17 noviembre, 2015

Carlos V: La debilidad del amo del mundo

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Durante la Revolución de 1868, los antimonárquicos abrieron las tumbas del panteón del monasterio de El Escorial y expusieron los restos de algunos reyes, entre ellos, el cadáver momificado de Carlos V.

Los responsables de la exposición querían mostrar a los ciudadanos el carácter mortal de la realeza. Uno de los que acudieron a contemplar el tétrico espectáculo, se cree que el marqués de Villaverde, sobornó a un vigilante para conseguir una de las falanges del dedo meñique del emperador. En 1912 falleció el aristócrata, momento que aprovecharon sus parientes para devolver el macabro fetiche a Alfonso XIII, quien ordenó depositarlo en una urna en la sacristía del monasterio.

En 2004, el médico colombiano Julián de Zulueta hijo de republicanos españoles exiliados tras la Guerra Civil supo de la existencia de esa reliquia y solicitó permiso a la Casa Real para analizarla y descubrir el mal que acabó con la vida del monarca. Tras conseguir la autorización del propio Rey Juan Carlos, Zulueta comenzó la investigación.

Víctima de su dieta

El resultado de los análisis desveló la existencia de urea y de trazos de malaria. Cuando tenía 28 años, el monarca escribió una carta a su hermana María de Hungría, en la que se quejaba amargamente de sus frecuentes ataques de gota. Aquella enfermedad afectaba especialmente a los poderosos de la época, cuya dieta diaria estaba compuesta por carnes rojas y bebidas alcohólicas, un menú al que Carlos V nunca renunció.

Pero ¿fue la gota la causante de su muerte? Aunque el doctor Gregorio Marañón le diagnosticó más de veinte enfermedades (entre ellas, amigdalitis, hemorroides, epilepsia o dificultades respiratorias), no eran tan graves como para haber acabado con la vida de Carlos V. Dados los síntomas de su muerte, de los que hay constancia documental, y la presencia de malaria en los tejidos de su falange, todo parece indicar que fue el paludismo lo que lo llevó a la tumba.

Aquel monarca de salud tan quebradiza nació el 24 de febrero de 1500 en medio de nauseabundos olores. Su madre, Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, lo trajo al mundo en un retrete del palacio del Príncipe de Gante durante la celebración de un baile. El niño era el segundo fruto del turbulento matrimonio de Juana con Felipe el Hermoso, primogénito de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Germánico.

Un hombre con suerte

Tras el fallecimiento de Isabel la Católica, su hija Juana fue jurada como reina de Castilla, un título que no pudo disfrutar al ser internada de por vida en Tordesillas. Su tragedia comenzó el 1 de septiembre de 1506, cuando su amado marido, Felipe, murió repentinamente en Burgos, lo que la sumió en tal estado de enajenación mental que la custodia de su hijo Carlos pasó a manos de Margarita, hija de Maximiliano I.

A la muerte de este en 1519, el título de emperador del Sacro Imperio Germánico fue disputado por varios candidatos; entre ellos, Francisco I de Francia. Dispuesto a no perder la oportunidad de su vida, el joven Carlos recurrió a sus banqueros Welser y Fugger para obtener una considerable suma de dinero con la que sobornar al elector palatino y al obispo de Maguncia, cuyos votos eran imprescindibles para lograr el título de emperador. Una vez al frente del Sacro Imperio Germánico, Carlos V fue el monarca más poderoso del momento.

«Su caso es el de un hombre con suerte, que además se esforzó en tenerla», afirma el historiador Juan Antonio Vilar, cuyo libro Carlos V. Emperador y hombre (Edaf) ha obtenido de modo compartido el XIII Premio Algaba de Biografía, Memorias e Investigaciones Históricas 2015. Además de heredar los Países Bajos, los reinos de España, el Franco Condado y otros territorios europeos, el monarca añadió a ese riquísimo patrimonio una porción del Magreb y los inmensos recursos de México, Perú y Centroamérica. Al final de su vida había acumulado más posesiones que ningún otro soberano europeo desde la caída del Imperio romano.

Disparatado tren de vida

Pero tanto patrimonio no fue suficiente para sufragar las innumerables guerras que emprendió ni para sobrellevar su disparatado tren de vida. Sabiendo sus problemas económicos, Juan III de Portugal le propuso un buen negocio que aliviaría su falta de liquidez. Él se casaría con Catalina, la hermana menor del emperador, y Carlos V se casaría con su hermana Isabel de Portugal. El único inconveniente era el parentesco de Isabel con el emperador, ya que eran primos. Pero se resolvió con la dispensa papal.

Carlos e Isabel fueron un matrimonio feliz. Se casaron en Sevilla y lo festejaron en Granada. Pronto llegó la amenaza de una nueva guerra contra Francia, lo que obligó a Carlos V a emprender la marcha. A partir de entonces pasaría largas temporadas sin ver a su mujer. Sola en la Corte, la emperatriz se consumió en la melancolía hasta su muerte en 1539, cuando solo tenía 35 años. Su pérdida deprimió tanto al emperador que se enclaustró dos meses en un monasterio. La pérdida de Isabel le afectó tanto que no volvió a casarse.

Con Carlos V al mando del Imperio, se sumaron nuevos dominios en Centroamérica y Perú. El hallazgo de plata en México y en los Andes ayudó a sufragar sus enormes gastos.

Sin embargo, a pesar del progresivo crecimiento que experimentaban sus dominios, el monarca tuvo que enfrentarse a muchos problemas. Entre ellos, las incursiones de los turcos en Europa, el protestantismo, sus encontronazos con el papado, las revueltas en los Países Bajos y Alemania y las guerras que emprendió contra el rey francés Francisco I, que dejaron exhaustas las arcas del Imperio.

Todas esas preocupaciones y su mala conciencia por mantener a su madre en su encierro de Tordesillas minaron su delicada salud. Padeció continuos desmayos, probable síntoma de epilepsia, y frecuentes ataques de gota que lo atormentaron a lo largo de su vida y le impidieron llevar una vida normal. Su mandíbula no pasaba inadvertida. De hecho, dio nombre al término ‘mandíbula de Habsburgo’, una deformidad que fue incluso más llamativa en generaciones posteriores debido a las prácticas endogámicas de la familia real. El exagerado prognatismo de Carlos V le impedía masticar correctamente, lo que seguramente le provocaba las frecuentes indigestiones de las que tanto se quejaba.

«Cansado, excesivamente viejo y maltratado para su edad, quizá también en parte por su propia culpa, por descuidarse demasiado y por abusar del buen comer y del mejor beber, el emperador se sintió incapaz de seguir luchando», señala Juan Antonio Vilar. El 25 de octubre de 1555 cedió sus títulos a su hijo Felipe (los reinos de España, de los Países Bajos y de las Indias) y la corona imperial a su hermano Fernando. Meses después se instaló en Extremadura, donde murió el 21 de septiembre de 1558.

banquetes

Muerte monacal. Falleció en Yuste, en 1558, «con sus sentidos y entendimiento sano y entero», anotó su médico Henrico Matisio.

Problemas de mandíbula

Su abuelo Maximiliano I y su padre, Felipe I, tenían poderosos mentones, pero el prognatismo de Carlos era exagerado: le impedía hablar, respirar y comer bien.

A pesar de los achaques. Carlos murió a los 58 años, 19 después que Isabel, quien falleció a los 35 en su séptimo parto.

Banquetes pantagruélicos

Carlos V con lsabel, Felipe II y Ana de Austria en pleno banquete. Algunos psiquiatras sugieren que padeció bulimia.

Se entendieron sin hablar el mismo idioma