito Codina, establecida hoy en Paracuellos del Jarama, que pobló Madrid con sus mejores bronces.

El culmen de la estatuaria catalana se encuentra en el parque del Retiro, más precisamente, en el mausoleo de 30 metros de altura por 58 de anchura y 86 de longitud dedicado a Alfonso XII que preside el Estanque Grande desde 1902. Su proyecto fue asignado al arquitecto barcelonés José Grases i Riera (1850-1919), autor por su parte del hitos tan madrileños como el edificio de La Equitativa, en la calle de Alcalá y del palacio de Longoria, florón modernista madrileño casi único, hoy sede de la Sociedad General de Autores de España. Grases convocó en el Retiro a 20 de los mejores escultores del momento, que dejaron su impronta en el mausoleo: en su mayor parte eran catalanes, como el gerundense Miquel Blay i Fábregas; Agapito Vallmitjana i Abarca; Pedro Estany, Antonio Parera y el olotino Josep Clará i Ayats, de impronta rodiniana, autor de la efigie del gran madrileñista y edil del Ayuntamiento, Ramón de Mesonero Romanos en los jardines del arquitecto Ribera.

El tortosino Agustí Querol cinceló a su vez la estatua de Francisco de Quevedo, en la plaza de su nombre —hoy sustituida por una réplica en resina— así como de la Gloria y los Pegasos del ático del ministerio de Fomento, apeadas a las plazas de Legazpi y Usera, más el frontón de la Biblioteca Nacional del Paseo de Recoletos. Antonio Solá (Barcelona, 1780-Roma, 1861) había esculpido tiempo atrás la efigie de Miguel de Cervantes que se alza en la plaza de las Cortes, junto al palacio del Congreso de los Diputados, donde Josep María Sert realizó su impresionante sanguina Alegoría de las Ciudades españolas.
De Prim a Pi i Margall

No lejos de allí se halla la calle dedicada al general Juan Prim, una de las figuras más relevante del siglo XIX español. Nacido en Reus, combatiente en Marruecos, diplomático en Méjico, amigo de Abraham Lincoln y jefe del Gobierno, fue asesinado en Madrid en la calle del Turco, en diciembre de 1870.

Otros estadistas catalanes que dejaron huella en Madrid lo fueron Francesc Pi i Margall y Estanislao Figueras, ambos presidentes de la Primera República, cuyos restos mortales reposan en sendos sepulcros del Cementerio Civil, junto al de La Almudena. En la escultura funeraria de la ciudad, el mausoleo de la iglesia de Santa Bárbara dedicado al general Leopoldo O’Donnell, figura entre los más bellos: fue obra del catalán Jerónimo Suñol, a quien se debe la decoración del prominente reloj del Banco de España, en Cibeles, también la bellísima escalinata del palacio de Linares y, sobre todo, la estatua de Cristóbal Colón que corona la Plaza del Descubrimiento, entre la calle de Goya y el paseo de Recoletos.

De la Pintura cabría decir otro tanto, signada como está en Madrid por artistas catalanes, desde Santiago Rusiñol, enamorado de Aranjuez, sus jardines y su palacio, hasta Ramón Casas o Isidre Nonell, Beltrán Masses, Ricard Canals o Antoni Caba presentes en la Academia de San Fernando. El preciosista reusino Mariá Fortuny i Marsal, pintó su Viejo desnudo al sol, lienzo que destella desde hace décadas en el Museo del Prado. Fortuny tiene también obra en el Palacio Real, donde se atesoran lienzos de Tàpies, Guinovart, Ràfols Casamada y numerosos otros.

De Joan Miró es el boceto del mural que corona el palacio de Congresos en la esquina del Paseo de la Castellana con la avenida del General Perón, hecho por Joan Gardy con 7.000 piezas de cerámica vidriada.

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El Teatro del siglo XX hubiera quedado huérfano en Madrid de no haber existido Adolfo Marsillach (Barcelona, 1928-Madrid, 2002) actor y director que, por cierto, fue el dueño del pub Oliver, cuartel general de los actores y autores en la calle de Conde de Xiquena, junto al teatro María Guerrero. Josep María Pou, actor contemporáneo, triunfa cada temporada en Madrid, donde los teatros del Canal abren sus puertas a montajes de catalanes como Albert Boadella.

Pasión por la música

En cuanto a la música, el gerundense Isaac Albéniz tituló San Antonio de la Florida una de sus zarzuelas. El pianista y compositor, arquitecto del nacionalismo musical español, cuenta en Madrid con colegio, instituto, fundación y teatro que llevan su nombre. El pionero de la Nova Cancó, el ilerdense Xabier Ribalta, ha dado memorables recitales “para corazones transparentes”, como el que ofreció tiempo atrás en Blanquerna, sede cultural de la Generalitat catalana de la calle de Alcalá y centro propulsor del pensamiento y el Arte de Cataluña. El concierto ofrecido en 1971 en la Escuela de Ingenieros Industriales por Francesc Pi de la Serra y el de Raimon en la Complutense se asocian aún al comienzo de la protesta estudiantil antifranquista, coordinada, entre las Universidades de Madrid y Barcelona.

Joan Manuel Serrat en el Palacio de los Deportes de la Comunidad, junto a Joaquín Sabina, ha ofrecido recitales inolvidables, como Lluis Llach, hoy candidato independentista por Girona, lo hiciera en el teatro Alcalá, siempre con gran éxito. Los cantantes catalanes gozan de una extraordinaria acogida en Madrid donde sus canciones son coreadas con unción.

Qué decir de la vida social madrileña, donde la sala Bocaccio fue, durante la Transición a la democracia, lugar de paso obligado por Madrid de la intelectualidad catalana, con figuras señeras de tal tránsito como Oriol y Rosa Regás, futura directora de la Biblioteca Nacional; los escritores Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Maruja Torres o Terenci Moix , o el cortesano y cineasta José Luis de Villalonga, todos estrechamente vinculados a Madrid, como lo están hoy el “cap” de empresarios Juan Rosell o la presentadora de televisión María Casado.

En la vida cotidiana, la escuela de cocina de Cataluña tiene en Madrid uno de sus pináculos, mientras la crema catalana figura como uno de los postres más deliciosos; durante años, la Casa Prat, de la calle del Arenal, vendía las mejores butifarras y cocas catalanas para el público madrileño. La rivalidad deportiva subsiste entre Barsa y Real Madrid, pero la figurita del caganer sigue presente en los últimos nacimientos que se venden en la Plaza Mayor en Navidad.

Por Rafael Fraguas en El País.