12 marzo, 2013

Calle mayor de Europa, calle mayor de Dios

«Remember the glutter». Contaba Álvaro Cunqueiro que aún 1950, en el mes de julio, los niños de Londres brincaban sobre conchas pidiendo limosna al grito de «¡Acuérdate del que está en la gruta!», «en memoria de los días en que el inglés peregrinaba a Santiago y aquí lavaba sus pecados». En un delicioso relato de su penúltimo Camino, el escritor gallego rememoraba su primera visita al templo compostelano desde su Mondoñedo natal. Allí, sobrecogido por el peso de la historia, sus ojos de niño se fijaron en los letreros que colgaban de los confesionarios en la seo: «Pro lingua galilea, pro lingua anglica y germanica, pro lingua hungarica… Y entonces soñé que todas las naciones habrían de venir a estas piedras sacras a confesar sus pecados, y más de una vez imaginé a esas nobles lenguas arrodilladas, penitentes también, susurrando sus palabras secretas».

Eso es lo que ha venido ocurriendo desde hace doce siglos desde que allá por el año 840 el primer grupo de peregrinos acudiese a venerar los restos del Apóstol en su primera ubicación, en el campo de Libredón. A partir de entonces, y sobre todo desde el siglo XII, el Camino se convirtió en el más formidable foco de fe y cultura que haya alumbrado Europa y quizá el mundo.

Porque la ruta Jacobea fue la verdadera y más tupida red social del medievo, una ruta de ida vuelta, un eje religioso, cultural y político al que contribuyeron peregrinos llegados desde todos los puntos del mundo por entonces conocido. Hasta él llevaban su fe, doctrinas y artes; y de él tomaban exactamente el mismo bagaje que gentes venidas de otras tierras había depositado en ese silo gigante de humanidad.

Sólo en la península ibérica hay contabilizadas una veintena de rutas que desde sus confines llegan a los pies de Apóstol y que suman 6.400 kilómetros. El Camino de Levante recorre, por ejemplo, 863 kilómetros y fue una de las puertas de entrada para los peregrinos que llegaban desde todo el Mediterráneo; en tal número lo hacían que Valencia llegó a tener, en el siglo XIII, trece hospitales para acorgerlos. En sentido inverso, ese puerto era el punto de salida de romeros y palmeros en sus viajes a Roma y Jerusalén, los otros grandes focos de la fe cristiana.

Lo ocurrido en el Camino fue fundamental para el desarrollo de Europa, pues sirvió de savia para enriquecer el continente, de Calais a Constantinopla. Toma y daca. Así, por las cuatro rutas francas -que luego se bifurcaban en decenas que llegaban hasta tierras más al norte- salieron por los Pirineros los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana, cuyas miniaturas inspiraron toda la escultura románica continental; y las bóvedas de crucería de origen cordobés, pilar constructivo exportado a toda Europa. O los estudios de la Escuela de Traductores de Toledo, como señala el profesor Bienvenido G. Andrade.

Toma y daca, pues, porque por ese Camino entró a España el Románico, «primera manifestación artística de la cosmovisión cristiana del occidente europeo», plasmada en monasterios, iglesias, hospitales, ermitas, vías, puentes…

Por ese Camino emergieron también ciudades que conocieron los primeros estatutos jurídicos propios, los fueros, convertidos luego en fuente del derecho posterior; y también fluyó el gótico, el derecho de la Escuela de Bolonia, los cantares de gesta… Alimentos del cuerpo y del espíritu que nutrieron al continente. La Europa que ha llegado hasta nosotros en estos mil y pico años no sería como es sin el papel jugado por este itinerario de almas e ideas.

Sumergido en el olvido desde el arranque de la Edad Moderna, en el final del siglo XX recuperó buena parte de su esplendor. En pocos años ha visto reverdecidos sus laureles y su fresco crecimiento, gracias al empuje fundamental de la Xunta de Galicia.

Aquel año en que Cunqueiro hizo su penúltimo Camino solo 68 peregrinos ganaron su «compostela», el certificado que expide la catedral a quien acredite que ha recorrido, al menos, 100 kilómetros a pie o 200 en bici de ese campo de estrellas que lleva a Santiago.

El año pasado, la cifra rondó los 200.000 y en 2010 (el último Año Santo) superó los 270.000, llegados de todo el mundo, porque hablamos de un fenómeno global. El mismo que hace 70 años conmovió a Cunqueiro cuando en una vitrina de Museo Nacional de Historia de Copenhague vio unas vieiras que, allá por el siglo XII, viajaron a Dinamarca prendidas en sombreros y esclavinas de peregrinos de Santiago, y que coronan a la ruta Jacobea como calle mayor de Europa y la calle mayor de Dios.

Por Álvaro Martínez para ABC.